El que hablaba despacio (lento, bajo) porque buscaba ser preciso sin dejar de ser etéreo: Philippe Jaccottet. Cada anotación suya no pretende trascender un momento sino recortarlo en su singularidad, una luz entre árboles o un encuentro casual. Un punto de anclaje para hacer pasar y dejar entrever. Pequeñas fortalezas en la precariedad de los minutos. Lo pasajero como instancia de rara magia que se prolonga entre dos tiempos. Jaccottet (1925-2021) nunca quiso explicitar todo lo que creía en la práctica y la devoción de la literatura, para no colocarse fuera del alcance de otros y acaso de sí mismo: “A partir de nada. Ahí está mi ley. Todo el resto: humo lejano”.
El poeta suizo llamó a sus cuadernos La semaison (La siembra), donde recolectó fenómenos excepcionalmente comunes y consignó cosas palpables persiguiendo un reverso intangible. Casi asustadizo de tan atento, pastoril, poroso, entregado a la inocencia de la percepción (a la ingenuidad de lo real) y al ingenio de la traducción, glosa lo visible en una delicada relectura. Registra con vuelo una flor particular, una montaña concentrada. Un tira y afloje para fijar un color (cruza de tonalidades, nunca planos ni plenos) o troquelar una sombra. Episodios cromáticos y climáticos, virajes de luz. Disipaciones y presentimientos. Artesanía espartana para mantener a raya al espíritu: "Sentirse grano de una planta muy vieja de la que no se ve más la raíz". La ascesis es ascética, desprovista de oropeles, pero a veces, ineludiblemente, arrima una descripción como un cuenco de bruma.
Todo en Jaccottet es apunte, primera versión. La adicción y el deber de examinar “la ley secreta de la apariencia”, como dijo de Hopkins. La gracia gratuita –el valor supremo– de un pájaro que planea oblicuo, de un árbol nevado. Poeta al pasar, de allí quizá su sensación de que “corregir sería un poco artificial, por lo tanto casi deshonesto”, aunque lo juzgó “un escrúpulo auténticamente irracional”. Es extraño porque hay mucho que es concreto y sin embargo sus diarios y cuadernos son difíciles de asir (es un encomio). ¿Será por los saltos temporales? Como si todas sus páginas fueran una bitácora de sueños. Nunca dejó de preguntarse cómo entrarles a las cosas; como si eternizara la pregunta urgente acerca de en qué momento tirarse de un caballo que se ha desbocado y galopa a ciegas, desobedeciendo cualquier gesto del jinete.
Lo sostiene un tono creíble, virtud que señaló en más de una ocasión: “No se puede evitar la impresión de que Joubert ha sabido captar, en los mejores momentos, incluso la entonación por la cual una especie de verdad es vuelta inmediatamente palpable”. Su adverbio dilecto: inexplicablemente. La poesía permite escapar, y no sólo de lo unívoco o de las tentaciones de grandilocuencia.
En verso y en prosa, Jaccottet grafica lo que produce un poema en quien lo lee; análogo al efecto de la naturaleza desatada en quien la atraviesa. (Corteja tanto la naturaleza que entra a terciar cierto animismo). Los poemas de esos cuadernos –fuera de los volúmenes de poesía propiamente dichos– ¿son más borradores? ¿Ruegan lecturas menos exigentes? Se los oye desflecadamente ilesos. Jaccottet tantea, insinúa desde lo simple, como la plegaria laica del haiku. Es la disimulada cacería del momento de la incepción de un poema. Otro que ejemplifica las veces que un poeta (Wallace Stevens) trae una línea cursi para añadirle resonancia a un poema; se permite infiltrarla entre otras que están lejos de serlo no sólo para que sea tolerada sino para magnificar la impresión total.
Si cuesta que a un buen o excelente novelista lo vean como un gran crítico (y sobre todo al revés), peor le pasa a un poeta. A pesar de que hace dos siglos Baudelaire estrenó el don bifocal y lo siguieron unos cuantos, de Eliot y Pound a Brodsky y Bonnefoy. Como sucede con escritores que siguen cerca de los libros de otros, su modo de leer lo definía de cuerpo entero. El autor de La semaison era suave y cordial pero cortante en sus reseñas; sabía elogiar con generosidad y contagiar. La forma de su curiosidad es muy persuasiva. Se nota su voluntad de llevar un libro a otra parte y sus dudas son siempre significativas. Sobre su admirado André Dhôtel: “Nunca encontré a un escritor (aparte de Supervielle) que me haya parecido más naturalmente simple, modesto, menos ‘escritor’”.
Tocaba puntos centrales, dificilísimos, cuando elogiaba a John McGahern por "la fusión, lograda, de violencia y sobriedad, de realismo sin obviedad y de misterio sin palabrería; textos que no son ni 'literarios', ni 'anti-literarios', que se sirven de las palabras sin desvíos, sin hesitaciones, pero no sin arte, textos inteligentes sin ser intelectuales, dolorosos sin ser patéticos... una fuerza concreta y sobre todo esa apariencia de algo natural". En francés, decía, "cuando el mundo concreto ingresa en un libro, lo hace tumultuosamente, ostentosamente, como en Céline, más allá de cuándo digno de admiración sea".
Pero era justamente eso lo que en Jaccottet celebraba el excepcional crítico ginebrino Jean Starobinski: "Sin fingimientos, sin artificios, sin máscaras. Podemos acoger, sin astucia alguna, esta palabra que se nos ofrece sin rodeos". Jean-Pierre Richard, el ensayista francés cooptado por la escuela ginebrina de crítica, escribió de Jaccottet: "A esta vida seremos tentados de sorprenderla en lo más cerca de su enigma". Sabía con qué trasfondos operaba detrás de escena: "Cada obra se realiza en una incertidumbre más profunda que lo que la destreza de sus medios deja ver."
Siempre muy crítico de sí mismo en sus cuadernos y en sus cartas a sus reverenciados colegas Gustave Roud, André Dhôtel y Maurice Chappaz, Jaccottet se mortificaba de más pero no desconocía que es poco cortés (por inmodesto) e intrusivo (por disuadir al interlocutor de interpretar) que quien enuncia también venda la dimensión de lo que dice.
Nació a una hora de Ginebra y terminó a tres horas, del otro lado, en un pueblo francés. Ejemplo supremo de lo que se llama una mirada inteligente, solía entrecerrar sus ojos ultramarinos y leía sus poemas de un modo cadencioso. Siempre se mantuvo afuera, a precavida distancia. Uno se acerca indefinidamente, como cuando parece que la lluvia nunca va a cesar.
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