Durante mucho tiempo, hablar con nostalgia sobre el pasado pareció implicar que todo tiempo anterior había sido mejor. Sin embargo, para un hombre que creció en los años 60, reconocer lo que se perdió no significa negar los avances sociales, médicos y culturales que mejoraron la vida de millones de personas.

El protagonista deja en claro que no desea regresar a una época marcada por desigualdades y menores oportunidades. Reconoce especialmente los progresos en materia de derechos civiles, medicina y libertad individual, pero considera que eso no impide observar con honestidad aquello que desapareció en el camino.

En una reflexión publicada por Bolde, resume su postura con una frase contundente: "Crecí en los años 60 y ya no pretendo que todo sea mejor ahora; algunas cosas que perdimos realmente importaban". “No estoy defendiendo volver atrás. Estoy pidiendo que seamos sinceros sobre lo que intercambiamos y que nos preguntemos si todos esos cambios valieron completamente la pena”, explica.

"Extraño cuando los vecinos eran parte de la vida cotidiana"

Uno de los principales cambios que observa está relacionado con los vínculos entre vecinos. Durante su infancia, asegura, las relaciones se construían de manera espontánea: en la vereda, apoyados sobre un alambrado o conversando entre las casas del barrio.

La comunidad no era algo que hubiera que organizar. Era una consecuencia natural de vivir cerca de personas a las que realmente veías todos los días”, recuerda. Ahora observa que sus hijos y nietos conocen a muy pocos habitantes de su propia cuadra.

Según su mirada, la estructura cotidiana que producía esos encuentros desapareció. Las personas llegan en auto, entran al garaje y cierran la puerta. Construir comunidad exige un esfuerzo deliberado que antes no era necesario.

Durante su infancia, asegura, las relaciones se construían de manera espontánea.

También extraña el aburrimiento de su infancia. “Pasé incontables horas sin nada programado y fue una de las mejores cosas que me ocurrieron”, afirma.

Ese tiempo vacío obligaba a los chicos a inventar juegos, tolerar la incomodidad y encontrar maneras de entretenerse. Hoy, en cambio, cualquier instante libre puede llenarse de inmediato con una pantalla, una plataforma de contenidos o una actividad organizada.

El aburrimiento estaba haciendo algo. Desarrollaba tolerancia, creatividad y enseñaba que no todos los momentos tenían que estar ocupados”, sostiene.

El tiempo, el descanso y la presencia cambiaron

El protagonista también recuerda una relación distinta con el paso del tiempo. “Un domingo por la tarde era solamente un domingo por la tarde. Estabas ahí. No llevabas algo en el bolsillo capaz de arrastrar tu atención en diez direcciones diferentes”.

Aquella presencia no era una técnica de meditación ni un ejercicio consciente. Era, simplemente, la consecuencia de encontrarse en un único lugar, sin mensajes, notificaciones o conversaciones paralelas.

Los domingos, además, tenían un ritmo diferente. Muchos comercios permanecían cerrados y existía una especie de acuerdo colectivo para bajar el ritmo. “Había un permiso cultural para detenerse”, señala.

El protagonista también recuerda una relación distinta con el paso del tiempo. (Foto: Freepik).

Ese límite se debilitó con la disponibilidad permanente de servicios, información y trabajo. “Todo está abierto todo el tiempo, por lo que la decisión de descansar depende únicamente de cada persona. Y la mayoría no consigue sostenerla”, reflexiona.

También extraña los objetos fabricados para durar. Recuerda muebles, electrodomésticos y herramientas que permanecían durante décadas en una familia y que eran reparados cuando se rompían.

La economía de lo descartable volvió algunas cosas más accesibles, pero también hizo que todo pareciera reemplazable”, plantea. Para él, esa lógica terminó influyendo incluso en la manera en que las personas se relacionan con los objetos y con los demás.

Los domingos, además, tenían un ritmo diferente. Muchos comercios permanecían cerrados y existía una especie de acuerdo colectivo para bajar el ritmo. (Foto: Freepik).

Otro cambio profundo es la obligación de estar siempre disponible. “Cuando salía de mi casa, nadie podía encontrarme. Mi tiempo era mío”, recuerda. Ahora ve personas disculparse por no responder un mensaje durante una hora y duda de que esa disponibilidad constante represente una mejora.

La vida cotidiana, además, no necesitaba exhibirse. Las reuniones podían desarrollarse en casas desordenadas, las comidas no requerían una presentación perfecta y ningún momento debía convertirse en contenido para las redes sociales.

“Éramos personas compartiendo una mesa y eso alcanzaba”

Para el protagonista, todas esas pérdidas convergen en una misma transformación: antes era posible estar completamente en un solo lugar. “La conversación que tenías delante era la única conversación. Las personas presentes eran las únicas personas”.

Hoy, esa atención plena dejó de ser algo cotidiano y se convirtió en un esfuerzo. “Las conversaciones tranquilas, los silencios cómodos y los momentos que no necesitaban convertirse en nada son cada vez más difíciles de encontrar. Creo que todos somos un poco más pobres por su ausencia”, concluye.