Hay una frase familiar que se repite mucho cuando alguien envejece y se vuelve más áspero: “Antes no era así”. Suele decirse cuando una persona en sus 60 o 70 años está más irritable, más cínica, menos tolerante a pequeñas molestias o menos dispuesta a complacer.
La interpretación inmediata suele ser moral: se volvió más desagradable. Sin embargo, la investigación sobre personalidad y envejecimiento obliga a matizar esa lectura.
Los estudios poblacionales no muestran, en promedio, que las personas se vuelvan peores con la edad. De hecho, muchos trabajos encuentran aumentos en agradabilidad y responsabilidad, junto con descensos de ciertos rasgos ligados a inestabilidad emocional.
Ese dato es importante porque desplaza el problema. Si la personalidad promedio no se vuelve más hostil con la edad, entonces en muchos casos lo que el entorno percibe como “maldad nueva” puede ser otra cosa: menor energía para sostener máscaras sociales, menos interés en agradar a todo el mundo y menos disposición a actuar tolerancia frente a cosas que siempre resultaron molestas. No necesariamente aparecieron nuevos aspectos negativos; quizá los viejos dejaron de estar tan bien administrados.
Menos actuación y más fatiga social
Un artículo académico sobre edad y trabajo emocional del College of New Jersey mostró justamente que la relación entre edad y regulación emocional es compleja, y que los trabajadores mayores utilizan de forma distinta estrategias como el “surface acting”, es decir, fingir o modular emociones para sostener una performance interpersonal aceptable. Aunque no analiza directamente por qué algunas personas parecen volverse más difíciles con la edad, sí ofrece un marco para entender cómo cambia el esfuerzo dedicado a gestionar las propias emociones.
La relación entre edad y regulación emocional es compleja. Foto ilustración Shutterstock.
Eso encaja bastante bien con la experiencia cotidiana. A los 30 o 40 años, muchas personas aún están inmersas en contextos que exigen diplomacia constante: trabajo, crianza, ascenso social, convivencia intensa, necesidad de quedar bien.
Más adelante, parte de esa obligación cede. Y cuando se afloja, también cae el incentivo para seguir escondiendo fastidios menores, críticas internas o cansancio relacional. Lo que la familia interpreta como mal humor nuevo puede ser, en realidad, menos actuación social.
También es conveniente no romantizarlo demasiado. A veces sí hay cambios asociados a dolor crónico, pérdida de salud, duelos, frustración o deterioro cognitivo. No todo cinismo tardío es una forma elegante de honestidad.
Pero la psicología sí da base para desconfiar de la idea simple de que la edad vuelve mala a la gente. En muchos casos, la edad reduce el combustible necesario para sostener una versión más filtrada, más diplomática o más complaciente de uno mismo.
Los estudios poblacionales no muestran, en promedio, que las personas se vuelvan peores con la edad. Foto: Shutterstock.
Por eso, cuando alguien se vuelve más difícil de tratar a los 60 o 70 años, quizá el cambio no esté solo en lo que siente, sino en cuánto esfuerzo ya está dispuesto a invertir para que los demás no lo noten.
Y ese matiz importa mucho. Porque una cosa es creer que apareció una persona nueva y peor. Otra, bastante distinta, es aceptar que quizá la energía para seguir disimulando se agotó y quedó más a la vista lo que siempre estuvo ahí.
Todavia no hay comentarios aprobados.