En los últimos días se ha hablado mucho sobre una supuesta “campaña anti-Argentina”, a partir de declaraciones polémicas de algunas figuras públicas y de la viralización en redes sociales de informaciones falsas y teorías conspirativas. Considero que es un fenómeno sobredimensionado, más allá de la clara intencionalidad que pueda haber desde algunos sectores para impulsarla.
Hay tres vertientes claras que han alimentado esta “campaña”, excluyendo de plano las acusaciones infundadas de que Argentina habría sido beneficiada por fallos arbitrales para poder llegar a la final. Por un lado, emergieron desde EEUU las insólitas acusaciones del actor Samuel Jackson y de la congresista demócrata de Texas, Jasmine Crockett. Con mucha ignorancia e hipocresía, ambos apuntaron a la Argentina como el país más racista del mundo. Ambos parten, ante todo, del desconocimiento de la historia y la realidad actual del propio país al que pertenecen. Mucho menos pueden conocer estos personajes la realidad de un lugar tan distante e ignoto para ellos como la Argentina. No debieran importarnos.
Por otra parte, hay una vertiente anti-Argentina que también se ha nutrido de políticos y personajes del espectáculo del extranjero, alimentados por el particular alineamiento del presidente Javier Milei con el líder israelí Benjamín Netanhayu. En esa línea se inscribió la controversia en torno a los posteos en redes de la modelo libanesa Mia Khalifa (reproducida por la cantante Rosalía) y del actor español Javier Bardem. La de Milei es, sin dudas, una postura de política exterior muy singular y controversial, siendo efectivamente Netanyahu un criminal con orden de captura internacional. Pero como el propio Bardem luego aclaró, dicha posición no es representativa de la sociedad argentina. Y mucho menos debiera mezclarse con el fútbol. Como sea, un sinsentido al que también se le dio demasiada importancia.
Finalmente, hay una tercera fuente que explicaría el sentimiento anti-argentino. Es lo que el escritor Arturo Pérez-Reverte (otro español, vaya casualidad) llamó en un reciente artículo “esa parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina”. Una actitud que se habría visto plasmada en la reprochable actitud que efectivamente tuvieron algunos jugadores de la selección y del cuerpo técnico argentino, como prepotentes “malos perdedores”, tras la final con España. De nuevo, el propio Pérez-Reverte aclaró que “la Argentina es mejor que eso”.
Mientras nos detenemos en este chiquitaje, nos olvidamos de que el 60% de la población mundial vive en Asia, donde nos aman. Ya es ampliamente conocida la locura que se desata en Bangladesh cada vez que juega la selección. En China, la segunda economía global, explotaron los restaurantes, los hoteles y los cines para ver los partidos de Argentina. Fue un negocio descomunal para quienes supieron capitalizarlo, pese a que China no clasificó al Mundial. Los chinos hincharon masivamente por la Argentina, provocando un boom de consumo a lo largo y ancho del país de 1.400 millones de habitantes (equivalente a 28 Españas).
La foto que acompaña esta columna es de un cine en la ciudad de Chengdu (22 millones de habitantes), durante la final del Mundial. Cabe destacar que el partido fue para ellos el lunes entre las 3 y las 6am hora de China. Pero el horario no importó, los chinos no durmieron para ver a la Argentina. Y acá seguimos preocupados por Samuel Jackson, Rosalía y quien sabe cuántos ignorantes y resentidos más, la mayoría de ellos escudados bajo el anonimato de las redes sociales.
Pensemos cuánto más interesante y productivo sería invertir nuestro tiempo en aprovechar el impresionante potencial que tenemos en Asia, con economías que además son totalmente complementarias con nuestro país. ¿Hasta cuándo nos seguirá frenando esa miopía que nos hace sobredimensionar lo que dicen ciertos personajes y que se difunde desde sectores que no dejan de ser marginales?
Patricio Giusto es Docente universitario y analista internacional. Director del Observatorio Sino-Argentino.
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