Microdramas. De eso estamos hechos, de pequeñas situaciones que se viven día a día y pueden conflictuarnos y hasta derrotarnos. Ese es el título del libro flamante de la psicoanalista chilena Constanza Michelson, una sucesión de textos breves surgidos de su capacidad infinita de observación curiosa, de su oído atento y de su frondoso anotador siempre a mano.

En este libro (publicado por Editorial Paidós), cuyo subtìtulo es El peso de lo leve, la ensayista se lanza a desarmar la vida cotidiana en fragmentos que pueden o no formar parte de un drama completo. En estos textos, la herencia freudiana se palpa aunque no esté en el primer plano: es un texto literario de la más profunda interpretación de todo aquello que nos angustia y conflictúa. Y que todavía tiene solución, como el futuro. "Un microdrama es una escena en la que alguien se juega un pedazo de vida, sin saber bien qué está en riesgo ni qué es, exactamente, la vida. Pasa en los lugares de siempre. En una escalera mecánica. En la fila de una farmacia. Una frase mal dicha, una mano que tarda un segundo de más, una puerta que no se abre. Para los demás no pasó nada. para alguien fue una bifurcación", escribe la autora en la primera página del libro.

Este libro construyó un lugar particular en la obra de la psicoanalista que ya nos había sosprendido con libros como Hasta que valga la pena vivir, Capitalismo del yo o Nostalgias del desastre. También con Hacer la noche que dio origen a Nuestra locura, una serie documental en el canal de la Universidad de Chile, muy exitosa y atractiva se puede ver en YouTube.

Del otro lado de la Cordillera, Michelson conversa a través de la pantalla sobre estos dolores. Después de la conversación, releí unas líneas esclarecedoras hacia el final del libro: "Y entonces un día escribes para el otro, no para que te vea, sino porque el otro existe".

Microdramas. Constanza Michelson. Editorial Paidós.

–¿Qué es un microdrama?

–La primera tentación es pensarlo como un microcuento, pero es una escena. Una amiga dramaturga me dice, “Basta que haya un lugar, alguien que hace algo y ahí ya tienes un drama”. Lo que empecé a observar y me fasciné con eso, es precisamente este otro plano que no es lo que la gente dice que hace ni lo que haría, y mucho menos lo que las personas decimos que los otros debieran hacer. Sino que es lo que las personas hacemos. Hay una encrucijada. Y siempre es algo dramático porque tienes que elegir.

Michelson es autora Hasta que valga la pena vivir, Capitalismo del yo, Nostalgias del desastre, Hacer la noche, entre oros. Foto: Ariel Grinberg

–Si bien no son cuentos, el libro tiene una factura literaria, ¿no?

–Eso fue una exploración. Siempre cuento historias, me es inevitable. También el psicoanálisis narra algo que no tiene palabras para luego quitarle la narración e ir dejando el hueso. En el psicoanálisis hay un camino de ida y vuelta. Hay algo del acontecimiento donde cabe la ambigüedad, la contradicción y hay algo de eso que me alivia. Y también hay desesperación en la búsqueda de la historia. Cuando los hilos quedan cortados parece que pasan cosas. No son cuentos porque no los pensé como inventar historias donde suceden cosas, sino esto de enfocarse más bien en el momento mismo. Quizás esa sea la diferencia, pero es cierto que está mucho más en un registro narrativo. La teoría la dejé para el final.

Selfies eternas en Instagram.

–Es una época que facilita los microdramas. “Me clavó el visto en WhatsApp”, “No me lee las historias de Instagram”, “No me etiquetaron en una foto”, “No me incluyeron en un grupo de WhatsApp”. Son pequeñas angustias, incomodidades que al principio causan gracia hasta que afectan.

–Porque afecta. Un drama afecta, aunque uno crea que no. Julio Cortázar dice en “Las babas del diablo”: “cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar lo que pasa”. Lo increíble es esto que vayamos a contárselo a otra persona. Hay una exigencia de traducir ese acontecimiento, ese encuentro en una narración. Se cuentan estas cosas en las redes sociales, pero siempre ha pasado todo el tiempo. Lo problemático es cuando ciertas prácticas o discursos empujan a la no narración, sino a los datos o a los hechos, a los números y que salud mental aporte solo un diagnóstico y listo. No supiste más, no contaste qué pasó. ¿Cómo habitas esa historia? ¿Cómo atraviesa ese malestar? Te quedas en eso. Sí, es verdad que narramos todo el tiempo, pero también hay algo de la narración que queda en un segundo plano respecto de la verdad científica.

–¿Todos vivimos y padecemos microdramas o solo aquellas personas que son afectadas fácilmente, como los jóvenes de la “generación de cristal”?

–A todos nos pasan cosas, unos narran más que otros, algunos lo disfrutan más, otros no saben, no pueden interpretar. No todos narran, pero todos viven un drama. Cuando no estás incluido ahí, a veces es tragedia, poniéndolo en términos antiguos. Te suceden las cosas, pero no logras traducirlas, objetivarlas. Y respecto de lo que se llama “generación de cristal”, me ha pasado que yo también he sido parte de esa crítica, lo reconozco. Pero al mismo tiempo también hay algo que me ha cansado de esta cuestión y es que se personaliza en una nueva generación, más que entender la situación de época. ¿Cuál es la situación? Que estamos llenos de diagnósticos. En un drama no hay dioses interviniendo, ni el destino es como una tragedia, hay responsabilidad, haces o no.

Me parece que la época –y esto ya lo decía Hannah Arendt en La condición humana–. Ella lee un titular de un diario sobre el lanzamiento de un satélite que dice, "Por fin saldremos de la prisión de la tierra." Y ella dice, "¿Qué estupidez es esta? Desde cuándo la tierra es una prisión?" Ella sostiene que está bien, existe el lenguaje de la técnica, pero si todos los demás empezamos a hablar como la técnica, vamos a hablar como idiotas y sin responsabilidad, sin entender lo que estamos diciendo. A eso voy cuando digo que la crisis de la narración –también se le dice crisis a todo–, me parece que es en parte por los millones de etiquetas que llegan de afuera como maldiciones y uno se va ajustando ellas. Entonces luego es otro tipo de drama, pero no sé si son microdramas. Porque son poco clichés, porque empiezan a ser todos igual, una lengua repetida. Pero eso no es un problema de una generación: es un problema. Una generación responde a su época. Y eso nos incluye a todos.

Hannah Arendt. Cortesía de Middletown, Connecticut, Wesleyan University Library, Special Collections & Archives.

–Contás ese microdrama del cumpleañero frente a la torta y las velitas, que tiene la obligación de pensar deseos. Con todo el peso que tiene la palabra deseo...

–Me parece que el asunto del deseo no es no querer cosas (dejo afuera las personas que están atravesando una depresión que es como esta condición de no querer nada), las personas queremos cosas, muchas cosas todo el tiempo. Pero quizás lo que no queremos tanto es desear, porque desear no es querer cosas, es un problema, algo que te atraviesa. Tú puedes elegir pasar o no pasar. Ahí nace la conciencia ética, ya tienes un problema. Eso es el campo del deseo. Nunca queremos responder demasiado por el deseo. No es una noticia nueva.

–¿Y qué es lo nuevo?

–Lo nuevo de nuestro tiempo es la tecnología. Son nuestros juguetes, las herramientas que hemos podido crear para bien y para mal, que quizás nos potencian la posibilidad de saltarnos el deseo, no de consumir o querer cosas, sino de entrar a ese problema que es la parte del querer cosas, lo hago o no lo hago. Entonces, ¿qué hacen nuestros nuevos juguetes? Apuran las cosas. No tienes que pensarlo tanto. Hay consumo, hay otra cosa, pero hay saltarse justamente el microdrama. Pero no hay responsabilidad, no se crece, no hay consecuencias. El deseo trae consecuencias.

El mítico diván de Sigmund Freud.

–Hablás de la envidia. Algo que me parece muy emparentado con una emoción de esta época que es el resentimiento…

–Sí, están emparentados. Teóricamente emparentados. Personas que no son malas y que vuelven malas otras personas tal vez. Es el texto de una mujer en una oficina a la que le informan que no quedó en el puesto al que aspiraba. Lo que quería representar es esta idea de lo que te hace malo en cierto sentido, cuando la vida misma te pone a competir. Si volvemos a los relatos bíblicos tenemos a Caín y Abel. Por qué Dios los pone a competir. Dios le da la posibilidad en un momento a Caín y le dice, “Sé lo que sientes, tú puedes hacer algo con eso que sientes.” Ese es el pedacito de libertad, la envidia es un sentimiento absolutamente humano, que tiene que ver con que vivimos en una trama donde hay situaciones donde hay un solo lugar para varios candidatos. El deseo también es mimético, uno quiere lo que quiere el otro. Entonces, es muy humano, es irreductible, es un sentimiento doloroso. ¿Qué haces con ese resentimiento? Ese es tu espacio de libertad, no aspirar a no sentir nunca envidia o resentimiento, sino ese espacio donde entonces te arruinas la vida con tal de ganarle al otro, que es algo que está muy presente. Pienso en los casos extremos, los pistoleros solitarios. No importa que yo me muera, con tal que yo no viva con los que me hacen sufrir. Y por otro lado, la política también inflama el resentimiento, usa esta parte de la condición humana, la inflama. Me parece que en tu país también ha pasado, y está pasando en distintos lugares del mundo donde hay líderes que inflaman ese resentimiento. La autodestrucción es lo que más me inquieta de la condición humana.

–Y entonces qué hacer con lo que se pierde, las ausencias, lo que no se ve… que incluye a Dios, a la fe, ¿qué qué se hace hoy con eso? ¿Cómo se enfrentan las ausencias, las pérdidas?

–Creo que hacemos un poco lo mismo, pelear con la pérdida, pareciera ser que para la manera en que estamos armados los seres humanos no cabe la pérdida, cuesta mucho porque crecer además es ir haciendo duelos. Tengo una colega que siempre dice: “Con cualquier persona que hable siempre se está separando de algo, de una idea, de una persona, de un trabajo, siempre estamos separándonos y atravesando esa cosa imposible, para siempre”. Me fascinó haber entrado a los relatos bíblicos porque se parecen mucho al psicoanálisis en el sentido de que es todo un trayecto de cómo crecer. Es inevitable perder, sufrir ausencias y hacer algo con ellas que no sea quedarse fijados, melancolizados, sino pasar a otra instancia. Supongo que no hay donde situar la ausencia en el sentido de que nos quedamos sin el más allá, sin Dios. Cuando no hay andamiaje para lograr hacer un duelo es muy fácil quedarse fijado en la pérdida. Hay algo ese trabajo de duelo que nunca nos ha gustado hacer, no es que este tiempo sea distinto a otro. Hay algo que pensar, los microdramas también como esto de lo cual siempre nos cuesta tanto separarnos lo que se llama la Madre con mayúscula, que ahí si tú quieres hay origen, utopía, paraíso. Es decir, este lugar de plenitud, que nunca existió y tampoco existe y que cada vez que se ha querido lograr quedan demasiados muertos en el camino. Porque tienes que arrasar con toda la diferencia y la disidencia. Lo que sí existe son las mamás. Y ellas no son eso perdido, porque nunca existió esa mamá con mayúscula. Las mamás son las que encuentran las cosas perdidas. Generalmente son ellas las que saben dónde están las tijeras, o donde dejaste los calcetines. Y uno dice, “Esa es la mamá que existe.”

"Un estudio revela que los fármacos para adelgazar reducen un gasto inesperado". Insatisfacciones.Foto: Bloomberg

–¿Qué es la satisfacción en el presente, es posible lograrla, hay alguien satisfecho? Cada vez parece más difícil.

–Ahí hay otro microdrama, el del hambre, el del tipo que va a querer adelgazar una vez más. No encuentra satisfacción con nada, porque pone la satisfacción en el más: más comida y luego para adelgazar, privarse. Se está siempre en el más y el menos. La satisfacción es la medida en que la propaganda de las papas fritas, “no podrás comer solo una”. Lo que nosotros llamamos pulsión de muerte, es no poder parar. La medida en que no hay límite. Es paradójico que eso que podría haber empezado como placer, ya deja de ser deseo y uno sabe cuando se pasó de largo. Nadie te tiene que decir si tomaste mucho o poco. Uno sabe cuando se pasó de largo, con los chocolates, con el alcohol, con las palabras también. La tragedia es cuando no sabes detenerte a tiempo. Entonces ya no hay satisfacción o hay una satisfacción oscura.

–¿Si estamos en un laberinto, por dónde es la salida? ¿Qué concluís?

–En los 90 uno pensaba el futuro con autos voladores, lo tecnológico, había algo. Antes de la pandemia no había imágenes de futuro. Quienes trabajan en filosofía de la historia dicen, “Bueno, es verdad que hay un régimen de historicidad que cambia.” En la modernidad se llamó futurismo, y fue algo que no salió muy bien. Luego, el régimen de historiografía contemporáneo le llama presentismo y el futuro es eso que echamos de menos y se echa la culpa a quienes nos quitaron el futuro. El futuro no siempre existió de esa manera, antes se lo veía como que era pasado mañana. Desde el punto de vista psicológico, el futuro es el mañana. Yo no sé si va a haber futuro, no tengo cómo saberlo pero sí creo que hay un tipo de fe y de gesto que es fabricar tiempo. Y en eso sí que estoy:fabricar tiempo es una metáfora, es decir quizás no es tan así. Son todos esos gestos que rompen el lenguaje maldito que es el del destino, eso va a ser así, no hay otra interpretación posible. Y ese gesto de fabricar tiempo es lo que psicológicamente me parece que es un tipo de salvación sin esperar que venga ningún Dios. Y salvar el tiempo, fabricarlo, todo eso habla de que todavía estás en el registro del tiempo. Caerse en el tiempo es una tragedia, una crisis de pánico. Donde tenés a la muerte como a medio centímetro, la caída del tiempo es la guerra, los estados de excepción. Y reincorporarse al tiempo, volver al tiempo del deseo de esto. Mañana será otro día. Quizás el futuro es un gesto ético, es decirle a alguien que está encerrado en sus demonios “Piénsalo, te acompaño”. Quizá el futuro requiere más una exigencia ética y no ideológica. Es una intuición.

Constanza Michelson en Buenos Aires, 2024. Foto: Ariel Grinberg

–Es una intuición con mucho deseo.

–Con mucho deseo también, sin duda. Yo quiero que haya mañana.