Hay sonidos que se olvidan apenas los terminamos de escuchar. Otros, en cambio, se quedan para siempre. Diego Frías tenía 12 años cuando escuchó por primera vez un siku. Hasta ese momento su mundo musical estaba lleno de guitarras eléctricas, teclados y bandas de rock que compartía con sus amigos de Ingeniero Maschwitz. Pero aquella tarde, cuando su hermano llegó a su casa con un instrumento de cañas después de un taller, sintió que había encontrado algo que todavía no sabía explicar.

"Fue como un enamoramiento. El sonido me pareció divino, tenía una vibración que no era la de cualquier flauta. No había una razón para que me gustara tanto, pero sentí que me identificaba con ese sonido", recuerda Diego.

A partir de ese momento comenzó una búsqueda que marcaría el resto de su vida. Como en aquellos años era casi imposible conseguir música andina en la zona, viajaba solo hasta la Ciudad de Buenos Aires para comprar cassettes o asistir a peñas donde pudiera escuchar a músicos que tocaran siku y quena. Grababa discos prestados, copiaba melodías de oído y aprendía de manera completamente autodidacta.

Además del siku y la quena, también grabó como músico invitado para bandas de rock, interpretando tangos, milongas y hasta piezas de música clásica con instrumentos andinos.

Con apenas 13 años ya se animaba a acercarse a los escenarios para preguntar si podía sumarse a tocar una canción. También empezó a participar de peñas y a compartir escenario con músicos mucho mayores que él. "Siempre fui el más chico de los grupos donde estaba. Miraba cómo tocaban, aprendía y me iba formando casi sin darme cuenta", cuenta.

Su acercamiento al folclore andino fue casi una casualidad. Con el tiempo entendió que no solo lo había atrapado el sonido del instrumento. También encontró en el siku una forma de ver el mundo: "Representa una resistencia cultural. Propone tocar con otro, dialogar, es una filosofía de comunidad", explica. Para Frías, la esencia del siku no está solamente en la música, sino en la idea de construir algo entre varias personas.

Mientras muchos adolescentes de su generación escuchaban rock nacional o heavy metal, él recorría peñas buscando músicos que interpretaran ritmos andinos. Incluso armó sus primeras bandas alrededor de ese repertorio, cuando todavía era extraño ver a un joven con una quena o un siku bajo el brazo. "Era raro encontrar un pibe de mi edad haciendo esa música. En esa época el folclore andino no estaba tan difundido y el siku llamaba mucho la atención", recuerda.

Con los años llegaron los escenarios, las grabaciones y su primer disco solista, Uno, presentado en el Teatro Seminari. Sin embargo, la música nunca alcanzó para convertirse en su único sustento.

Desde hace años trabaja como herrero, un oficio que combina con su carrera artística. Lejos de verlo como dos mundos separados, encuentra puntos en común entre ambos. "Me gusta construir. En la herrería también hay una parte creativa. Juego con las formas, los materiales y la estética. Cuando termino un trabajo siento algo parecido a cuando termino una canción", explica.

Diego construyó su propia casa, armó una sala de ensayo en el fondo y suele incorporar detalles artísticos a las piezas que fabrica.

Frías reconoce que sostener un proyecto musical independiente se volvió cada vez más difícil. Organizar un recital implica pensar durante meses la producción, vender entradas y asumir costos que muchas veces no se recuperan. Por eso, como tantos otros artistas, necesita combinar su pasión con otro trabajo para mantener cierta estabilidad económica.

Aun así, nunca pensó en abandonar la música. Mucho menos en irse de Ingeniero Maschwitz. Para él, el lugar donde nació también forma parte de su identidad artística. "Antes que nada soy maschwitzense. Estoy seguro de que no podría escribir la misma música viviendo en otro lugar. El contexto, el paisaje y la forma de vivir terminan influyendo en cómo uno crea", asegura.

Más de treinta años después de aquella primera vez que escuchó un siku, Diego Frías continúa subiéndose a los escenarios con el mismo instrumento que lo enamoró cuando era un chico.