Una experiencia de lectura inusual, fuera de serie, es la que propone la literatura de Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956). Un tipo de experiencia similar a la que supone el desarraigo. O la intemperie. El lector que transita por el paisaje embriagador –y en ciertos pasajes abrumador– de una escritura prolífica en desplazamientos imprevistos y bifurcaciones potencialmente infinitas, en perspectivas que se contraen y se dilatan continuamente, se encuentra bajo los efectos del reino impredecible del extrañamiento. Se descubre a sí mismo desubicado, sin posibilidad de aferrarse a ninguna certeza narrativa, deslumbrado por el gozoso jeroglífico que se le proporciona.
El fundamento que marca el ritmo del juego literario del escritor rumano es su tendencia al desborde, su preferencia por narradores seducidos por lo que sueñan o alucinan y que hacen de la dispersión su pasatiempo preferido. Lo que prevalece en Cărtărescu es una desvergonzada falta de moderación. Y, por supuesto, el perfil de lector que desea para sus ficciones: uno dispuesto a navegar y perderse entre el asombro y la incomodidad.
Una disposición a contramano del resignado conformismo que se afirma cada vez con mayor fuerza en el horizonte literario del presente, saturado de caligrafías cuidadosamente pulidas, diseñadas de manera semejante y eficaces a la hora de cumplir a la perfección el requisito de lo que debe digerirse rápido y sin inconvenientes. Con dotes de hechicero surrealista y contorsionista beat, Cărtărescu se lanza al vacío sin fondo de su imaginación insaciable, se deja abrazar por ella y así construye textos como ciudades-fantasma de arquitecturas laberínticas y monumentales.
En ese sentido, Los conocedores se presenta como muestra cabal de sus ambiciones. Es una selección de tres relatos que pertenecen a Cegador, su trilogía consagratoria, publicada entre 1996 y 2007 bajo la forma de ese insecto multicolor que sobrevuela sus páginas: la mariposa. Lo que se narra en “Los Baldislav”, el primero, es la fuga de un grupo de sobrevivientes de un pueblo diezmado.
Luego de entregarse a un desprejuiciado festín sexual, hoguera ardiente encendida por el consumo de una misteriosa semilla cedida por gitanos, hombres y mujeres de una comunidad reciben el escarmiento de sus familiares muertos, enfurecidos por su repentina indiferencia, lo que desencadena una batalla feroz entre ángeles y demonios, motivo suficiente para que el dispositivo Cărtărescu empiece a funcionar a toda marcha a partir del despliegue de múltiples derivaciones fantásticas: “Dragones y hombres-lobo, grillos-topo con cabeza humana, hombres con cabeza de mosca abrían sus morros, hocicos y picos y lanzaban chorros de fuego rojo hacia los legionarios celestiales”.
“El circo”, el segundo relato del libro, comienza a lo Kafka con el lamento existencial de una oruga hambrienta. para después trasladarse, a través del vuelo rasante y enloquecido de centenares de escarabajos, a los pormenores de un espectáculo circense acontecido en Bucarest, un verano de 1964, al que asiste como espectador e inesperado protagonista un niño llamado Mircea (Cărtărescu suele dejar asentado el origen autobiográfico de sus ficciones).
Contenida al principio, zigzagueante más tarde, finalmente torrencial hasta volverse indescriptible, la narración se ocupa del itinerario de los artistas del circo estatal y sus sorprendentes números artísticos. Por ejemplo de Katarina, malabarista liliputiense cuya tortuosa y miserable existencia es conjurada por un instante de gloria cuando despliega su gracia bajo la cegadora luz de los reflectores. El caso también de un domador de pulgas que consigue elevarse, apenas su sangre es absorbida por dos pulgas. O lo que sucede al final, en el último espectáculo de la noche: la demostración de un poder invencible que ejecuta, inspirado en la filosofía hinduista, el Hombre Serpiente, quien sin moverse, tan solo mediante la influencia de su propia mente, conseguirá lo inaudito.
El protagonista de “La boda”, el texto que cierra la antología, es un joven príncipe y un poeta melancólico. Y es además propietario de una esfera de marfil heredada que le permite ver –y explorar– lo que nadie. De eso se trata el relato: el derrotero incierto e involuntario –el personaje es conducido por una fuerza ajena a su voluntad–, a través de la maraña vacilante de un sueño extraño, donde el placer se expande sin límites, donde dos amantes se devoran entre sí hasta consumirse y alcanzar el éxtasis.
Hacia allí pareciera dirigirse la escritura de Cărtărescu. Como si el autor buscara dar cuenta, con la mayor fidelidad y minuciosidad posible –tal como señala el narrador sobre un artista que admira: un “maniático de los detalles”– del enigma de la noche: “Como si no fuera la tela lo que el recuadro de madera sostenía, sino la propia corteza cerebral del pintor, tensada hasta que todas las circunvoluciones se hubieran alisado y el mapa del sueño, claro como la palma de la mano, les hubiera sido revelado en una alucinación extática del soñador”.
Acaso sea la idea que mejor define la literatura del escritor rumano: una pintura compleja –un mandala– que se deforma drásticamente a cada paso.
Los conocedores, Mircea Cărtărescu. Trad. Marian Ochoa de Uribe. Impedimenta, 188 págs.
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