Una mañana de verano, el cuerpo de una adolescente aparece afuera de un boliche en el barrio porteño de Palermo. Enseguida corren las noticias: “Productora de contenido para OnlyFans. La última vez se la vio salir del lugar junto a un actor famoso de la tele”. Violeta estaba en la escuela secundaria y su sueño era “ser famosa”. Aunque su madre es reconocida por sus trabajos de adivinación, no puede usar sus poderes para saber qué pasó con su hija. Pero sí los de sus tías y la duda de su hermana Camila, quien busca ayuda en Amanda, una joven abogada recién recibida. En Cuna de brujas (Planeta), la segunda novela de Lala Sosa, se cruzan los hilos de la justicia, el poder de los medios y la solidaridad entre mujeres.
La escritora Lala Sosa. Foto: Maxi Failla.
Es un policial con todas las letras, en donde la duda atraviesa toda la novela hasta el final. El condimento novedoso es que el crimen se resuelve no solo gracias a Amanda, sino también, y sobre todo, al poder adivinatorio de la brujería.
“La lucha de las brujas contra el sistema es histórica, desde la Edad Media hasta la actualidad”, dice en entrevista con Clarín la escritora Lala Sosa, directora de Agenda Feminista, un registro cultural del pensamiento feminista latinoamericano.
“La idea de escribir la novela partió de un taller de escritura policial que estaba haciendo en la Licenciatura en Artes de la Escritura, que es donde me formé, y tenía que escribir un policial para aprobar la materia. Fue entonces cuando se me ocurrió el personaje de la bruja, de una bruja que no podía utilizar su poder para sí misma o para su hija. Y ahí empecé a construir el libro. Me inspiré en una bruja que yo conocí en ese momento, con la que me tiraba las cartas. Y luego, cuando tuve que meterme en los caminos judiciales, recordé el caso de Aldana Salama, que fue mi compañera de trabajo”, avanzó.
La autora trabajó con ella en un call center. “A las dos nos gustaba el mundo de las brujas, cuando no era tan común como ahora. Luego dejamos de vernos y, cuando me enteré de lo que le había sucedido (la drogaron hasta producirle una sobredosis), lo primero que me entró fue la duda, porque yo compartí tiempo con ella, éramos jóvenes las dos y las dos probábamos la vida y sus riesgos, pero siempre tuve la duda de lo que había pasado”, dice sobre los orígenes de su último libro.
–La duda está presente en toda la novela, es su columna vertebral.
–Sí, me interesaba trabajar la duda porque la de los medios es algo que vemos en todas partes (yo trabajé en medios como productora periodística y como guionista durante casi 10 años y veía cómo se armaba ese discurso), pero a mí lo que me interesaba era trabajar cómo eso repercutía en una casa, porque creo que las dudas puertas adentro hacen que esos medios puedan seguir alimentándose.
–¿Te basaste en material teórico para poder armarla?
–Sí, trabajé mucho leyendo en paralelo a mi escritura a una autora que se llama Franca Basaglia. Su texto Mujer, locura y sociedad me sirvió muchísimo para problematizar la novela. Ella plantea que las mujeres somos niñas sin madre, porque nuestras madres no nos educan igual que a los varones (eso está clarísimo), sino que en realidad lo que nos dan es un mapa de supervivencia. Es decir, nos enseñan a ser mujeres y nos enseñan a ver de qué manera podemos sobrevivir en este mundo. Y nos trazan una línea. E incluso, dice Franca, las madres que nos enseñan a ser rebeldes, a cruzar esos límites, lo hacen dentro de su propia limitación. Y las que nos cercan por temor, sufren un montón cuando los cruzamos porque les mostramos, como en un espejo, el fracaso de su propio riesgo. Para mí era importantísimo cómo se trabajaba el vínculo entre mujeres.
–Ese vínculo está presente también entre Amanda, la joven abogada que es crucial para resolver el caso, su mamá y la amiga periodista de su mamá, Raquel.
–Raquel fue un personaje que apareció en la última edición porque esta novela tiene muchas ediciones y es una figura contra la que Amanda se quiere revelar porque quiere forjar su propio camino y quiere hacerlo sola. Es una novela en la que los personajes femeninos, que son como 15, son centrales.
–El poder contrahegemónico de las brujas también atraviesa toda la novela.
–Sí, apenas arranca, las brujas dicen: "No va a haber justicia, la justicia del hombre no existe”, refiriéndose a la justicia humana. Me interesa recalcarlo porque no hablo solo de la justicia patriarcal; ya sabemos que hay muchas mujeres trabajando en la justicia que son absolutamente patriarcales, y quería ver cómo se trabajaba eso dentro de una familia, y lo hice con la familia de la víctima y con las brujas (la mamá de Violeta es bruja, pero también todas sus tías). Las brujas siempre lucharon contra el poder, la bruja medieval luchaba contra el sistema. Me parece que no es un tema para tratar a la ligera. Hoy se habla mucho de la bruja y todas tenemos un tarot en casa y manejamos ese código y esa información. Por un lado, me parece buenísimo porque se democratizó ese conocimiento, y, por otro lado, me parece terrible porque hay mucha gente haciendo un montón de cosas sin saberlo. Yo investigué mucho sobre este tema. Viajé a Italia, donde me interesó mucho la figura de la atarantata. Estuve viviendo casi dos meses en el medio del campo con una pareja que tenía una huerta y me contaron sobre ella, que era una mujer a la que supuestamente la picaba una araña y resultaba poseída. Estudiando un poco descubrí que tal vez no era tan así: a lo mejor eran mujeres rurales que estaban hartas de la vida en el campo y se enloquecían para salir de ese lugar en el que vivían. Me interesaba trabajar esa figura con muchísimo respeto y cuidado: el vínculo de las brujas con el poder estuvo siempre y está a la vista de todo el mundo. Hoy a la hermana del presidente le dicen "La Tarotista".
–¿Podemos leerla como una radiografía de la sociedad actual?
–Me parece que de a poco se va corriendo el velo de que el pacto de silencio les hace tanto daño a los hombres como a las mujeres. Gracias a Agenda Feminista entrevisté a muchas madres que vivieron tragedias, como las Madres de Plaza de Mayo, Susana Trimarco y las Madres del Dolor, y todas me decían lo mismo: que los hombres terminaron muy mal, muchos se enfermaron porque había algo de ese dolor y de no poder comunicarlo, de no poder tramitarlo, que los destruía. Creo que hay algo de la impotencia masculina que está muy marcado hoy en día porque nadie tiene posibilidad de tener potencia en un mundo que tiene más de 50 conflictos bélicos en este preciso momento, mientras hablamos. Entonces la potencia se convierte en ira, en violencia, y no tenés media hora de tu día para sentarte a pensarte a vos mismo y descubrir qué hay más allá de cómo llego a fin de mes.
La escritora Lala Sosa. Foto: Maxi Failla.
–Se nota un gran trabajo en la escritura por lograr que las voces de los personajes, sobre todo las de Amanda y Camila (la hermana de la víctima), sean bien diferentes.
–Fue un trabajo de muchos años para poder diferenciar las voces y que cada una viviera dentro de su universo. Creo que eso lo traigo de haber estudiado guion y de trabajar mucho la forma propia de hablar de cada universo: las brujas tienen una particularidad muy precisa y la justicia también. Amanda es la hija de una madre que vivió de lo que quería, que hizo historia por hacer rock, por jugársela por su pasión y por hacer lo que deseaba, pero, bueno, fue medio desprolija financieramente. Y Camila quiere hacer las cosas a su manera, no quiere seguir el camino de su mamá ni de su hermana. Todas tienen esa tendencia a querer ser distintas a sus madres. Comparten esa condición que compartimos todas, en definitiva, que es superar a nuestras madres, ir un poco más adelante, y lo que me interesaba era ver qué sucedía con ese desafío puertas adentro.
“Este libro nació al calor de dos casos reales. Uno de ellos es el de Rocío Ayelén Artiga, una adolescente que “apareció” muerta a la salida de un boliche. Su historia fue una de las injusticias que encendió mi deseo de escribir este relato. El otro es el de Aldana Salama, a quien drogaron hasta producirle una sobredosis. Mezclar detalles de ambos casos en la trama de este texto fue una decisión consciente para nombrarlas y evitar que queden reducidas a un expediente o a un titular periodístico. Escribir Cuna de brujas es, para mí, una manera de rendirles homenaje, hacer honor a sus breves vidas y sostener viva su memoria”, se lee al final de la novela.
En cuna de brujas, de Lala Sosa (Planeta).
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