Nací en 1976, en el seno de una familia judía, agnóstica y militante. Viví mis primeros años en una comunidad anarquista, en el barrio de Morón. Di mis primeros pasos en el comedor de una vieja casona, al calor de un hogar a leña y de infinitas discusiones sobre la posibilidad de un mundo mejor, más justo. En la comunidad funcionaba un taller de confección de guardapolvos para jardín de infantes (pintorcitos). La idea era formar lazos y generar trabajo, tanto para las costureras como para la gente del barrio en general; un barrio precario, de casas a medio construir, un barrio obrero.
De esos primeros tiempos prácticamente no tengo recuerdos claros; algunas imágenes sueltas que se mezclan con fotos en blanco y negro, olores que creo haber sentido, pulóveres con rombos y mucho ladrillo a la vista. Hay objetos que en realidad recuerdo porque todavía los conservo y me es sencillo imaginarlos en esas estanterías inmensas , pero por sobre todo recuerdo retazos de tela, de distintos colores; montañas de tela inservible, restos de un taller de confección. Al poco tiempo de mi nacimiento, la dictadura militar se instaló, sangrienta y despiadadamente, y, como era de imaginarse, la comunidad se tuvo que disolver, desapareció. Mis padres debieron enterrar sus libros y, junto a mi hermano y a mí, irse a vivir por un tiempo a casa de mi abuela en el barrio de Flores.
Tuve una infancia feliz. Entre las muchas creencias que existían en ese hogar familiar, hay una que, a la distancia, me llama bastante la atención. La recuerdo especialmente porque me costó mucho advertirla y, después, intentar romperla; repensar, digamos. Algo no muy grave, pero no por eso poco pegajoso.
Para mis viejos, el psicoanálisis ocupaba un lugar primordial y determinante, casi religioso. Todo problema o cuestión que ocurriese para cualquiera de nosotros se podía solucionar con terapia. Así que, como era de imaginar, más temprano que otra cosa, me encontré acostado sobre un viejo diván de cuero beige que parecía haber estado esperándome desde siempre. Para ser exactos, fue cuando terminé el colegio secundario. Casi de un día para otro, todo lo que parecía haber construido sobre cimientos sólidos y seguros se derrumbó como barro. Angustia, ansiedad y algunos episodios panicosos empezaron a aparecer con más frecuencia; y la pasé mal, bastante mal. Así fue que, siguiendo los pasos lógicos, aparentemente únicos y posibles, llegué a la puerta del primer consultorio como una hoja en medio del vendaval, toqué el timbre, crucé los dedos y, como suele ser habitual, pedí al cielo para que no hubiera nadie.
Pensamientos. Ariel Naón cuenta: “Casi por azar, un amigo me ofreció una pequeñísima casita de piedra en medio del monte cordobés. Me pareció el mejor plan del mundo, una suerte de retiro espiritual a mi medida”.
Pasó el tiempo, pasaron más de diez años. Estaba cerca de cumplir los treinta, trabajaba desde hacía años como músico profesional, viajaba por el mundo dando recitales y, sin embargo, arrastraba en la mochila la misma fragilidad inusitada que no me permitía estar en paz. Había aprendido a simular equilibrio y me manejaba bastante bien con los demás. Pero internamente no paraba de correr en círculos intentando escapar de mí. Había resuelto algunas cosas, es verdad, pero el asunto que me había llevado hasta el diván seguía prácticamente intacto. Era un arbolito de Navidad sin arbolito, puro adorno.
Decidí dejar de hacer terapia, y fue el episodio que procedo a contar el que me animó: un día, así, casi por azar, un amigo me ofreció una pequeñísima casita de piedra en medio del monte cordobés, entre dos inmensos paredones de piedra y al borde de un río. Una casa que no era suya, pero, según decía, tampoco era de nadie; estaba ahí, para usar.
Ariel Naón, niño. Se crió en una familia progresista que debió enterrar sus libros durante la dictadura.
—No tiene luz, ni gas, ni agua —me dijo, y me pareció el mejor plan del mundo, una suerte de retiro espiritual a mi medida.
Entonces, junto a la que algunos años después sería mi mujer, fuimos. Estuvimos unos pocos e increíbles días viviendo al ritmo de la naturaleza, de la piedra; días de comer el berro que crecía a la orilla del río. Días de pan y miel y cielos nocturnos como mapas de nosotros mismos.
Pudimos desaparecer del mundo y que el mundo se esfumara un poco también. Pero fue en esa última mañana, en la que bajé al río a lavarme los dientes, cuando sucedió. En cuclillas, con las manos sumergidas en el agua, experimenté mi pequeño satori de bolsillo. Un microinstante de iluminación, un pequeño brote místico. Sin poder advertirlo, un bienestar total me asaltó de golpe. Plenitud como jamás había sentido. Duró solo algunos minutos. Tuve la clara sensación de que algo del mundo emocional había, por primera vez, esquivado al pensamiento puro y duro. Se había filtrado; y para peor (o para mejor), yo no había tenido que hacer nada, nada de nada. Un estado de felicidad incomprensible: dejé terapia.
Decidí tirarme de cabeza sobre una montaña de paja en busca del ápice de cualquier aguja que me volviera a llevar ahí. Necesitaba descubrir qué había pasado por mi cuerpo. Fueron un montón de años y, a decir verdad, casi todo me parecía una chantada. Buscaba a ciegas, tanteando en la oscuridad. Me seducía algo que había leído, algo sobre budismo zen, pero no llegaba a distinguir si era simplemente la estatuita esa del tipo orejón sentado en loto, si era esa atmósfera a películas de samuráis y casas hechas con papel de arroz, o si realmente había ahí algo que podía, por fin, ayudarme a estar mejor.
Lo descubrí en uno de los tantos naufragios por YouTube. Estaba sentado sobre el tronco de un algarrobo. El pelo rapado, el kimono negro, la pipa. Hablaba en un español apenas entendible. Alguien decía, por fin, eso que yo no esperaba escuchar. Un discurso a la medida de nadie. No eran las palabras, claro… ¿quién sabe qué era? Quizás simplemente la sonrisa, la más bella que vi en el rostro de un hombre; de un varón, quiero decir.
—El zen no me importa —dijo—. Es una iglesia de mierda. Vas a Estados Unidos y todo el mundo quiere ser maestro zen; es una moda, es algo que no me interesa y, aparte… ya pasó de moda.
Entonces, alguien a quien la cámara nunca llega a tomar, pregunta:
—Maestro, ¿qué opina de la frase de Krishnamurti que dice: “no dejes que nadie se interponga entre tú y la verdad”?
Stéphane Thibaut, el Maestro Kosen, devolvió la mirada al piso, abandonó por un instante la sonrisa y, como si de golpe fuera ese dragón que a veces sabe ser, arrojó la llama con piedad:
—Pero si hay un espacio entre tú y la verdad, no es la verdad.
Esa frase resonó en mí de una manera determinante. Por primera vez escuchaba a un maestro advertirle a sus discípulos: «¡Ey! Lo que digo solo será verdad el día que lo puedan comprender desde la totalidad de su ser; hasta entonces será un simple voto de confianza, un acto de fe… si entendemos la fe como eso, como la posibilidad de soportar la duda; dudar pero seguir». Quizás era cierto, quizás existía otra forma de pensamiento, un pensamiento más “físico”. Pensar con la panza, dice Kosen. Algo que se parece a la intuición. Algo que tal vez perdimos; que teníamos cuando andábamos en cuatro patas oliendo todo alrededor y que quizás, cuando nos pusimos de pie y elevamos la cabeza por encima de las cosas, perdimos; dejamos de pensar con la nariz, con el tacto, con las orejas apoyadas en el pasto, pasamos a confiar solo en lo que vemos. La verdad, cuando es la verdad, es parte de nosotros. Se siente en las tripas, en todo el cuerpo. Por eso no se puede explicar simplemente con palabras.
La cuestión es que, después de haber visto por primera vez hablar al maestro Kosen, me compré un almohadoncito llamado zafu y, sin que nadie se enterara (por mucho tiempo guardé este secreto), me senté a meditar frente a la pared más blanca de mi estudio. La postura, en principio, la aprendí mirando videos; me ponía la alarma del teléfono para que sonara en diez minutos, después en quince, después en veinte y así llegué a aguantar media hora, cuarenta minutos. Recién ahí me anoté en un curso sobre budismo zen que daban en el Dojo -espacio para la meditación- de Buenos Aires. En el transcurso de este tiempo averigüé y leí todo lo que existía sobre Stéphane Thibaut. Descubrí que en Argentina existía una enorme sangha: discípulos que lo seguían desde hacía años y que se juntaban a practicar en varios dojos de la ciudad. También descubrí que, cada tanto, Kosen viajaba de Francia a Argentina para dirigir campos de verano; que sucedían en un templo (el primer templo zen de Latinoamérica) que estaba ubicado, increíblemente, en una de las laderas del cerro Uritorco, exactamente enfrente de aquel río en el que tuve mi pequeño satori de bolsillo.
Desde la primera vez que me senté a meditar, me sentí pleno. Sentí que, al menos durante ese tiempo, podía dejar de fingir ser alguien; sacarme la careta que construí para enfrentar al mundo. Creo que zazen (la meditación sentada) es un patrimonio de los más increíbles que tenemos en la humanidad. Cada vez que tomo la postura, me siento íntimo, siento que vuelvo a casa.
El maestro Kosen dice que durante el zazen volvemos a ser los que éramos antes de nacer. Esa idea me encanta, me enloquece incluso desde su dimensión meramente poética: volver a ser los que éramos antes de nacer.
Después de zazen, el mundo se percibe de otra manera; es la práctica de la intuición y de la concentración, y también me parece una idea revolucionaria y a contrapelo del mundo de hoy. Atenta contra el sistema de consumo, de inmediatez y deshumanización. Quizás, ahora que lo pienso, también se parece un poco a la comunidad anarquista en la que nací: porque no deja de ser una propuesta para sanar el mundo, este mundo en el que las enfermedades mentales crecen de forma exponencial. En el que sacamos a nuestros pibes de la vereda pensando que ahí estaban en peligro y, a cambio, se los entregamos a la tecnología de forma indiscriminada. Hay que militar la vuelta, la práctica, la concentración, la libertad.
Todavia no hay comentarios aprobados.