-¿De qué manera impacta la tecnología en la política y las instituciones?

-Hoy no puede entenderse la política y la mirada institucional de lo público sin la presencia de una digitalización acelerada que está automatizando las sociedades, provocando un cambio antropológico, cultural, económico y social de gran calado, que además está alterando los ejes de la relación con el poder tal como se han entendido desde la modernidad o el renacimiento, desde Maquiavelo a nuestros días. Particularmente de la mano de la Inteligencia Artificial, se está forzando una nueva forma de hacer política. Las categorías y los conceptos acuñados por la política moderna, desde la revolución francesa hasta hoy, están totalmente obsoletos, carecen de capacidad para poder organizar la realidad, darle una coherencia, un sentido y, sobre todo, un ideal de justicia que, en su sentido clásico, otorgue a cada uno lo que le corresponde. Concretamente, nos movemos en un escenario que ha vivido una revolución digital semejante a lo que fue la revolución industrial en el siglo XIX: se ha colocado a la Inteligencia Artificial en el mismo papel que desempeñó la máquina de vapor. Pero la revolución industrial, si bien produjo una prosperidad extraordinaria, también generó una inmensa desigualdad. Eso tardó cien años en corregirse en términos institucionales, fraguando un pacto entre el capital y el trabajo del que surgieron el Estado de bienestar y el Estado de derecho tal y como se los entiende en occidente. Hoy, el capitalismo ya no es industrial o posindustrial, sino algorítmico y cognitivo.

-A partir de lo que afirma, ¿puede pensarse que el algoritmo conspira contra la calidad del debate público y la democracia?

-Por supuesto. Hoy, el poder lo tiene quien controla el algoritmo con la capacidad de introducir los sesgos que gestionan la información registrada. La misma es puesta a disposición de quien domina el diseño algorítmico, extrayendo de allí un conocimiento que le permite diseñar bienes y servicios digitales que acaparan la atención de los consumidores, quienes van sustituyendo, paulatinamente, su condición cívica por la de usuario digital. Así pasan de habitar un mundo analógico y real - marcado por la soberanía de los Estados y donde la seguridad jurídica depende de la ley - a un ámbito que es la infoesfera, donde la soberanía es privada y está en manos de corporaciones tecnológicas.

-¿Cómo recuperar el valor de la argumentación frente a los llamados “sesgos de confirmación” y el simplismo que circula en las redes sociales?

-Eso es complicado, porque la pantalla está diseñada para extraer datos forzando nuestra atención y succionando nuestra identidad. Con el diseño gamificado que acompaña a la pantalla, se nos quiere tratar como a niños que responden a impulsos emocionales inconscientes. En ese contexto profundamente narcisista, que rompe la corporeidad, disuelve la conciencia y genera una falta de relación con la otredad, todo se volatiliza, quedando marcado por el impulso. Todo está concebido para seguir extrayendo nuestra identidad, generando un mercado paralelo al mercado humano, basado en el capital y el trabajo en su sentido clásico, para entrar en un mundo donde las máquinas trabajan y dialogan entre ellas, donde el dato maquínico ya vale más que el dato humano.

-A propósito, ¿cómo proteger la dignidad humana frente al avance descontrolado de la Inteligencia Artificial?

-La preservación de la dignidad humana es complicada en la medida en que hay una interacción en la cual la Inteligencia Artificial va paulatinamente subjetivándose, porque nos sustituye en la iniciativa y la manera de gestionar la información que transforma en conocimiento, mientras nos estamos cosificando y adjetivando en manos de la propia Inteligencia Artificial. Hace falta un Marx que interprete las relaciones de producción que se están generando en la relación humano-máquina que plantea este modelo. Y ahí la pregunta es dónde está la dignidad. Porque estamos consiguiendo hacer más cosas en menos tiempo pero eso no se traduce en una mejora de salarios. La productividad se la lleva alguien. Mientras tanto, nos quedamos con más tiempo dedicado a trabajar con la IA o estando en la infoesfera generando datos para otros, experimentando así una suerte de alienación que no sabemos dónde nos lleva. Probablemente, hacia un hombre-masa digital que, como diría Ortega y Gasset, ha perdido su propia historia.

-¿Quién se queda hoy con la plusvalía digital?

-Esa es la gran pregunta. Y, curiosamente, la política no le presta atención porque, entre otras cosas, no comprende los mecanismos procesales sobre los que se sustenta el capitalismo algorítmico. Estamos ante un nuevo poder que ha roto el pacto del New Deal que sustentó la economía de bienestar. El dueño del algoritmo tiene hoy, concebida en términos decimonónicos, una propiedad industrial absoluta que no tiene límites ni función social. El trabajo, tanto físico como intelectual, ha desaparecido como producto humano. Está siendo colonizado por máquinas que hibridan su trabajo con el nuestro, desproveyendo al mismo del valor añadido que le aportamos los humanos.

-¿Es posible un humanismo digital o real o la tecnología modifico radicalmente nuestra forma de pensar y razonar?

-Es perfectamente posible en la medida que hagamos que la tecnología vuelva a ser instrumental y esté concebida para aumentar las capacidades humanas y su dignidad. Lo que importa es conocer el propósito de la IA: para qué la queremos. Pero está concebida como una voluntad de poder. Es algo que quiere ser alguien, consciente pero sin consciencia. Esa es la definición de su diseño. Pero en su sentido conceptual, la IA ha ido incorporando un sentido totalitario. A partir de una hibridación muy extraña con un neoliberalismo desarrollado por las grandes plataformas, considera que, en tanto fábrica de normas, la democracia estorba.

-¿Qué papel debe jugar hoy la educación tradicional en un mundo donde el conocimiento automatizado parece dominarlo todo?

-Nunca tanto como ahora es importante el humanismo y todo lo que éste encarna. En su obra “La misión de la universidad”, escrita en 1903, Ortega y Gasset plantea que el objetivo de la universidad no es la híperprofesionalización especialista, sino combatir la barbarie y trasmitir la cultura: ese capital simbólico que nos permite entender qué es la violencia, la otredad, la tolerancia, el amor, la venganza, la culpa. Todos conceptos que hemos codificado a través de una tradición estética, literaria y filosófica. Ese es el soporte que nos permite entendernos como semejantes en nuestras diferencias. Precisamente esto es lo que la revolución tecnológica, liderada por la IA tal como está diseñada, pretende hacer desaparecer. Por eso, como nunca, las humanidades tienen un papel de resistencia. Y sobre todo, como diría la filósofa liberal española María Zambrano, atribuirnos el status de personas, ser individuos dotados de conciencia.

Señas particulares

José María Lassalle (Santander, 1966) es Doctor en Derecho por la Universidad de Cantabria (UC) y profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Pontificia de Comillas. Fue diputado y Secretario de Estado de Cultura y para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital. Es experto en pensamiento sobre la cultura, gestión de la complejidad y filosofía política anglosajona. Es autor de numerosos ensayos, entre ellos “Liberales” (2011), “Contra el populismo” (2017), “Ciberleviatán” (2019), “El liberalismo herido” (2021) y “Civilización artificial” (2024). Escribe habitualmente en El País y La Vanguardia.