Desde que tiene memoria, Pedro Luis Barcia, doctor en Letras por la Universidad Nacional de La Plata y ex presidente de la Academia Argentina de Letras se ha preocupado por la soberanía de la lengua, y en su nuevo libro La identidad lingüística argentina (Dunken) analiza cómo el empobrecimiento de la oralidad y el descuido de la palabra nos dejan expuestos a la violencia. En sus páginas alerta contra el colonialismo del “chupete electrónico” y el uso incorrecto de la Inteligencia Artificial, pero también describe los aportes de las lenguas originarias y los africanismos a nuestro lenguaje y la necesidad de seguir defendiendo un modo de hablar que nos define como pueblo.
La identidad lingüística, Pedro Luis Barcia. Editorial Dunken.
Uno de los aportes más urgentes del libro, tal vez sea el concepto de ciudadanos “anóticos” y el peligro de perder el oído en la era de la inmediatez y la falta de escucha. Por eso, para Barcia, el rol de los medios de comunicación y de las instituciones educativas se vuelve fundamental. No sólo por la manera en que transmiten la oralidad sino porque son claves para el ejercicio de la conversación y de la democracia. De todos estos temas, habló con Ñ desde su casa de La Plata.
–Usted describe en el libro la relación que hay entre la comunicación social y la democracia, ¿podría explicarlo?
–Es un tema que he tratado siempre y por el que me he preocupado, pero no he despertado mucha atención. En la enseñanza primaria la lectoescritura se comió la oralidad. Es cierto que la persona lee y escribe, pero además y antes, habla y escucha. En las escuelas se han ido suprimiendo las exposiciones orales al frente del aula porque hoy se siente como una pérdida de tiempo. John Dewey, el filósofo y pedagogo estadounidense ha explicado largamente que la democracia es diálogo y el diálogo no es por escrito, es pura oralidad. De modo que una persona que no está educada en la oralidad no tiene capacidad plena para la democracia porque no tiene la posibilidad de decir con precisión lo que quiere. Es lo que pasa con Billy Bud, el personaje de Melville, que no podía decir que lo habían traicionado y al final termina golpeando al otro. El novelista dice claramente que el disminuido verbal es el que está expósito en la democracia, expuesto. Los niños expósitos eran los que dejaban abandonados a la entrada de los conventos o de los hospitales, pero el que sale del secundario es un expósito porque pasa a exponerse a todas las contingencias de la sociedad sin estar pertrechado para poder hablar, defender y decir lo que quiere. Y como no tiene esta capacidad, generalmente se pasa a la brutalidad, a la puteada, al abuso o al empujón. Si usted usa la puteada permanentemente, la desgasta de tal manera que después no tiene capacidad de golpe.
La Fundéu decidió, en 2019, que los emoticonos y emojis fueran designadas las palabras del año. Foto: EFE
–Usted plantea que hay que ser muy cuidadosos con las palabras que usamos.
–Sí, porque si un cirujano cuenta con el bisturí afilado para operar, el locutor televisivo o radial debe manejar bien el instrumento del idioma porque es su vía de trabajo. Estamos generando ciudadanos anóticos, es decir, que no tienen oído. Entonces hay que tener cuidado porque luego, a veces, las explicaciones para desdecirse o corregirse, son peores que el origen. Todo lo que se dice por televisión o por radio produce un goteo y el goteo permea gradualmente hasta que cumple el proverbio latino gutta cavat lapidem (La gota perfora la piedra) y hace un agujero no por su fuerza sino por caer constantemente y deja una impresión. De ahí la responsabilidad que tienen que tener los locutores y los periodistas porque la palabra y la piedra arrojada no tienen vuelta.
–Al comienzo del libro usted habla de las diferencias que tenían los integrantes de la Generación del 37 en relación al lenguaje, ¿en qué se basaban?
–Dentro de la unidad más o menos romántica y liberal que tenían ellos, había concepciones diferentes. Alberdi, que tal vez era de todos el más inteligente de los integrantes, es el que más cambió y que más se contradijo incluso, porque inicialmente es el que proponía el extremo de romper con la lengua española. Pero luego propone la misma lengua con modificaciones, que es lo que ocurre naturalmente en cualquier lengua. Una lengua como el inglés o el castellano, se acomoda, se arregla, se modifica en cada región en donde se habla, sin perder el nódulo de lo que es la lengua. Alberdi era un rupturista absoluto y Sarmiento en una época, después se corrigió, también lo fue. En cambio, Echeverría pensaba que había que dejarle al tiempo la forma de hablar de los argentinos respecto de los españoles y se dio, indudablemente, porque los españoles dicen falda y nosotros decimos pollera, por ejemplo. Por eso es que nuestro Diccionario de argentinismos, donde definimos las cosas desde nuestra perspectiva, cobra tanta importancia y no tiene que ver con un sentido separatista, en absoluto, sino que para mostrar que cada cual tiene su identidad, tiene que haber una conciencia de contraste. Usted no sabe quién es hasta que no viaja realmente, por eso cuando Leopoldo Marechal, Borges, Mallea pisan París, dicen esta frase: “cuando conocí París, conocí mi país”. Es decir, a través de la distinción entre una y otra, tuvieron la posibilidad de compararlas. De tal manera que no se le puede pedir al gaucho Martín Fierro, que describa lo que es el rancho y cómo son las comidas porque es parte de su hábito natural entonces no lo ve como diferente porque no tiene capacidad de contraste.
Pedro Luis Barcia es doctor en Letras por la Universidad de La Plata, investigador universitario, escritor y profesor.
–Y subraya el colonialismo del lenguaje por el “chupete electrónico”.
–Sí, hay un colonialismo lingüístico no solo en cómo hablan las infancias sino también en esto de consultar, como hacen muchos periodistas ahora con la inteligencia artificial, la acepción de una palabra, y la inteligencia lo que les da es lo que dice el diccionario español, pero eso no es nuestro. Para nosotros, por ejemplo, carajo es una cosa y para ellos, otra. Para nosotros mandar al carajo es mandar a alguien a un lugar incómodo. Para el español, carajo, es una especie de cubilete que estaba en el último tramo del palo mayor de un barco y al que mandaban a los muchachos jóvenes para que miraran el horizonte o bien los mandaban como un castigo, porque era un lugar que estaba expuesto a todos los vientos. Otra diferencia que tenemos es que nosotros decimos andar en pelotas como sinónimo de desnudez pero los españoles dicen andar en pelota y lo retoman de Lope de Vega cuando se refería a la Venus de Milo, pero quería decir andar en pelo, desnuda, porque la muchacha no tiene los atributos masculinos. Por eso es que nuestro diccionario de argentinismos es tan importante porque es donde definimos las cosas desde nuestra perspectiva.
–En relación a la identidad del lenguaje argentino y los argentinismos, ¿cuáles han sido los aportes de las lenguas indígenas y de los africanismos?
–Lo primero que tenemos que decir es que el primer mestizo fue el idioma porque toma expresiones de los pueblos originarios y de los pueblos africanos. En nuestra Argentina, el aporte mayor lo dio el quechua, después el guaraní y en tercer lugar el araucano. La palabra porongo para referirnos al mate sin base, es uno de los ejemplos. El enriquecimiento que las lenguas indígenas le dieron al castellano fue muy importante y modificaron en gran medida el caudal léxico nuestro. En cuanto a los africanismos, el aporte de Oderigo es fundamental, con su Diccionario de africanismos. Casi todas las palabras terminadas en ongo, son de origen africano. Yo he insistido siempre que tenemos que ponerle la pata encima el extranjerismo, apropiarse de lo ajeno y darle el toque nuestro. Eso es lo que el inglés hace con todas las palabras del mundo de cualquier origen, le pone la fonética inglesa y termina siendo una palabra inglesa, por eso, la capacidad digestiva del inglés hace que sus diccionarios sean los más amplios de las lenguas contemporáneas. Después le sigue el español, porque poco a poco hemos ido aprendiendo. La gente todavía sigue escribiendo Whats App pero yo escribo Guasap, con G.
–También señala la importancia de trabajar en conjunto con las academias de periodismo, ¿por qué?
–Durante mi gestión en la Academia de Letras, hice el esfuerzo de acercarme a ADEPA y a FOPEA y terminé dando cursos en las dos instituciones. Si la academia no se asocia a las entidades de comunicación, estamos perdidos porque la lengua está en manos de los comunicadores. Había leído a lingüistas españoles como Fernando Lázaro Carreter y sobre todo el viejo Manuel Seco que decían esto mismo sobre el poder de los medios en relación al lenguaje. Durante los 14 años que estuve en la academia, mi mayor preocupación fue el de la identidad argentina. Por eso publiqué un libro que es anterior a este, un libro gordote que nadie lee, que se llama La identidad de los argentinos que tiene 700 páginas. Y este libro nuevo es un desglose de aquel.
Conferencia de prensa sobre la lengua a cargo de Pedro Luis Barcia en la Feria Internacional del Libro 2013. Foto: Herán Rojas
–Los últimos capítulos están dedicados a las muletillas y los apodos, ¿cuáles son sus contribuciones?
–Los apodos y las comparaciones muestran la riqueza creativa del pueblo, por ejemplo “cajero automático” se le dice a alguien que, en el deporte, está siempre en el banco o “San Cayetano”, a la persona a la que cuando te acercás, te da trabajo. En cuanto a las muletillas (palabra del español, en Argentina deberíamos decirles “muletitas”) son un falso apoyo del discurso porque terminan desmereciéndolo, por eso les llamamos ortopedia verbal. El libro las ordena para conciencia del lector y propone formas de superarlas.
Básico. Pedro Luis Barcia. Gualeguaychú, 1939, lingüista
También es doctor en Letras por la Universidad de La Plata, investigador universitario, escritor y profesor. Fue presidente de la Academia Nacional de Educación y de la Academia Argentina de Letras. Lingüista, lexicógrafo, Investigador Principal del Conicet.
Fundó en 1991 el primer Doctorado en Comunicación de la Argentina, en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral, que dirigió hasta 2012. Profesor Emérito de esta Universidad, fue presidente de la Academia Argentina de Letras desde 2001 a 2013. Es autor de La identidad de los argentinos, El cuento y la leyenda folklóricos argentinos, Ezequiel Martínez Estrada. Una lírica reflexiva, El resurgir de la Argentina, entre muchos otros.
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