Crió a sus hijos hace varias décadas y, con el paso del tiempo, también vio crecer a sobrinos, nietos y a los hijos de amigos. Esa experiencia le permitió observar cómo cambió la forma de criar a los niños y qué preocupaciones se fueron instalando en cada generación.
Lejos de cuestionar los nuevos modelos de crianza, sostiene que muchos padres actuales hacen un enorme esfuerzo por educar mejor que las generaciones anteriores. Sin embargo, cree que el problema más frecuente no tiene que ver con la disciplina, los límites o los castigos.
"Tengo sesenta y tantos años y he visto crecer a tres generaciones, y los mayores errores que veo cometer a los padres jóvenes no tienen nada que ver con la disciplina", afirma.
Cree que el problema más frecuente no tiene que ver con la disciplina, los límites o los castigos. Foto ilustrativa: Pexels
Para ella, el verdadero desafío está en otro lugar: la dificultad para tolerar que los hijos experimenten frustraciones, aburrimiento o pequeños fracasos.
La necesidad constante de intervenir
Según explica, observa que muchos adultos sienten la obligación de resolver cualquier inconveniente antes de que el niño tenga la oportunidad de enfrentarlo por sí mismo.
Cuando aparece un conflicto con un compañero, una tarea difícil o un momento de aburrimiento, la reacción suele ser inmediata. El objetivo es evitar el malestar, aunque eso, en ocasiones, impide que los chicos desarrollen herramientas para resolver situaciones por cuenta propia.
"No creo que los padres lo hagan por falta de amor", señala la mujer, quien al mismo tiempo asegura: "Al contrario: muchas veces intervienen porque quieren protegerlos."
Los comportamientos que más le llaman la atención
A partir de lo que observa en familias de distintas edades, identifica algunas conductas que considera cada vez más habituales. Entre ellas menciona:
- Resolver todos los problemas de los hijos antes de que intenten hacerlo solos.
- Evitar cualquier frustración, incluso cuando forma parte natural del aprendizaje.
- Llenar cada momento libre con actividades, dejando poco espacio para el aburrimiento.
- Sentir culpa cuando los chicos atraviesan momentos difíciles, como si todo malestar fuera un fracaso de los padres.
A su entender, ninguna de estas actitudes nace de la indiferencia, sino del deseo de hacer las cosas bien.
"Los chicos también necesitan equivocarse"
Una de las ideas que más repite es que el crecimiento no ocurre únicamente cuando todo sale bien. "Los chicos también necesitan equivocarse", sostiene.
Explica que muchas de las habilidades que desarrollan durante la infancia aparecen justamente cuando deben enfrentar pequeñas dificultades sin que un adulto intervenga de inmediato.
A su entender, ninguna de estas actitudes nace de la indiferencia, sino del deseo de hacer las cosas bien. Foto: Pexels
Recuerda que, en generaciones anteriores, era más habitual que los niños resolvieran desacuerdos, organizaran sus juegos o encontraran maneras de entretenerse sin supervisión constante.
Eso no significa, aclara, que todo tiempo pasado haya sido mejor, sino que algunas experiencias cotidianas favorecían la autonomía de forma natural.
Una crianza con más confianza y menos miedo
Después de observar tres generaciones, cree que muchos padres actuales viven bajo una enorme presión por no cometer errores. Las redes sociales, los consejos permanentes y la cantidad de información disponible hacen que cada decisión parezca trascendental, cuando en realidad la crianza también implica aceptar que no existe un modelo perfecto.
"No necesitan ser padres perfectos", reflexiona. "Los hijos no buscan perfección; necesitan adultos presentes, que los acompañen, pero que también confíen en que serán capaces de aprender por sí mismos."
Para ella, esa confianza puede convertirse en una de las herramientas más valiosas de la crianza. Porque educar no consiste únicamente en proteger, sino también en permitir que los hijos descubran, poco a poco, que pueden enfrentarse al mundo con sus propios recursos.
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