El comercio es una de las actividades más antiguas y transformadoras de la historia humana, y Argentina no es la excepción. Ya era central en la época colonial, y el gran despegue del país a partir de 1860 estuvo directamente asociado al crecimiento de su comercio internacional.

Desde el trueque en el Paleolítico hasta las cadenas de valor globales de hoy, el comercio ha sido uno de los hilos conductores de la historia: cada gran salto civilizatorio —la escritura, la ciudad, la moneda, la navegación oceánica, la industrialización— estuvo ligado a la necesidad de intercambiar bienes con otros.

El comercio ha sido uno de los motores centrales del progreso humano por al menos cuatro razones: permitió la especialización entre regiones y países; actuó como el principal canal de difusión tecnológica y cultural —la escritura, la numeración, la pólvora, la brújula, la imprenta y buena parte de las religiones y lenguas del mundo se expandieron siguiendo rutas comerciales—; sostuvo la urbanización, ya que ninguna ciudad puede alimentarse solo con lo que produce dentro de sus límites; y fue un incentivo a la cooperación entre sociedades que, de otro modo, tendrían pocos motivos para relacionarse en paz.

Mucho antes de que existieran el dinero, la escritura o el Estado, los grupos humanos ya intercambiaban bienes mediante el trueque, para acceder a recursos que la geografía local no ofrecía.

Sus límites empujaron a las sociedades a inventar soluciones más eficientes: unidades de cuenta, bienes aceptados por todos y, finalmente, la moneda. El comercio a gran escala nace junto con las primeras civilizaciones urbanas —Mesopotamia, el valle del Nilo, el valle del Indo—, donde el excedente agrícola sostuvo a artesanos, escribas y mercaderes. No fue solo una consecuencia de la civilización urbana: fue una de sus causas.

Con el tiempo, el comercio dejó de ser local y tejió una red que atravesaba continentes: lo que hoy llamamos comercio internacional. Los fenicios difundieron su alfabeto junto con sus mercancías; la Ruta de la Seda unió China con Persia y el Mediterráneo; Roma integró económicamente un vasto territorio mediante caminos y puertos. Las grandes guerras lo interrumpieron una y otra vez, pero el comercio nunca dejó de existir: tomó otras formas y resurgió con más fuerza.

El comercio interno y el internacional fueron siempre complementarios, y la propia frontera entre ambos depende del tamaño de los países: en naciones de dimensión continental como Estados Unidos, China o la India, el comercio entre estados o provincias equivale, en la práctica, a lo que sería comercio internacional en un país de menor superficie.

El crecimiento del comercio internacional desde la Segunda Guerra Mundial ha sido uno de los más rápidos y significativos de la historia. El comercio mundial (exportaciones más importaciones) pasó de 772 mil millones de dólares —25,8% del PBI global— en 1970, a unos 69 billones —68,5% del PBI— en 2025.

En la última década se habló mucho de que el avance del proteccionismo, las presiones ambientales y la reconfiguración de las cadenas productivas estaban frenando ese crecimiento y obligando a las empresas a replantear sus estrategias.

Las estadísticas no confirman ese pronóstico: el intercambio entre países siguió creciendo, aunque con una tendencia a agruparse en bloques. Los conflictos geopolíticos, eso sí, están llevando a que el comercio deje de guiarse solo por las ventajas comparativas, e incorpore factores como la seguridad estratégica y la confiabilidad de los socios.

La historia del comercio exterior argentino es a la vez fascinante y preocupante. Entre 1864 y 1914 creció con enorme rapidez: las exportaciones, en dólares con poder de compra de 2025, pasaron de 445 millones en 1864 a 16.250 millones en 1913; por habitante, de 280 a 2.130 dólares. Los volúmenes físicos exportados por habitante se multiplicaron por 3,5 en ese período (cifras corregidas por inflación de EE.UU., no por precios relativos).

Esa expansión se frenó con la Primera Guerra Mundial, se agravó con la Gran Depresión y no se recuperó hasta comienzos de los años ‘90: durante ocho décadas, el volumen exportado por habitante promedió un 10% por debajo del nivel de 1913, con años en que la caída superó el 60%.

En cuanto al comercio interno, su valor agregado ronda el 10% del PBI argentino en moneda constante, pero subió del 10% en 2004 al 13% en 2025 en moneda corriente, por el aumento de su margen relativo. Sumando actividades asociadas —restaurantes, hoteles, actividades inmobiliarias—, ese porcentaje supera el 20%.

Como señalé en una columna anterior, la geopolítica mundial y los cambios tecnológicos nos ofrecen hoy oportunidades que deberían traducirse en un fuerte crecimiento de las exportaciones, acompañado —en menor medida— por el de las importaciones. Aprovecharlas exige grandes inversiones en infraestructura (caminos, hidrovías, puertos), que a su vez impulsarían a otros sectores como la construcción y la logística. Argentina no puede dejar pasar esta oportunidad.

Ricardo Arriazu es economista.