Rocío Pereyra, psicomotricista (MP U420285A), explicó de qué manera interviene esta disciplina en niños y adolescentes con autismo y por qué el abordaje debe adaptarse a las necesidades de cada persona. La psicomotricidad puede cumplir un rol importante en el acompañamiento de niños y adolescentes con autismo, especialmente cuando el trabajo se plantea desde una mirada integral y articulada con otras disciplinas. Pereyra explicó que el objetivo no pasa solamente por trabajar aspectos vinculados al movimiento, sino también por favorecer aprendizajes que puedan trasladarse a la vida diaria, la escuela y otros espacios sociales. “Trabajamos varios ejes, pero lo más importante es abordar al niño, niña o adolescente desde lo integral, desde todas las áreas del desarrollo”, señaló. Un tratamiento adaptado a cada personas con autismo Uno de los puntos centrales del abordaje psicomotriz es que no existe una única forma de intervención. Cada tratamiento se establece a partir de las características, capacidades, intereses y necesidades particulares de cada chico. “Las evaluaciones son individualizadas dependiendo de los intereses y las potencialidades de cada niño. Lo que buscamos no es que todos hagan lo mismo, sino trabajar a través de sus intereses, su desarrollo, sus capacidades y sus potencialidades”, explicó Pereyra. A partir de esa primera evaluación se definen los objetivos terapéuticos, que además se articulan con otras especialidades. Según detalló, el trabajo puede involucrar a profesionales de fonoaudiología, psicopedagogía y psicología, entre otras áreas. El objetivo es que las distintas disciplinas puedan avanzar con criterios comunes y acompañar al niño de manera global, evitando intervenciones aisladas. Del consultorio a la vida cotidiana Pereyra remarcó que el trabajo psicomotriz no se limita al movimiento, la postura o la coordinación dentro del espacio terapéutico. La intención es que lo aprendido pueda aplicarse también en actividades habituales. “Lo que trabajamos no solamente se queda en el movimiento o en las posturas, sino que buscamos que estas actividades se puedan trasladar a lo cotidiano, a la vida diaria y a la escuela”, indicó. En ese sentido, la profesional identificó tres pilares fundamentales: la familia, el espacio terapéutico y la escuela. La coordinación entre estos ámbitos permite establecer objetivos específicos para diferentes situaciones, desde actividades escolares hasta tareas cotidianas o propuestas extracurriculares. “Se trabaja mucho en reuniones de equipo donde se hacen acuerdos y se plantean objetivos específicos. Siempre es un abordaje integral y en equipo, que es lo más importante”, sostuvo. Un proceso sin plazos establecidos En relación con la duración de los tratamientos, Pereyra aclaró que no se puede establecer desde el inicio una fecha determinada de finalización. El acompañamiento depende de la evolución de cada niño y de los objetivos que se vayan planteando durante el proceso. “No son plazos en los que uno pueda decir que a fin de año termina el tratamiento. Siempre es continuado y se trabaja en el día a día”, explicó. Pereyra también indicó que es directora de un centro de rehabilitación e inclusión escolar ubicado en calle Salta 933 y señaló que quienes estén interesados en acompañar el trabajo con las infancias pueden comunicarse a través de su perfil de redes sociales, @ropereira.m.