En su anterior novela, Mares de Furia (Grijalbo), Federico Andahazi rescató la épica del marino francés Hipólito Bouchard. Y fue tirando de ese piolín de la historia que se chocó, casi azarosamente, con otro personaje francés tan fascinante como olvidado, el botánico Aimé Bonpland.
Federico Andahazi, escritor y psicólogo. Foto: Ariel Grinberg.
Compañero de Alexander von Humboldt en el llamado segundo descubrimiento de América, Bonpland abandonó los salones de París para instalarse en el corazón de las misiones jesuíticas. Después de haber participado en la Revolución Francesa, una corazonada le decía que la yerba mate podía ser la llave para liberar a los pueblos de América de sus conquistadores. Pero cuando llegó a estas tierras, fue secuestrado por Gaspar Rodríguez de Francia y puesto en cautiverio por diez años, de los que no se tienen registro.
En su nuevo libro, El prisionero del yerbatal (Grijalbo) y a través de la ficción, el autor reconstruye esa década silenciada para reflexionar sobre el desencanto del Iluminismo occidental y las deudas no saldadas de la conquista en nuestro continente: "Bonpland vio la barbarie en Europa y en la selva encontró el eslabón perdido entre el hombre y la naturaleza", dice.
–¿Cómo nació la idea de escribir esta novela y por qué te interesó la figura de Aimé Bonpland?
–Es curioso cómo surgen las ideas. A mí me apasiona la historia y, buscando bibliografía para mi novela anterior, Mares de Furia, me encontré casi casualmente con Bonpland. En Buenos Aires, Bonpland y Humboldt son dos calles del barrio de Palermo que no se cruzan, pero en la realidad sus vidas se cruzaron constantemente y el gran público conoce muy poco de su intimidad. Generalmente se lo recuerda por su primer viaje científico con Alexander von Humboldt a América, una epopeya tremenda donde clasificaron miles de especies nuevas y ascendieron al Chimborazo a más de 5.000 metros con los recursos rudimentarios de la época. Sin embargo, Bonpland guardaba un secreto que no le había dicho ni a Humboldt: su obsesión con la yerba mate.
–¿En qué consistía ese secreto y por qué se convirtió en una fijación para él?
–Él había probado la yerba mate antes del viaje por cuestiones fortuitas, a través de un comerciante de té francés. A partir de ahí se convirtió en una obsesión. No solo veía en el mate un gran negocio comercial, sino que pensaba que la yerba podía ser la herramienta económica para financiar los procesos independentistas de América Latina. Tan descabellado no era: el primer peldaño hacia la independencia de Estados Unidos fue el Boston Tea Party, cuando la población tiró toneladas de té al mar rebelándose contra los impuestos británicos. Bonpland pensaba en algo así como un "Mate Party". En su segundo viaje a América se instaló en Misiones y, tras un primer fracaso con esa planta indócil, descubrió la forma de domesticar el cultivo a una escala que nunca nadie, ni los propios guaraníes –que la cosechaban en estado silvestre– había logrado.
–¿Y es allí donde es capturado por Gaspar Rodríguez de Francia?
–Exactamente. Del otro lado del río, Rodríguez de Francia vio esas plantaciones masivas como una amenaza directa a su propio sueño de explotar el monopolio de la yerba mate. Decidió mandar una partida de soldados a la frontera, mató a los peones de Bonpland y lo secuestró a él junto a su familia. Lo tuvo trabajando en un estado de virtual esclavitud durante diez años. Y esos diez años son un agujero negro para la historia: Bonpland dejó muchísimos escritos científicos y botánicos, pero sobre su cautiverio no escribió casi nada. Reconstruir esa década bajo el yugo de Rodríguez de Francia fue toda una tarea de investigación y de hipótesis literarias. Es contar la historia de Francia, el célebre protagonista de Yo el Supremo, de Roa Bastos, pero vista desde el lado del cautivo.
–¿Bonpland representa la desilusión de la promesa iluminista del progreso indefinido?
–Es muy potente el arco del personaje: pasa de los salones de París y de ser el botánico de Napoleón a entregarse por completo a la cultura guaraní. ¿Qué buscaba en la selva? Bonpland es testigo de varios ocasos. En su juventud participó de la Revolución Francesa con mucho entusiasmo; era médico cirujano. Pero cuando vio las aberraciones que se cometían en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, sufrió una enorme desilusión. Luego vivió una contradicción muy burguesa: ser partidario de la revolución y terminar trabajando para Napoleón y, sobre todo, para la emperatriz Josefina. Ella, que era nativa de Martinica, le encargó recrear jardines de inspiración caribeña en el palacio de Malmaison, en las afueras de París. Una cosa delirante, casi de realismo mágico: reproducir el Caribe en el frío parisino. Su mujer, Adèlie, era la confidente de Josefina. Tras la caída del imperio y la muerte de la emperatriz, ese mundo de lujos se desmoronó y quedó en el olvido. Cuando Bonpland llega a América, arrastra esa frustración hacia la civilización occidental y el desencanto del Iluminismo. Influenciado por las ideas de Rousseau sobre el "buen salvaje", ve en los pueblos originarios esa utopía de la humanidad viviendo en armonía con la naturaleza. Para él, la yerba mate era el eslabón perdido entre el hombre y la tierra. Por eso se entregó por completo: abandonó la mirada del médico europeo, cuestionó la moral occidental, la monogamia, y adoptó la cultura y la vida guaraní.
Federico Andahazi, escritor y psicólogo. Foto: Ariel Grinberg.
–Esto subvierte por completo la dicotomía clásica entre "civilización y barbarie". ¿Dónde estaba la barbarie para él?
–Totalmente. Lo que le tocó ver a él como médico en Europa fue la barbarie pura. En cambio, cuando llega a esta zona se encuentra con el ser humano viviendo en absoluta armonía. En la selva descubrió un concepto del amor, de lo ancestral y de la comunidad completamente diferente al de Occidente. De hecho, el final de su cautiverio demuestra esto de forma impactante. Su esposa europea, Adèlie, pasó años moviendo cielo y tierra en las cancillerías para saber qué había sido de él. Viajó al continente, se reunió con Rivadavia y luego con Simón Bolívar, quien se interesó tanto que le mandó una carta a Rodríguez de Francia amenazando con invadir Paraguay si no lo liberaba. Finalmente, después de diez años, consiguen su liberación. Pero la decisión que toma Bonpland al salir del cautiverio es algo que no esperaba absolutamente nadie y que demuestra que estaba completamente entregado a esa otra forma de vida.
–¿Creés que los problemas de fondo de América Latina siguen atados a esa falta de resolución con el pasado colonial?
–Sí. Yo creo que la raíz de todos los problemas de América Latina es la forma fallida en que se gestionó el proceso de conquista y colonización. Eso nunca se resolvió y es la semilla de las grandes crisis actuales. Se ve claramente en los procesos electorales recientes de países como Perú o Bolivia; hay un proceso histórico profundo que nunca se saldó. Hasta que no se salde el tema de los pueblos originarios, que sigue siendo claramente el sector menos favorecido de todo el subcontinente, va a ser muy difícil enderezar las cosas. Es una discusión política que muchas veces está mal pensada desde el origen y mal dirigida en la actualidad.
–Es muy interesante cómo una novela de ficción puede activar debates tan profundos sobre la realidad histórica y política de una región. El poder de la literatura es infinito.
–A mí me parece que, desde la ficción, se puede reconstruir la historia. Como sobre esos diez años de Bonpland cautivo no hay nada escrito por él, la literatura nos permite recuperar su voz y entender la frustración de Occidente a través de su experiencia.
Federico Andahazi básico
- Nació en Buenos Aires en 1963. Se graduó como licenciado en Psicología en la Universidad de Buenos Aires.
Federico Andahazi, escritor y psicólogo. Foto: Ariel Grinberg.
- En 1997 publicó la novela El anatomista, obra con la que ganó el primer premio de la Fundación Fortabat. Ese libro se transformó en un rotundo éxito de ventas y se tradujo a más de treinta idiomas. Igual suerte tuvo su novela Las piadosas en 1998.
- En 2000 apareció El príncipe; en 2002, El secreto de los flamencos y en 2004, Errante en la sombra. El siguiente año publicó la novela La ciudad de los herejes. En 2006 ganó el Premio Planeta de Novela con El conquistador. En 2008 publicó el libro de cuentos El oficio de los santos.
- Ese mismo año apareció Historia sexual de los argentinos, compuesta por tres volúmenes: Pecar como Dios manda, Argentina con pecado concebida y Pecadores y pecadoras.
- En 2013 publicó la novela El libro de los placeres prohibidos. En 2015, Los amantes bajo el Danubio. En 2017 publicó El equilibrista.
- En octubre de 2011 fue distinguido como Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.
El prisionero del yerbatal, de Federico Andahazi (Grijalbo).
Todavia no hay comentarios aprobados.