Antaño sinónimo de alegre desenfreno, La Habana se ha vaciado por los apagones, el éxodo y una profunda incertidumbre sobre su futuro.

Hay tan pocos automóviles circulando por el Malecón, la emblemática costanera de la capital que antes bullía de actividad, que es posible cruzarlo sin mirar.

Cada noche, las estrechas calles empedradas de La Habana Vieja se sumen en la más absoluta oscuridad, sin electricidad. Están prácticamente desiertas.

Tras un embargo de combustible de siete meses impuesto por Estados Unidos y constantes cortes eléctricos, los habitantes bromean diciendo que están hartos de ver las estrellas.

De vez en cuando, se percibe algún movimiento entre las sombras.

Un hombre pasa en bicicleta junto a mujeres que duermen en el Malecón de La Habana. Foto AFP

Hombres esqueléticos, con pantalones cortos que les quedan varias tallas grande debido a la falta de alimentación, hurgan entre montañas de basura en busca de comida, plástico o cualquier cosa que puedan utilizar o vender.

Manuel Sánchez, de 50 años y enfermo de cáncer bucal, es uno de ellos. "Optamos por hurgar la basura para poder vivir", declara a la AFP. "No tengo casa, no tengo familia, no tengo nada", acota.

De pronto, estalla el ruido. Un grupo de manifestantes en chanclas golpea cacerolas para expresar su indignación por los prolongados apagones, desplazándose con rapidez para eludir a la policía.

La mayoría de los habaneros evita pasear por el casco antiguo por la noche.

"Hay mucha violencia en las calles", advierte Sánchez, que a veces busca refugio en una caseta de la compañía eléctrica, donde el calor es sofocante. "Te dan una puñalada o una piedra por la cabeza y te matan", agrega.

Las únicas aglomeraciones se observan durante el día en bancos, panaderías estatales (más económicas) y frente a consulados como el de España, donde cientos de cubanos aguardan, documentos en mano, para poder salir de la isla.

Un hombre bebe agua de una tubería expuesta en la calle durante un apagón en La Habana, Cuba. Foto AP

Nadie sabe cuántas personas se han marchado ya. En 2012, la población oficial superaba los 11 millones de habitantes.

El demógrafo cubano Juan Carlos Albizu-Campos estima que esa cifra ha descendido a ocho, un millón más que hace 67 años, cuando Fidel Castro proclamó el triunfo de la revolución.

Desde entonces, Cuba ha enfrentado el colapso del bloque soviético, una pandemia y las endurecidas sanciones de Washington. Sin embargo, la crisis actual ha transformado por completo las imágenes, los sonidos y los olores de La Habana Vieja.

Los estimulantes sonidos de los metales o los graves profundos de la salsa, el son y el chachachá prácticamente desaparecieron, y han sido reemplazados por el ruido de generadores eléctricos o el zumbido metálico y comprimido de un teléfono móvil a medio cargar que reproduce reguetón, reparto o pop estadounidense.

Turistas desaparecidos

Hace un siglo, la ley seca en Estados Unidos convirtió a La Habana en el lugar predilecto de jefes mafiosos y de turistas. Ahora estos últimos también han desaparecido.

Aún quedan algunos rezagados mexicanos o colombianos, que buscan restaurantes abiertos, con electricidad y que ofrezcan comida que no lleve mucho tiempo refrigerada.

La Habana sufre cortes de luz de 20 horas en medio de un bloqueo estadounidense que ha estrangulado a la isla sin combustible. Foto Reuters

Muchos de los antiguos y emblemáticos locales de la ciudad están cerrados. El centenario Floridita permanece oculto tras persianas metálicas.

Su cliente más célebre, Ernest Hemingway, continúa sentado en solitario en la barra -en forma de estatua-, envuelto en una penumbra sofocante y cargada de humedad.

A pocas calles, el Sloppy Joe's también permanece cerrado, a pesar de haber sido sometido a una exhaustiva restauración por parte del equipo de Eusebio Leal, el célebre historiador de La Habana que falleció hace seis años.

Quizás Leal hizo más que nadie en el último siglo por preservar La Habana Vieja. Convenció a Castro de que podía atraer divisas y de que valía la pena restaurarla.

Logró que fuera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982 e impulsó innumerables proyectos de restauración, algunos de los cuales están sucumbiendo al paso del tiempo. A veces, trozos de frontones se desprenden y caen en la acera.

Algunos habaneros se quejan de que fue un despilfarro el dinero invertido en reconstruir antiguos palacios para convertirlos en hoteles impresionantes que, sin embargo, ahora están vacíos.

Adivinar el futuro

Irina Aguirre pasa sus días en el umbral de uno de esos edificios de puertas cerradas, muy cerca de la colonial Plaza San Francisco.

Su oficio es predecir el futuro en una ciudad que apenas piensa en otra cosa. Durante años leyó el tarot a los turistas que desembarcaban en masa de cruceros y aviones, ansiosos por conocer si encontrarían nuevos amores o fabulosas riquezas.

Cuenta que entonces el bulevar de la céntrica calle Obispo rebosaba alegría y música.

Ahora, Aguirre responde a preguntas de cubanos, pero no precisamente sobre amor. ¿Cuándo terminará el bloqueo de combustible impuesto por Estados Unidos? ¿Mejorará la vida? Esas "son las preguntas que se hace todo el mundo", comenta la mujer.

"Todos queremos un mejor mañana", asegura. Pero el futuro de Cuba es demasiado incierto, incluso para las cartas. "Eso solo lo sabe Dios", dice sonriente.

"Simplemente no hay que perder la fe", concluye mientras recoge sus dos barajas de tarot desgastadas y emprende el regreso a casa antes de que la oscuridad vuelva a tragarse a La Habana Vieja.

Fuente: AFP

PB