Tomeu Clar pertenece a una familia vinculada desde hace más de seis décadas al negocio de las estaciones de servicio. Su abuelo, Bartolomé Pou, comenzó a vender combustible en 1962 y, con el paso de las generaciones, aquella iniciativa terminó convertida en un grupo que gestiona siete gasolineras en Mallorca.

Desde afuera, el volumen de dinero que pasa diariamente por los surtidores puede transmitir la idea de un negocio con grandes ganancias. Clar, sin embargo, sostiene que la facturación elevada esconde márgenes mucho más pequeños de lo que imagina el cliente cuando observa el precio marcado en el monolito.

En una entrevista publicada en el canal de YouTube del creador de contenido Adrián G. Martín, Clar explicó que el negocio puede facturar alrededor de 20 millones de euros al año. La cifra resulta impactante, pero no equivale al dinero que finalmente queda en manos de los propietarios.

“De cada litro de gasolina nos quedan entre 10 y 25 céntimos de beneficio bruto”, afirmó el empresario. De ese margen todavía deben salir los salarios, la electricidad, el mantenimiento de las instalaciones y otros costos operativos que reducen la rentabilidad final.

Facturar 20 millones no significa ganar 20 millones

Clar explicó en la entrevista que la supervivencia de una gasolinera depende del volumen: “Tienes que vender mucho”. El combustible deja poco dinero por unidad, de modo que el negocio necesita una rotación permanente y una cantidad elevada de clientes para sostenerse.

Tomeu Clar conversa con Adrián Martín. Foto: Adrian Martín Youtube

El sistema de compra también obliga a seguir el mercado prácticamente a diario. Las estaciones reciben los precios a los que pueden adquirir el combustible, llenan sus depósitos y luego fijan el importe de venta de acuerdo con sus costos y con la competencia que existe en la zona.

El empresario indicó que más de la mitad del precio que paga el consumidor corresponde a impuestos, mientras otra parte importante cubre la materia prima y la distribución. Por eso insiste en diferenciar la facturación, que incluye todo el dinero cobrado, del beneficio que permanece después de afrontar cada gasto.

La actividad, además, no se limita a instalar surtidores. Según Clar, obtener las autorizaciones para abrir una estación puede llevar varios años y requiere una inversión elevada. Una vez en funcionamiento, hay que mantener depósitos, sistemas de seguridad, personal, tiendas y servicios adaptados a los cambios del mercado.

El futuro de las gasolineras como centros de servicios

Para el propietario mallorquín, el modelo tradicional basado únicamente en vender gasolina y diésel está agotado. La alternativa consiste en transformar las estaciones en espacios donde el conductor pueda lavar el vehículo, comprar alimentos, descansar, cargar un automóvil eléctrico o acceder a otros productos.

“El éxito” está en ofrecer todo lo que el cliente necesita, resumió durante la conversación con Martín. Esa diversificación permite obtener ingresos por actividades con márgenes distintos y reduce la dependencia de unos pocos céntimos ganados con cada litro.

Tomeu Clar tiene su negocio en Mallorca. Foto: Adrian Martín Youtube

Clar tampoco considera que la electrificación implique necesariamente la desaparición de las estaciones. Imagina puntos con recargas más rápidas, nuevos combustibles e incluso hidrógeno. El surtidor podría perder protagonismo, pero el lugar seguiría funcionando como parada para el conductor.

Su explicación desmonta la asociación automática entre una caja millonaria y un beneficio millonario. En las gasolineras, asegura, el dinero circula a gran velocidad, aunque solo una pequeña porción permanece en el negocio.