Nunca llego a contar dos meses corridos sin que algún iluminado captador de las últimas tendencias me proponga, con todo su candor y buena voluntad: “vos re podrías ser influencer”. Pasa un compañero por mi oficina, ve que tengo muchos libros, y me pregunta por qué no soy “book-toker” (esos que recomiendan lecturas por tik tok). Pasa otro por el gimnasio, ve que entreno seguido y me pregunta por qué no soy “fit-fluencer” (esos que recomiendan rutinas en redes). Y quizás la respuesta es que, a diferencia de estos amables sugeridores compulsivos, no siento la imperiosa necesidad de recomendarle nada a nadie.

¿Desde cuándo necesitamos gente que nos enseñe a vivir a cada paso? ¿No teníamos a nuestros padres y escuelas para cumplir ese rol? ¿Acaso ya no confiamos en nuestros ancestros, nuestros maestros y los profesionales calificados en cada especialidad? ¿Y desde cuándo recomendar cosas por Internet es un trabajo soñado? Yo debo estar obsoleta por sentirme orgullosa y agradecida de laburar ocho horas por día en el viejo sistema de producción, físico y presencial; pero les aseguro que no me muero por ser emprendedora, no quiero ser mi propio jefe, no vendo negocios piramidales, ni aspiro a ser influencer.

Hay una falsa creencia de que tener muchos seguidores en redes sociales te endiosa, te empodera, te sube el status y -más incomprobable aún- te garpa. ¿De qué viven los influencers? De canjes con marcas. De fingir que consideran buenos los productos que los patrocinan, en el mejor de los casos con dinero, y muchas veces con mercadería. ¿Por qué sería deseable o admirable esa vida?

Y si nos sumergimos un poco más en lo profundo y oscuro de la web -o del alma humana- aparece otro amable sugeridor serial que pregunta “¿Por qué no te hacés una página de only fans?”. Chicos, decir esto no es ni un poco divertido, y no sé si no debería estar tipificado en el código penal. ¿Alguien cree de verdad ese mito ridículo de chicas felices y decentes subiendo fotos de sus pies con unas lindas sandalias y volviéndose inmediatamente millonarias? ¿Alguno de los que minimiza ese tipo de explotación sabe lo que se siente atender clientes full time en una red que monetiza el deseo sexual? ¿El tipo de daño psicológico que ese oficio -sea remoto o virtual, aún el más antiguo del mundo- puede causar?

Yo sé que el sistema está roto, que el trabajo tradicional no alcanza, que los sueldos son más bajos que los alquileres, que la IA vino a comerse todo, pero por favor, no compremos espejitos de colores, no alimentemos alucinaciones, no tratemos de convertirnos todos en crypto bros, pro-gamers, e-traders, influencers y only fans. Intentemos otra vez, si no nos alcanza el mango, aunque sea cocinar para afuera, vender artesanías, arreglar electrodomésticos, cualquier cosa que genere un mínimo valor real. Hay un mundo fuera de Internet y a veces temo que nos lo estemos perdiendo.