Hace exactamente doscientos años, en 1826, la Argentina se encontraba en guerra contra Brasil, por la Banda Oriental. El conflicto se cerró con un acuerdo por el cual el territorio en disputa se transformó en una suerte de empate con la independencia del Uruguay.
Luego tuvo lugar la intervención de la guerra civil que culminó con la derrota de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros. Pocos años después los dos países fueron aliados en la guerra de la Triple Alianza.
Desde entonces la relación se mantuvo por los acuerdos, con algunos momentos de tensión. Pero siempre fue controlada, aún en circunstancias de divergencia estratégica como lo que ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Brasil entró en el conflicto apoyando a los aliados mientras que la Argentina se mantuvo neutral.
Presidentes constitucionales de origen militar como Julio Roca, Agustín P. Justo y Juan Domingo Perón impulsaron la convergencia con Brasil al igual que otros mandatarios de facto, como Alejandro Lanusse y Jorge Videla, Entre los presidentes civiles asumieron la significación de esta relación Roque Sáenz Peña, Marcelo T. de Alvear, Arturo Frondizi y Arturo Illia. En las últimas décadas Raúl Alfonsín con el acuerdo nuclear y, años después, Carlos Menem, ratificaron esta política. Durante la guerra de Malvinas, Brasil defendió los intereses argentinos y más recientemente en el conflicto entre la administración libertaria con Nicolás Maduro en Venezuela sucedió lo mismo.
La actitud asumida este fin de semana por el presidente Javier Milei, con sus críticas al mandatario brasileño Luiz Inacio Lula da Silva rompe una histórica tradición en las relaciones internacionales de dar prioridad al buen vínculo con Brasil. Se asemeja a la postura del presidente Donald Trump que comenzó la cumbre de jefes de Estado de la OTAN diciendo a sus 28 aliados militares que eran un “tigre de papel” y que participaba de la reunión porque era en Turquía y que no lo habría hecho si hubiera sido en alguno de los demás países miembros.
Además el problema también es el lenguaje. Es que en diplomacia se trata más de señalar y observar matices que en profundizar divergencias.
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