Cuando se jubiló el año pasado, una mujer creyó que iba a aprovechar el tiempo libre para viajar más, iniciar proyectos y cumplir con todas esas actividades que había postergado durante décadas. Sin embargo, con el paso de los meses descubrió que no necesitaba llenar cada espacio de su agenda.

Hoy, a los 63 años, asegura que hace "muy poco" y que las reacciones que genera esa respuesta dicen mucho sobre la manera en que la sociedad entiende el éxito y el valor personal.

Durante gran parte de su vida siempre tenía una lista de ocupaciones para contar cuando alguien le preguntaba cómo estaba o qué había hecho últimamente. Había proyectos, viajes, entrenamientos o compromisos que le permitían mostrar una rutina activa. "Era la persona que siempre estaba haciendo algo, y me gustaba ser esa persona", relató en un testimonio publicado por Bolde.

Lo que más la sorprendió no fue su nueva rutina, sino la reacción de quienes conversan con ella. (Foto ilustrativa: Pexels).

Según explicó, el cambio no ocurrió de un día para otro. Después de dejar de trabajar intentó mantenerse ocupada porque sentía que debía resolver qué hacer durante sus días libres. Primero organizó actividades de manera constante, hasta que una semana decidió dejar de hacerlo.

Esa experiencia cambió por completo su perspectiva. Descubrió que el tiempo libre no le generaba angustia, sino una tranquilidad que no recordaba haber sentido en décadas. Desde entonces dejó de considerar que cada jornada debía estar repleta de tareas para justificarla.

La mujer aclaró que esa decisión no estuvo relacionada con un problema de salud, depresión o aislamiento. "No estaba escondiéndome ni hundiéndome. Por primera vez en mucho tiempo, simplemente había dejado de actuar para demostrar que estaba aprovechando bien mis días", explicó.

Cuándo aparecer la incomodidad

Lo que más la sorprendió no fue su nueva rutina, sino la reacción de quienes conversan con ella. Cada vez que alguien le pregunta si sigue ocupada o qué está haciendo desde que se jubiló, responde con sinceridad: "No mucho".

Con el paso de los meses descubrió que no necesitaba llenar cada espacio de su agenda. (Foto ilustrativa: Pexels).

Según contó, esa respuesta suele generar silencios incómodos. Algunas personas se ríen pensando que se trata de una broma. Otras intentan completar la conversación diciendo que "se ganó el descanso" después de tantos años de trabajo. También hay quienes cambian rápidamente de tema porque no encuentran cómo continuar el diálogo.

En una reunión con antiguos compañeros de trabajo, uno de ellos insistió varias veces en saber qué hacía con tanto tiempo libre. Esperaba escuchar sobre un emprendimiento, un libro que estaba leyendo o algún nuevo desafío. Cuando ella respondió que simplemente vivía sus días con tranquilidad, el hombre creyó que estaba ocultando algo.

La productividad y el valor personal

A partir de esas experiencias llegó a una conclusión. Considera que muchas personas terminaron asociando el hecho de estar permanentemente ocupadas con la idea de tener una vida valiosa. Bajo esa lógica, una agenda llena funciona como una demostración de utilidad, mientras que disponer de tiempo libre genera desconcierto.

"En algún momento aceptamos un intercambio silencioso: estar ocupado pasó a ser una prueba de que valemos algo", sostuvo. Sus días transcurren entre caminatas, el cuidado del jardín, visitas a un café donde conocen su pedido habitual, momentos compartidos con personas queridas y largas horas sin apuro.

Para ella, esa rutina sencilla dejó de ser un vacío y se convirtió en una forma distinta de vivir la jubilación.