Detrás del rótulo de "niño superdotado" suelen esconderse historias de superación, pero también experiencias en las que la inteligencia termina asociándose con la autoestima y la presión por mantener un rendimiento académico sobresaliente.
En un ensayo personal, Sophie Boudreau, escritora, cuenta las sensaciones que experimentó tras ser identificada como una alumna con altas capacidades.
Cuando cursaba los primeros años de la escuela primaria comenzó a ser considerada una niña superdotada. "Me sacaron de mi clase de primer grado y me llevaron al aula de quinto, donde una maestra me dijo que eligiera un libro de capítulos que fuera 'más acorde a mi nivel'", recordó.
Aunque al principio agradeció esa oportunidad, con el paso de los años empezó a verla como una carga. Cada vez le pesaba más sentirse separada académicamente de sus compañeros.
Cómo era el programa para alumnos superdotados
Cuando Boudreau ingresó a la escuela secundaria, en 1998, ya existían programas específicos para alumnos con altas capacidades impulsados por la Asociación Nacional para Niños Superdotados (NAGC). Según recordó, la experiencia inicialmente fue positiva porque compartía clases con estudiantes de intereses similares y tenía una profesora "cálida y alentadora", que los animaba a desarrollar sus habilidades individuales.
La NAGC define a los alumnos superdotados como aquellos que demuestran niveles sobresalientes de aptitud -una capacidad excepcional para razonar y aprender- o un rendimiento ubicado dentro del 10% superior en uno o más ámbitos. Boudreau señala que ese modelo también ha sido cuestionado porque puede dejar afuera a estudiantes igualmente capaces debido a factores sociales o culturales.
La escritora de pequeña. Foto: Huffpost
Boudreau también cita investigaciones recopiladas por la especialista Jenny Grant Rankin que muestran desigualdades en estos programas. Según esos estudios, los estudiantes afroamericanos tenían un 50% menos de probabilidades de ser identificados como superdotados que alumnos blancos con los mismos resultados académicos. Esa diferencia aumentaba cuando los docentes eran blancos.
Cuando toda la autoestima dependía de las notas
Boudreau reconoce que, en determinada etapa de su vida, todo se basaba en los logros académicos, se infiltraba en todos los rubros y hasta podía volverse un obstáculo. "Si tenía dificultades para comprender un concepto en matemáticas o no entendía una pregunta en un examen de ciencias sociales, evitaba pedir ayuda. Al fin y al cabo, era superdotada. No se suponía que necesitara ayuda con nada".
Sentía que debía sobresalir en todo lo que hacía. Abandonaba muchos de sus pasatiempos apenas descubría que no era excelente en ellos y perseguía obsesivamente la calificación máxima en la escuela. Cuando obtenía una nota inferior, terminaba llorando o necesitaba que alguien le recordara que seguía siendo inteligente.
Según recuerda, el programa también alimentaba la idea de que un alumno superdotado debía destacarse en todas las áreas. Muchos estudiantes cursaban la mayor cantidad posible de materias avanzadas convencidos de que el éxito académico era el único camino hacia el éxito profesional y personal.
El golpe de realidad en la universidad: no siempre se puede ser el mejor
Cuando la joven llega a la universidad, experimentó una sensación con la que no se había encontrado antes. "Ya no era la 'inteligente', sino una más entre miles de chicos inteligentes, todos con ambiciones a la par o incluso superiores a las mías. Los profesores rara vez me elogiaban directamente, y sacar una B de vez en cuando se convirtió en algo habitual", recordó.
Cada vez que no alcanzaba el nivel de excelencia que esperaba de sí misma sentía que estaba decepcionando a la persona que creía que debía ser. Ese cambio coincidió con problemas de salud mental y una profunda crisis de identidad. "¿Acaso no se suponía que debía entrar a la universidad, sacar excelentes notas y lanzarme de inmediato a una carrera brillante?", se preguntaba.
Durante sus clases, evitaba pedir ayuda aunque tuviera dudas. Era superdotada, no podía tener dudas. Tras graduarse obtuvo una beca Fulbright para enseñar en Malasia. Sin embargo, incluso esa oportunidad estuvo acompañada de dudas sobre su futuro: "Me costó mucho admitir que no quería hacer un posgrado, lo cual me avergonzaba. Sin reconocimiento académico ni logros destacados, ¿estaría perdida para siempre?".
Cómo logró cambiar esa forma de verse a sí misma
Con el paso de los años comenzó a relacionar la ansiedad que sufría con la presión que había sentido desde la infancia y reconoció que todavía le costaba aceptar las críticas profesionales. "A veces, la adultez se siente como una batalla constante para recordarme a mí misma que soy una persona valiosa y digna, independientemente de mis logros externos", concluyó.
"No me arrepiento de mi época como niña superdotada, pero sí desearía que el programa para superdotados hubiera ofrecido más atención a la salud mental de los estudiantes y mayor inclusión para aquellos niños que no encajaban en el molde relativamente limitado de excepcionalidad del programa".
Desde su punto de vista, en los últimos años el concepto de niño superdotado se convirtió en un meme que carga con chistes acerca del perfeccionismo y el miedo de no estar a la altura de lo que esperan los demás.
"Ojalá pudiera desaprender la idea de que los elogios externos equivalen al verdadero éxito, y medir la excelencia en función del aprendizaje por el aprendizaje mismo", concluyó.
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