Borges, el gran erudito, escribe el poema “Calle desconocida” (en Fervor de Buenos Aires, 1923) con un error que él mismo reconoce y aclara: “Es inexacta la noticia de los primeros versos. De Quincey anota que, según la nomenclatura judía, la penumbra del alba tiene el nombre de penumbra de la paloma; la del atardecer, del cuervo”. No sabemos si el yerro es real o recurso poético, o incluso apócrifo, pero demuestra la potencia lírica de la penumbra: el amanecer y el crepúsculo asociados a dos aves, una trae la luz, la otra la oscuridad. La penumbra es “casi una sombra”, según enseña la etimología, y concentra los principios opuestos del universo, luz y oscuridad.

Más de cien años después de aquel poema, un curador mexicano, Humberto Moro, que trabaja para la Dia Art Foundation, lleva a la Fundación Proa una exposición titulada Penumbra y reúne obras de Agnes Martin, Andy Warhol, John Chamberlain, James Turrell, Richard Serra, y Félix González Torres, más una película de Walter de María y la filmación de una performance de Teching Hsieh. Dia Art Foundation fue creada en 1974 por Heiner Friedrich, marchand alemán, y Phillippa de Menil, heredera de una fortuna petrolera y –dato no menor– guía espiritual y jequesa de la Orden Sufí Nur Ashki Jerrahi de la ciudad de Nueva York.

Laboratorio de formas. Richard Serra, “45 maquettes for Torqued Ellipses”.

El recorrido comienza con la serie de pinturas de la canadiense Agnes Martin, nacida en 1912, año del naufragio del Titanic, como a ella le gustaba recordar. En sus escritos reconoce los tormentos que padeció a causa de alucinaciones auditivas y visuales que inspiraron sus pinturas, y durante 30 años pintó variaciones de cuadrículas. En 1931 se mudó a los Estados Unidos, pocos años después escuchó las conferencias del erudito budista zen D. T. Suzuki y se interesó por el pensamiento asiático como un código de ética que la guió en su vida. Las pinturas pertenecen a la serie Amor inocente, de 1999, exigen atención a los mínimos detalles y su apariencia de pentagrama evoca música envolvente y serena.

En la sala siguiente, el ruido es de chatarra, de metal estrujado por una máquina, pues así son las esculturas de John Chamberlein. Educado en el Black Mountain College, escuchaba cómo John Cage enseñaba los principios del budismo zen y del I-Ching para fomentar la experimentación y el azar, valorar lo efímero, y hacer foco en el proceso de creación y no en el producto artístico. También enseño el mushin, o “no mente”, liberarse de apegos, juicios, o interferencias del ego.

Fundante de la percepción. James Turrell, “Squat Blue”, 68.

Una extensa pared de la sala está cubierta con enormes abstracciones inspiradas en fotografías de sombra, una obra de Andy Warhol muy poco frecuente, y alejada de los códigos del pop art. Tan poco conocida como un aspecto fundamental de su personalidad, más allá del divo célebre, pues Warhol era hijo de inmigrantes eslovacos que practicaban la religión católica bizantina, iba a misa, rezaba con su madre, y fue voluntario en albergues de vagabundos.

En un rincón intimista y cerrado se esconde una obra temprana, inmaterial y lumínica, Catso Blue 1967/1987, de James Turrell. Una especie de caja azul flota en el espacio como una presencia sin existencia. Fue formado en el seno de una familia cuáquera, es decir pacifistas a ultranza, defensores de la vida sencilla, que practican un culto basado en el silencio y la aparición de la “luz interior” o presencia de Dios, concepto semejante al “satori” o iluminación al que aspiran los budistas. Tal como afirma Rudolf Otto, especialista en religiones comparadas, la experiencia de lo numinoso (de lo sagrado o santo) suele tener un carácter negativo, hecha de oscuridad y silencio, y Turrell es quien mejor entiende el poder simbólico y espiritual de estos principios.

Robert Irwin. “Untitled”, 1965/67. Referente del movimiento Light and Space.

De lo celestial, se pasa a la opacidad de Elipses torsionadas, las 45 maquetas metálicas de Richard Serra. Cuando en 1970 el escultor visitó varios jardines zen en Kioto descubrió que la visión es peripatética y que incluye la relación entre tiempo, espacio, caminar y mirar. Llevadas a escala monumental (como en el Museo Guggenheim, en Bilbao) esas “elipses” se pueden transitan con una fuerte sensación de inestabilidad y alteración del espacio.

En el primer piso de Proa, aquello que parece un altar ecuménico e inmaculado, es obra de un maestro de la luz y el espacio, Robert Irwin. Una vez más, mínimos recursos y efectos sublimes: solo un disco levemente convexo, rodeado de una sombra cuadrifoliada. El círculo es un arcaico símbolo de lo infinito, pues no tiene principio ni fin, mientras que la forma de cuatro lóbulos era muy frecuente en las vidrieras góticas. El cuatro se relaciona con lo terrenal (por los puntos cardinales y las estaciones del año), es decir que la obra se puede interpretar como un mandala de totalidad, como la unión de lo celestial y lo terrenal.

Félix González-Torres. “Untitled (Loverboy)”: transparencia y opacidad.

Las cortinas celestes que cubren los ventanales del primer piso del edificio son obra de Félix González-Torres. El cubano dejó instrucciones sencillas para esta obra conceptual: cubrir todas las ventanas existentes, que la tela roce el suelo, y disponer paños de a pares. El celeste es un color asociado a los niños varones, y F.G.T. era un varón enamorado de otro varón, con un amor suspendido, sutil, y cálido como el roce de sus cortinas. Se puede mirar el velo o traspasarlo y alcanzar el paisaje, es decir, una invitación a mirar lo inmediato o más allá. En su aparente simplicidad las cortinas hacen brotar el espíritu de un haiku, esos breves poemas japoneses compuestos de tres versos sin rima, enfocados en la naturaleza, que recuperan el asombro del instante presente, el aquí y ahora. Esa cortina azul es el filtro con el que un hombre apasionado y melancólico observa el mundo.

Las performances de Hsieh duran un año, y van de la libertad suprema (vivir como vagabundo en las calles de Nueva York) hasta el encierro literal en una jaula de madera, y parecen recordar, como quería Borges, que el confinamiento del laberinto puede angustiar tanto como la inmensidad del desierto. Desde la creación de la fundación Dia estaban soterrados los imperativos de lo numinoso, pero nada de esto es evidente y clamoroso en ninguna de las obras de Penumbra. Nada se grita, todo se susurra. Quien quiere oír, que oiga.

  • Penumbra - VVAA
  • Lugar: Fundación Proa, Pedro de Mendoza 1929
  • Horario: de mié. a dom. de 12 a 19.
  • Fecha: hasta el 2 de agosto
  • Entrada: general $6000.