“Papá mató a mamá”. Una nena de ocho años despierta a su hermano de 21 para decirle esa frase. Acababa de ocurrir un femicidio en la casa familiar de Villa Devoto. Para ellos la violencia no empezó ni terminó con el asesinato de su madre. Ya estaba ahí, y ahora deberán aprender a vivir con la ausencia, con el horror de lo vivido, con un padre que es el asesino de su madre.

Desde la primera movilización de Ni Una Menos en 2015 a hoy, al menos 3.840 hijas e hijos perdieron a su madre como consecuencia de la violencia de género, según el Observatorio de Femicidios de La Casa del Encuentro. En los primeros meses de este año fueron 155. El 72% son menores de edad.

Los niños son víctimas directas de la violencia de género porque van compartiendo toda esa violencia que sufren sus madres, la ven, la escuchan, la sienten”, explica Sonia Almada, psicóloga y autora del libro “Huérfanos atravesados por el femicidio”.

“La mayoría de los hijos en general presencian las escenas de violencia de género porque viven con su mamá, y porque los femicidas no cuidan ni se fijan si los chicos están mirando o no, así que en general los chicos ven todo”, asegura.

Muchos chicos se quedan solos después del femicidio, desde un rato hasta horas, a veces con el cuerpo de su madre muerta ahí cerca. El padre se va, se escapa o incluso se suicida. Los rescatan vecinos o algún familiar. A veces los chicos tienen que escaparse porque se dan cuenta de que, si no, también los van a matar a ellos”, asegura Almada.

“Cuando llega la policía es poco lo que hacen para ayudarlos. Las fuerzas de seguridad no tienen un protocolo de atención específico para atenderlos. La policía los deriva a un hospital para que los atiendan o contactan a algún familiar”. Para Almada, la respuesta inmediata debería ser específica: “Hace falta un protocolo de atención urgente. Estos chicos quedan en shock y tienen que ser atendidos inmediatamente por un psicólogo”.

La vida dada vuelta

La situación posterior al femicidio también implica, en muchos casos, abandonar de manera abrupta el lugar donde vivían. “Las hijas y los hijos de mujeres víctimas de femicidio atraviesan una experiencia traumática de enorme impacto. No solo pierden a su madre de manera violenta, sino que muchas veces enfrentan situaciones de alta carga emocional: cambios de hogar, de barrio, de escuela y de sus vínculos cotidianos. Toda su estructura de vida se modifica, profundizando el dolor y la sensación de desprotección”, explica Ada Rico, al frente de La Casa del Encuentro.

“Las consecuencias pueden manifestarse en miedo, angustia, culpa, dificultades escolares, problemas para vincularse y efectos emocionales que pueden persistir a lo largo del tiempo. Después de un femicidio no alcanza con pensar únicamente en la respuesta penal. Es fundamental garantizar a niñas, niños y adolescentes acompañamiento psicológico especializado, protección, estabilidad afectiva y una reparación integral sostenida en el tiempo”, agrega.

La Ley Brisa establece una reparación económica para hijos e hijas de víctimas de femicidio y otras formas de violencia de género, además de acompañamiento integral. Pero Almada cuestiona los tiempos de acceso a esa asistencia: “Existe la Ley Brisa, que plantea apoyo psicológico, pero no se está cumpliendo y además es un trámite larguísimo. Los chicos no pueden esperar todo ese tiempo”.

El impacto psicológico

“Es un duelo complejo. Si un duelo en general toma en promedio unos nueve, diez meses, estos son mucho más largos y más complejos porque no sólo pierden a la madre sino también a su padre, que es una persona que en la mayoría de los casos quieren y estiman. Es un duelo de doble entrada: por la madre, por el padre, porque también lo pierden, y lo pierden psíquicamente, porque fue quien mató a su mamá”.

El psicólogo Enrique Stola plantea una situación similar: “Esos niños han perdido a la madre y al padre. Si hay contención afectiva y terapia van a poder hacer su vida, pero siempre se van a conectar con ese dolor”.

Y señala el conflicto que supone para un niño comprender que su padre fue quien asesinó a su madre. “Estos niños deberán aceptar que el padre que necesitan y aman no existe. Aceptar que tu papá o mamá no te ama es una difícil tarea, pero no imposible de reparar. Aceptar que tu progenitor te abandonó de esa manera, asesinando a tu madre en tu presencia, es una crueldad muy difícil de entender pero también reparable con fuerte contención afectiva”, afirma Stola.

A la pérdida y al trauma se suma, en muchos casos, la duración de los procesos judiciales: "Tampoco ayuda que los juicios sean tan largos y lleven tanto tiempo, porque los chicos durante todo el proceso están como suspendidos, en espera”, explica Almada.

Las secuelas

Los efectos pueden manifestarse de diferentes maneras y depender de la edad en que ocurrió el femicidio y de las condiciones posteriores de crianza y acompañamiento.

“Pueden quedar con secuelas graves: trastornos madurativos, de desarrollo, en el comportamiento, aprendizaje, la conducta, ansiedad, depresión, miedos profundos, imposibilidad de dormir. El impacto es brutal a cualquier edad, pero a medida que se crece hay más herramientas para enfrentar la vivencia”, dice Almada.

Incluso cuando los niños eran bebés al momento del femicidio pueden aparecer manifestaciones posteriores. “Aunque sean bebés, la memoria está y queda en el cuerpo. Hay chicos que perdieron a sus madres siendo bebés y después representan todas esas violencias en sus juegos”, asegura la psicóloga.

“Cada caso es distinto, pero en general, con mucha terapia, los chicos se pueden recuperar. Claro que son heridas que quedan de por vida, como el dolor, y que a veces vuelven con fuerza, como cuando las mujeres se convierten ellas en madre”.

Almada advierte también sobre la posibilidad de que los modelos de violencia se repitan cuando no existe acompañamiento: “Si no hay terapia ni contención se pueden llegar a repetir estos modelos de violencia, de agresores y víctimas, pero si hay trabajo y reflexión es todo lo contrario: no quieren repetir esas historias”.

La respuesta, dice, requiere tratamiento sostenido. “Mucha terapia”. Y también contención afectiva: “La clave es que reciban atención y tratamiento de inmediato. Y el amor, mucho amor”.

Infancias destruidas

“El femicidio de hoy en Villa Devoto no es un hecho excepcional. En Argentina sabemos que una mujer es víctima de femicidio cada 31 horas. Lo excepcional, lo insoportable, es que una nena de ocho años tenga que despertar a su hermano de 21 y decirle: ‘Papá mató a mamá’”, opina Fernanda Tarica, al frente de Shalom Bait, una asociación que acompaña a víctimas de violencia de género.

“¿Qué significa una frase así en la vida de una niña? ¿Qué queda detrás de esas cuatro palabras? Porque papá mató a mamá, pero no terminó ahí. Con ese acto también destruyó una parte de sus infancias, de su seguridad, de la confianza en quienes debían cuidarlos, de la vida que conocían hasta ese momento”.

Tarica señala que las consecuencias exceden la pérdida física de la madre: “La violencia siempre mata algo: a veces mata cuerpos; otras veces mata proyectos, vínculos, autonomía, confianza, seguridad, libertad, deseo, futuro. Y también mata partes de las infancias”.

“Ahora tendrán acompañamiento psicológico, y es indispensable. Pero sus vidas son largas. Su madre fue asesinada por su padre. Su padre sigue vivo y gravemente herido. Y quedó una carta en la que dice que los ama, que trabajó por su familia y que ‘no la aguantaba más’. El mismo hombre que dice amar a sus hijos acaba de dejarles una marca que los acompañará toda la vida”, suma Tarica.

La atención después del femicidio es necesaria, pero para Tarica el foco también debería estar puesto en lo que ocurre antes: "Ocuparse después del femicidio es llegar tarde. Dejemos de poner en el centro las falsas denuncias y pongamos en el centro a las mujeres que están en riesgo y a sus hijas e hijos. Hay que llegar antes. Escuchar antes. Evaluar el riesgo antes. Proteger antes. Esto es lo urgente”.

“Y también revisar seriamente cómo evaluamos ese riesgo. No alcanza con preguntar si hay un arma de fuego en la casa: en todos los hogares hay cuchillos y otros objetos cotidianos que pueden convertirse en armas letales. La ausencia de un arma de fuego no significa ausencia de riesgo”.

Y concluye: “Los chicos que crecen atravesados por la violencia de género también son víctimas. No son invisibles: somos nosotras y nosotros quienes demasiadas veces no las miramos. No podemos esperar a que haya una mujer asesinada para preguntarnos qué necesitan sus hijos”.