Hacer cosas difíciles puede resultar desagradable. Arrancar un proyecto implica estar sumido en la confusión, con dudas. Ir al médico implica afrontar lo que te digan, un diagnóstico inesperado..
Se sabe que la cosa empeora cuanto más una persona espera.
El problema es que cada vez que se piensa en hacerlo, el miedo está ahí mismo, y cada vez que se piensa en lo que sucederá si no se hace, las consecuencias aún están lo suficientemente lejos como para ignorarlas.
Las investigaciones sobre la procrastinación la han tratado cada vez más no como un fallo de planificación, sino como un problema de regulación del estado de ánimo.
El convencimiento de no hacerlo
Este mecanismo funciona como un control de costos emocional. Si el precio estimado de la tarea es muy alto, la mente nos aleja de ella antes de que podamos empezar, postergándola para más tarde.
Si el precio estimado de la tarea es muy alto, la mente nos aleja de ella antes de que podamos empezar, postergándola para más tarde.
La molestia de llamar por teléfono dura diez minutos, pero evitarlo genera meses de angustia. El problema es que el cerebro evalúa el dolor por su cercanía temporal y no por su tamaño real.
Por eso, prometer hacer algo mañana se siente sincero a la noche, pero resulta imposible a la mañana siguiente. El mañana ya es hoy y el trato de postergarlo un día más vuelve a parecer tentador.
Evitar las tareas no las congela, sino que les suma peso.
Hal Ersner-Hershfield, de la UCLA, escaneó cerebros y descubrió que al pensar en nuestro futuro yo, la mente reacciona como si pensara en un extraño. Dejarle el problema a ese "otro" se siente como solución.
Evitar las tareas no las congela, sino que les suma peso. Una cuenta de 40 dólares acumula recargos y una charla pendiente en junio se convierte en un conflicto mayor por haber esperado tanto.
La procrastinación no es una falla de planificación, sino un problema de regulación del ánimo, según explican los investigadores Fuchsia Sirois y Timothy Pychyl tras años de estudio del tema. Para estos expertos, postergar un deber otorga un alivio inmediato, pero ese bienestar temporal se devuelve luego con intereses, sumando culpa, vergüenza y una mayor complejidad al problema original.
La mayor resistencia ocurre antes de empezar. Sentimos todo el peso del asunto antes de actuar. Por eso, los psicólogos sugieren no mirar el total de la tarea, sino enfocarse solo en el primer paso. En lugar de hacer los impuestos, conviene abrir la carpeta. En vez de escribir el informe, basta con abrir el documento y redactar una línea. Una versión de dos minutos casi no tiene costo emocional.
Una vez que se arranca, la experiencia cambia por completo. La tarea deja de ser una amenaza temida para convertirse en algo que simplemente se está haciendo, reduciendo la fricción inicial. No todo lo postergado debe hacerse. A veces, la resistencia indica que el momento es malo o que la carga no nos corresponde. En casos de ansiedad, depresión o TDAH, el inicio depende de la capacidad.
La pregunta clave para destrabar la situación es si la espera realmente mejora las cosas o si se está pagando una semana de alivio a cambio de un mes mucho más costoso emocionalmente. Para dejar de pagar con meses de angustia, la única salida es reducir el costo del presente. Achicar la tarea inicial permite dar el primer paso sin dudar y ganarle a la trampa del cerebro.
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