No hay lugar para la nostalgia por Argentina y sus costumbres en Dallas. La ciudad del estado de Texas está, literalmente, tomada por los hinchas de la Scaloneta que llegaron para acompañar al equipo en sus dos partidos de la fase de grupos. Caminar por el centro o por los principales puntos turísticos es chocarse de inmediato con camisetas de River, Boca, Racing, Independiente, San Lorenzo, Atlético Tucumán, Newell's, Almirante Brown, Nueva Chicago y tantos otros clubes. También el celeste y blanco domina el paisaje.

Los argentinos se hacen sentir. ¿Virtud o defecto? Depende de quién responda. "Son muy ruidosos, eh", dice entre risas Armando, nacido en Los Ángeles y de familia mexicana. "Yo soy de Monterrey", aclara enseguida, mientras cuenta cómo vivió el banderazo de la previa al encuentro contra Argelia en el Klyde Warren Park.

La plaza Dealey, el sitio donde asesinaron al presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, se convirtió en una parada obligada para los turistas argentinos. Sobre la calle Elm hay pintadas dos grandes equis (X) que marcan el lugar exacto de los disparos atribuidos a Lee Harvey Oswald. Lo llamativo es que la vida sigue como si nada hubiera ocurrido: miles de autos cruzan a diario sobre esas marcas, el asfalto luce deteriorado y apenas un puñado de visitantes se detiene para observar el sitio. La escena se parece a un recuerdo que hay que enterrar de a poco.

La plaza Dealey, el sitio donde asesinaron al presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963. Foto: AP

Sacarse una foto allí implica asumir una mínima cuota de riesgo. Hay que bajar a la calle, esquivar autos y soportar algún bocinazo. Acá no se insulta. Los argentinos, sin embargo, encontraron la manera se sortear la dificultad. Se organizan en grupos, uno se sacrifica para frenar el tránsito durante unos segundos y el resto corre para conseguir la imagen antes de que vuelva el movimiento. Todo ocurre en cuestión de segundos.

En cada plaza de la calurosa Dallas aparecen rondas de mate y risas. Y casi siempre se repite la misma conversación: las entradas para el próximo partido de 16avos de final en Miami. Muchos de los que viajaron ya tienen el pasaje de regreso al país desde Florida, pero todavía no consiguieron el ticket para ingresar al estadio. Ahí entra en juego el mercado de la reventa.

"Están pidiendo entre 3.000 y 4.000 dólares", cuenta Sergio mientras muestra dos grupos de WhatsApp dedicados exclusivamente a la compra y venta de entradas. "En la final de Qatar pedían menos de 2.000 dólares. Es posible que sea el partido más caro de la historia de los Mundiales", amplia con amargura.

Dallas, por estos días, es la ciudad de Messi. Foto: REUTERS

La expectativa también crece en Miami: se dispararon hasta 800% las búsquedas en los sitios de viajes. Se calcula que llegarán cerca de 70.000 argentinos, que se sumarán a los aproximadamente 290.000 compatriotas que ya viven en el sur de Florida. El Hard Rock Stadium tiene capacidad para poco más de 60.000 espectadores. Las cuentas, claramente, no cierran.

"No podemos hacer locuras. Pagar 5.000 dólares por una entrada es demasiado. Esperaremos hasta último momento o lo veremos en el Fan Fest", dice Lucas, un cordobés que todavía mantiene la esperanza de conseguir un ticket a un precio razonable. Y agrega: "Muchos argentinos van a venir a ver qué pueden hacer poque los pasajes desde allá no están tan caros. Ya en el partido contra Argelia muchos se quedaron afuera de la cancha porque no tenían entradas".

La reventa alimenta todo tipo de historias. Algunas parecen increíbles. "Yo no vendo mi entrada aunque me ofrezcan 10.000 dólares", afirma Juan, porteño. Santiago, en cambio, cuenta una de esas anécdotas difíciles de comprobar. "Un amigo consiguió ocho entradas hace meses. Las vendió todas, con esa plata compró un palco y ahora lo ofrece por 100.000 dólares. Si hace el negocio, ganará 40.000 dólares", relata. ¿Exageración o realidad? En tiempos de Mundial, cualquier cifra parece posible.

Así, Dallas sigue su ritmo habitual, pero con un matiz imposible de ignorar: el celeste y blanco se metió en cada esquina a la espera del choque del sábado contra Jordania. Entre turistas locales que miran sorprendidos y argentinos que organizan su propia logística mundialista, la ciudad parece vivir una competencia paralela que se juega en las plazas, entre mate y mate, en los chats de WhatsApp y en cada conversación donde una entrada para el duelo de Miami puede valer tanto como una historia.