En un ambiente altamente desafiante a las puertas de la Patagonia, los hermanos Sosa están conociendo el enorme poder transformador del riego y la gran nobleza del maíz como potenciador de la producción de carne. El establecimiento familiar, ubicado en las cercanías de Viedma, comenzó hace años con la producción de cría sobre campos muy marginales, y hoy está en pleno corrimiento de sus horizontes de posibilidad.
Actualmente los Sosa manejan un rodeo general de 350 vientres y una cabaña -La Cantera- integrada por unas 150 vacas de pedigree Angus y Hereford, donde trabajan con inseminación artificial y toros propios. La evolución genética fue uno de los primeros pasos del crecimiento. "Cuando empezamos a invertir en genética pensamos en hacer nuestros propios toros, y así nació la cabaña", recuerda Juan Manuel Sosa en diálogo con Clarín Rural.
En el inicio, los Hereford fueron protagonistas. Con el paso del tiempo, el rodeo fue inclinándose más hacia Angus, aunque el Hereford sigue teniendo un lugar importante por sus cualidades productivas y por la demanda que mantiene en la Patagonia. "El Hereford todavía se vende muy bien acá, tiene muchas virtudes, como la mansedumbre y la calidad de carne. Pero al norte del río el mercado es menor", explica Sosa, que cada año viaja más de 900 kilómetros para llevar algunos de sus reproductores a la Exposición Rural de Palermo.
El límite era el agua
Hasta hace pocos años el sistema tenía un techo muy claro. Los terneros se vendían inmediatamente después del destete, con entre 200 y 220 kilos, porque el campo no producía suficiente alimento para retenerlos durante más tiempo. Las 1.000 hectáreas de secano con las que cuentan apenas permitían implantar algún verdeo de avena cuando las lluvias acompañaban, mientras que las otras 5.000 hectáreas de monte natural ofrecen una receptividad extremadamente baja, de una vaca cada diez hectáreas. La situación se agravó durante los últimos tres años de sequía, cuando directamente no fue posible sembrar en secano.
Frente a esa realidad, la familia decidió apostar por una solución estructural. En 2024 surgió la posibilidad de asociarse con otros productores para construir un canal que llevara agua desde el río Negro hasta los establecimientos de la zona.
Inicialmente el proyecto reunía a ocho vecinos, aunque finalmente solo cuatro continuaron hasta concretarlo. La obra contempló un canal principal de 11 kilómetros y fue financiada íntegramente con capital privado. "No fue sin esfuerzo ni sin problemas", recuerda Sosa, y detalla que mientras avanzaba la construcción del canal principal, cada productor desarrollaba los ramales internos para distribuir el agua dentro de su establecimiento.
El agua se transforma en kilos de maíz, y el maíz en kilos de carne.
"Estamos en un valle muy parejo, lo que simplificó parte de la obra, aunque hubo que construir un canal muy alto. Hoy empezamos a disfrutar sus beneficios", dice. Actualmente ya cuentan con 300 hectáreas bajo riego por manto, una superficie que planean duplicar en los próximos años.
El maíz abrió una nueva etapa
La llegada del agua les permitió a los Sosa producir más forraje y cambió completamente la lógica del establecimiento. Los primeros lotes bajo riego se destinaron a cebolla en asociación con terceros, un cultivo que además de aportar ingresos deja excelentes condiciones para los cultivos siguientes. "Después de la cebolla queda una tierra muy bien trabajada. Recibe mucho riego y fertilización, mejora la materia orgánica y después el maíz responde muy bien", explica.
Fue precisamente el maíz el cultivo que terminó de redefinir el negocio ganadero. En su segunda campaña lograron implantar el cultivo en la fecha óptima, hacia fines de noviembre, y obtuvieron unas 40 toneladas de materia seca por hectárea destinadas a silo. Otra parte del lote quedó para cosecha de grano, aprovechando las excelentes condiciones productivas que ofrece el riego, y todavía está en pie liberando humedad para ser cosechado.
El maíz pasó a convertirse en el motor que permite agregar valor dentro del propio establecimiento. Junto con los verdeos de avena, los sorgos estivales y otros recursos forrajeros, hoy constituye la base alimenticia para las recrías y los reproductores de la cabaña.
La cebolla es el primer cultivo que entra en la rotación bajo riego, y deja el suelo listo para el maíz y los verdeos.
Gracias a ese volumen de alimento, el establecimiento dejó de vender todos sus terneros al destete y comenzó a recriarlos hasta los 300 kilos. El próximo paso ya está definido: "La idea es hacer la terminación también. Vamos paso a paso. Antes todo era cría sobre pastizales naturales de baja carga. Hoy podemos hacer muchas cosas que antes eran imposibles", dice.
La agricultura, con el riego, toma vuelo, pero Sosa tiene muy claro su rol complementario. En algunos lotes producen trigo semilla para la Cooperativa Patagones, una alternativa que ofrece mayor rentabilidad que el trigo comercial y que cuenta con un seguimiento técnico permanente para alcanzar rindes de entre 7.000 y 8.000 kilos por hectárea. Pero el objetivo final sigue siendo el mismo. "La agricultura está al servicio de la ganadería. La idea siempre es producir más kilos de carne", remarca el patagónico.
Un nuevo polo productivo
El crecimiento del maíz en la región todavía enfrenta algunos desafíos, principalmente la escasa disponibilidad de contratistas especializados para el picado. Por eso la planificación resulta fundamental. "Muchos amigos dicen que el maíz para silo está listo cuando llega la máquina al campo", comenta entre risas.
Aun así, Sosa está convencido de que la incorporación del riego cambiará definitivamente el perfil productivo del valle del río Negro. La meta familiar es alcanzar las 600 hectáreas bajo riego y seguir intensificando la producción ganadera.
"Creo que no nos equivocamos en traer el agua. El río Negro se va a transformar en una zona productiva muy importante. Hoy estamos viendo recién el comienzo de esa transformación", concluye.
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