La luz es tenue, casi incómoda. No ilumina: revela. Fuera, detrás de un alambrado y bajo torres de vigilancia, los monumentos colosales caídos de la era soviética están apilados sin orden ni pedestal. Los gestos heroicos quedaron congelados en posturas extrañas, en medio de una escena abruptamente interrumpida. Boca arriba yace Yuri Gagarin. Ya no es símbolo de una conquista espacial, es una figura fuera de lugar, un héroe sin relato.
Territory of Terror Memorial Museum Lviv, Oblast, Ucrania.
Nada está completamente destruido, pero nada permanece en su sitio. Ahí, entre gigantes caídos al oeste de Ucrania (en Lviv Oblast), funciona el Territory of Terror Memorial Museum, con una pregunta incómoda del presente: qué hacer con la memoria cuando todavía está en disputa.
“La invasión que atravesamos en 2022 intensificó y redefinió nuestras prioridades”, explica la doctora Olha Mukha, responsable del área de Información y Educación del museo y curadora del proyecto Unseen Force en Ucrania. “Hubo una transición de una narrativa retrospectiva a otra que también registra experiencias actuales de guerra, desplazamiento y resistencia”.
Ese desplazamiento se volvió visible en muestras recientes como esta, una exposición dedicada a las formas de resistencia civil en territorios ocupados, que reunió testimonios de desplazados internos, objetos recuperados de zonas bombardeadas y registros audiovisuales de la vida cotidiana bajo amenaza. No se trató de una exposición fija: como muchas de las iniciativas del museo en tiempos de guerra, circuló, se adaptó y se fue actualizando con nuevas historias. En paralelo, la muestra permanente sobre los sistemas represivos soviéticos y nazis –instalada en antiguos barracones– traza continuidades entre los mecanismos históricos de terror y las formas contemporáneas de violencia. El visitante recorre el pasado y se enfrenta a su persistencia.
“Estos cambios no reemplazaron nuestra misión histórica; la profundizaron. El trabajo que ya nos precedía sobre los mecanismos de terror y represión hoy nos permite interpretar lo que está ocurriendo”.
Territory of Terror Memorial Museum Lviv, Oblast, Ucrania.
“Hay una elección consciente de alejarnos del material sensacionalista. Priorizamos aquello que nos permita conectar el presente con procesos históricos más amplios e incluya voces que suelen quedar por fuera”, sostiene Mukha y sobre la forma de trabajo, aclara: “Nos rigen criterios éticos: la seguridad, la dignidad y el consentimiento de quienes participan. Cada testimonio es una relación, un vínculo y no una fuente. El museo ya no se limita al pasado: es archivo, espacio de memoria y testigo activo. Y, en muchos casos, también un lugar de contención”.
“Equilibrar pasado y presente comienza con la ética, no con la rapidez. Cada testimonio tiene nuestro cuidado y protección”, explica Mukha. “Ahí es donde vemos cómo cambia el rol del museo, sin dejar de narrar el pasado, vuelve más legible el presente”.
Museos en la era de la memoria viva
En Noruega, el 22 July Centre y las iniciativas en el islote de Utøya (a 40 kilómetros de Oslo) muestran hasta qué punto ese corrimiento redefine la función de estos espacios. Allí, también, la memoria se construye en acto.
Memorial "22 July Centre", Noruega.
En Oslo, la exposición central reconstruye los hechos del atentado de 2011 a partir de cronologías, objetos personales y testimonios audiovisuales de sobrevivientes. Una instalación reúne fragmentos de mensajes enviados durante el ataque. No busca impacto inmediato, desplaza al visitante hacia la experiencia.
En Utøya, en cambio, no hay una muestra en sentido tradicional. El edificio Hegnhuset preserva restos del lugar original e integra relatos de sobrevivientes. A su alrededor, programas educativos convierten la isla en un espacio donde la memoria se trabaja colectivamente, en relación con debates actuales sobre democracia, extremismo y participación. “Los testimonios de sobrevivientes y familiares son centrales para nuestro trabajo”, explica Christel Møvik-Olsen. “Pero siempre dentro de un marco ético estricto, para que esas voces se compartan de forma segura y respetuosa”.
Memorial "22 July Centre", Noruega.
En la práctica, eso implica integrarlos en discusiones más amplias y trabajar con docentes desde enfoques sensibles al trauma. El desplazamiento implica una toma de posición. “Trabajar con el presente implica tomar decisiones todo el tiempo: qué mostrar, qué dejar afuera y qué voces incluir”, señalan desde el 22 July Centre. “Y en ese proceso, el museo también se involucra en las discusiones actuales”. El gesto los convierte en actores que intervienen en el campo público.
De relato nacional a memoria plural
En Noruega, el museo Eidsvoll 1814, ubicado en la antigua mansión donde se firmó la Constitución, entre jardines abiertos que evocan el siglo XIX, conserva la memoria fundacional del país. Pero hoy esa escena histórica convive con una pregunta más urgente: cómo narrar la idea de nación en una sociedad cada vez más diversa, donde nuevas voces tensionan y amplían ese relato.
Ese cruce se vuelve visible en la propia propuesta expositiva del museo. La muestra permanente sobre 1814 –centrada en la firma de la Constitución y sus protagonistas– se complementa con dispositivos interactivos que invitan a los visitantes a posicionarse frente a debates actuales sobre ciudadanía, inclusión y representación. El recorrido ya no es lineal: abre preguntas.
“Los viejos relatos no desaparecen, pero comparten espacio, matizando nuestra comprensión del pasado”, explica Torleif R. Hamre, historiador y excurador del museo. Este proceso no es nuevo: “Hace décadas que los museos incorporan más perspectivas y revisan relatos tradicionales. Es parte de un movimiento más amplio, impulsado también por demandas sociales y académicas”, sostiene Hamre.
El desafío es mayor en los museos de historia nacional. “Son instituciones que nacieron para construir identidad, con mitos de origen, héroes y relatos unificados”, señala. “Revisar eso implica tensiones, dentro y fuera del museo”.
Aun así, los cambios avanzan. “En general, los relatos tradicionales no desaparecen, pero conviven con otros que los complejizan”, explica. “Eso renovó la relevancia de muchos museos, aunque también generó resistencias”. El proceso está lejos de cerrarse. “Hoy, en muchos países, más que avanzar, se trata de defender lo logrado”. Hamre señala presiones políticas crecientes sobre las instituciones culturales.
En Eidsvoll, ese proceso de revisión también transformó el trabajo interno. “La revisión crítica del pasado revitalizó la programación y la hizo relevante para nuevas audiencias”, señala André Larsen Avelin, actual director del museo. “Muchas veces los equipos educativos impulsan estas transformaciones, porque están más cerca del público y perciben la necesidad de incorporar nuevas voces”, agrega.
“Se trata de ampliar el campo de la memoria pública y dialogar con una sociedad más compleja. No es algo resuelto, el proceso sigue abierto. Es una negociación permanente donde aparecen tensiones cada vez que se cuestiona un relato establecido. Los museos son lugares donde se discuten identidades, memorias y formas de entender el pasado en el presente”.
Museos y tentáculos
Ese desplazamiento también se observa en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, donde el llamado “museo tentacular” redefine los límites de la institución. Se traduce en una relectura de la colección: obras como Guernica de Pablo Picasso dejan de presentarse como piezas aisladas y pasan a dialogar con archivos, documentos y prácticas contemporáneas que abordan la violencia política.
Pero también implica salir del edificio. Proyectos colaborativos, redes con colectivos sociales y dispositivos de trabajo expanden el museo hacia otros territorios. El contenido ya no está dado: se construye en relación: “Ya no se trata de un museo cerrado, sino que esta dialoga con el entorno”, explica Sara Buraya Boned. “Contar el pasado implica intervenir en el presente”. “Eso implica trabajar con otros y aceptar que el museo no controla completamente el relato”, agrega.
El presidente de Ucrania, Volodymyr Zelenskiy, y el primer ministro español, Pedro Sánchez, junto al cuadro «Guernica» de Picasso en el Museo Reina Sofía, en Madrid, el 18 de noviembre de 2025. Palacio de Moncloa/Fernando Calvo/Imagen cedida por REUTERS.
En ese escenario, la memoria se vuelve un espacio de tensión y debate: los relatos se revisan, se disputan y se reconfiguran. El pasado no se clausura; vuelve, persiste, se rehace en el presente bajo formas cambiantes. Los museos se vuelven lugares donde la sociedad discute los sentidos de su historia y, al hacerlo, imagina su porvenir. Y ahí, en esa incomodidad, surge su potencia.
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