Hay una tensión generacional muy marcada cuando se habla de infancia. Lo que hoy muchos padres considerarían riesgoso o directamente inaceptable (andar en bicicleta sin casco, jugar lejos de casa, pasar horas sin supervisión) para otros fue la normalidad. Y lo llamativo es que buena parte de quienes crecieron así no recuerdan su niñez como imprudente, sino como intensamente libre.

La psicología del desarrollo no idealiza esa experiencia, pero sí reconoce que los contextos con más juego autónomo y menos intervención adulta constante pueden favorecer ciertas habilidades importantes.

Una revisión muy citada sobre juego arriesgado sostiene que permitir a los niños explorar, asumir riesgos razonables y moverse con cierta autonomía puede beneficiar su desarrollo físico, emocional y social.

El punto no es que el peligro sea bueno en sí mismo, sino que el margen para explorar y evaluar riesgos ayuda a construir autoconfianza, tolerancia a la incertidumbre y juicio propio. Cuando toda experiencia viene hiperfiltrada por la vigilancia adulta, algunas de esas oportunidades disminuyen.

Eso se vincula también con el aburrimiento, la negociación y la vuelta a casa “cuando pintaba”. En entornos menos supervisados, los chicos suelen tener que inventar qué hacer, resolver peleas entre pares y calibrar por sí mismos cuánto durar afuera.

Dejar a los niños explorar, asumir riesgos razonables y moverse con cierta autonomía puede beneficiar su desarrollo físico, social y emocional. Foto: Pexels.

Una investigación cualitativa sobre juego al aire libre mostró que muchos niños valoran precisamente esa posibilidad de manejar conflictos y experiencias sin mediación inmediata. Es una práctica imperfecta, pero muy formativa.

Eso no significa que todo tiempo pasado haya sido mejor. Tampoco que la ausencia de leyes o de control fuera automáticamente saludable. Hay una diferencia grande entre libertad y negligencia, y también entre riesgo razonable y exposición innecesaria al daño.

Pero la nostalgia de quienes crecieron en ese clima tiene una base psicológica comprensible: recuerdan una infancia donde había más margen para moverse sin ser observados, corregidos o protegidos a cada minuto. Y esa experiencia de autonomía puede dejar una sensación duradera de amplitud.

Hay una diferencia grande entre libertad y negligencia, y también entre riesgo razonable y exposición innecesaria al daño.

Por eso, cuando esas personas describen su infancia como “inusualmente libre”, no siempre están negando los riesgos. Más bien están nombrando otra cosa: la posibilidad de explorar el mundo con menos intermediarios.

Desde la psicología, esa libertad no es una fantasía menor. Puede haber sido, para muchos, una escuela concreta de iniciativa, tolerancia y resolución espontánea que hoy resulta más difícil de encontrar en la crianza hiper supervisada.