Es bastante posible que el lector de la colección de cuentos De los potrillos nacen ríos, de Sofía de la Vega, tenga que luchar contra el impulso constante de fijarse en el texto de contratapa, no sólo porque el libro es un logro impresionante para un debut narrativo, sino también, y en especial, porque si no fuera por algunos detalles contemporáneos, uno tiende a pensar que estos cuentos podrían haberse escrito en cualquiera década del último siglo.

Es fácil hacerse una idea de lo que uno quiere decir con eso al enumerar los protagonistas: un caballo, un perro, una maestra rural (joven y vieja), una monja, una veterinaria reticente, un curandero y un vagabundo. La elección de protagonistas animales es particularmente audaz, al igual que la decisión de colocar el relato narrado por un caballo (“Tincazo”) primero en el libro, corriendo así el riesgo de alienar el lector hambriento de existencialismo urbano o de, horror de horrores, literatura del yo.

A ese lector sólo se lo puede animar a seguir; si bien el cuento comienza con aires de fábula para niños (tampoco es que haya algo malo con las fábulas para niños: desde su publicación en 1877 Azabache, de Ana Sewell, por nombrar sólo uno, debe haber convertido a millones de jóvenes a la sana costumbre de la lectura) termina como algo bastante distinto que, además de asentar el tono de la colección, refleja bien la seguridad y talento de la autora.

Muchas reseñas harán foco en los escenarios del libro –casi exclusivamente en la provincia de Tucumán–, probablemente para reincidir en esa tendencia lamentable de fetichizar lugares, tan prevalente en esta sociedad, sea un barrio porteño o uno de esos pasajes lejanos y misteriosos del “interior” que tanto miedo parecen dar al ciudadano argentino medio.

Eso significaría evadir el punto; es un error muy común en la literatura argentina confundir un cierto sentido de lugar, una atmósfera, con la buena escritura. Si bien, como toda buena narradora, Sofía de la Vega sabe ambientar sus cuentos de manera convincente, haciendo buen uso –en una veta notablemente clásica– de su conocimiento de la cultura, la flora, la fauna y la gente de su tierra natal, su valor más auténtico reside en la universalidad.

Al lado de próceres argentinos como Quiroga, Di Benedetto y Sara Gallardo, cuentos como “Más fácil es creer en Díos” (el monólogo de una monja) o “Terapias alternativas” (una especie de cuento de amor entre una señora anciana y su fisioterapista gay) sugieren una lectura nutrida de las tradiciones irlandesas y norteamericanas, sobre todo con respecto a un sentido del humor franco (rara avis en la escritura contemporánea local), al ritmo y al oído para los patrones orales.

Otro tema recurrente de esta colección es un feminismo sutil pero no por eso menos poderoso. Una y otra vez, en cuentos como “Animalitos en gravidez” (sobre una veterinaria con sueños truncados que se encuentra trabajando en el extraño mundo de la inseminación artificial canina) o “Fósil de sirena” (quizás el mejor del libro, narrado por una maestra rural atrapada en los escombros de su colegio derrumbado, extrañando una pierna errante), personajes femeninos se chocan contra las barreras y las restricciones impuestas por el patriarcado, un sistema opresivo expuesto con ironía fina como cruel y estúpido, cuando no ridículo.

Las distintas formas de resistencia, gráciles y graciosas, nos hacen acordar de que a veces una queja honesta y tranquila puede ser tan potente como un grito al cielo. De manera similar, Sofía de la Vega se interroga prejuicios racistas y clasistas, contemporáneos e históricos, demostrando cómo un cuento bien concebido y construido puede abarcar múltiples sentidos sin perder su propósito primordial: hacer de meras palabras un arte resonante y atemporal.

De los potrillos nacen ríos, Sofía de la Vega. Alfaguara, 224 págs.