Existe algo así como un deporte nacional solapado, y que podría describirse como “Cascotear al que asoma la cabeza”. Por mérito propio, se entiende. Y el truco consiste en desconocer ese mérito o contraponerle un defecto.

Digo cascotear porque de eso se trata. No se arrojan piedras, no se pretende asumir que alguien lapida al otro, nadie acepta que busca el mal del cascoteado. Se trata de arrojar barro seco, por no ser más escatológico, y que eso cause dolor y manche. Y poner cara de yo no fui o justiciero, según.

No importa en qué disciplina el agredido sobresalga. Cascoteados son todos en todas partes, aunque son más notorias en algunas, por trascendencia pública. Por ejemplo, deportistas, futbolistas en particular, claro. Y políticos, de toda laya y pelaje. Periodistas, músicos, escritores, actores, y hasta esa insufrible nebulosa llamada celebrities. Pero hay también para científicos, médicos, cualquiera que por cualquier razón atendible tome más estado público y aprecio del que atesora los cascotes en sus bolsillos.

El cascote propinado toma aspecto de primicia, de verdad revelada, de bajar el precio de cualquier logro. Se enarbola con júbilo secreto, siempre mal disimulado, pero asume el aspecto de cruzada moral. Los hay de muchas clases, pero proliferan dos: el logro es falso, o es bueno pero lo otro que yo sé lo opaca o emporca.

Y si no se puede negar, se inventa un espejo mejor. “A es bueno, sí, pero B era mejor, no me vas a comparar”. O “A es bueno en lo suyo, pero B era tanto como él y además mejor como dechado de virtudes hogareñas”. Y así.

Y en eso de los espejos hay un recurso que sonaría ridículo si no fuera abundante: El reconocido secreto. Roberto Fontanarrosa fue un maestro en desnudar esta manía en el fútbol. Se comienza por reconocer las virtudes de alguien apreciado, celebrar sus logros, y luego contraponerle un desconocido. Que solo ellos, los conjurados, recuerdan y aprecian. Ese gol logrado en un Mundial, por el mejor jugador en generaciones, es comparado, opacado y luego ninguneado por el que logró un oscuro y olvidado jugador amateur en un partido de hace cuarenta años en una polvorienta cancha de provincia contra un equipo de veteranos. En Fontanarrosa causa gracia. Cuando se usa para denigrar logros valiosos es una canallada.

En política es habitual contraponer los supuestos defectos de líderes con las virtudes (opacas) de quienes o se han muerto o jamás concitaron interés por algo que no fuera más que una declaración de principios. La idea del espejo es clave. Porque los cascoteadores sienten que en ese acto logran no solo emporcar al otro, sino enaltecerse ellos, aunque sea por ausencia de dones que hacen conocido al difamado. Son los puros, aunque sean los que enmierdan.

Y el otro efecto espejo es más vil, pero muy efectivo. Reducen toda discusión a una batalla binaria de exterminio. Sin cuartel, sin descanso, sin justicia.