“Navigare necesse est, vivere non est necesse”. (Navegar es necesario; vivir no es necesario).

Pocas frases antiguas han atravesado los siglos con tanta capacidad para interpelar el presente. Nacida en la Roma republicana, hace más de dos mil años, sigue ofreciendo una reflexión valiosa sobre cómo actuar cuando las certezas escasean y el futuro aparece cubierto de niebla.

La expresión se atribuye a Pompeyo. Una violenta tormenta sacudía el Mediterráneo y mantenía a los barcos inmovilizados en puerto. Roma, sin embargo, atravesaba una crisis de abastecimiento de trigo y necesitaba desesperadamente que la flota zarpara. Los marineros se resistían: sabían que el mar embravecido podía hundir las embarcaciones antes de alcanzar destino. Fue entonces cuando Pompeyo les recordó que había momentos en los que el bien común exigía dejar de lado los intereses particulares. La inmovilidad también tenía consecuencias.

Había que navegar. La frase sobrevivió a su contexto original y adquirió nuevos significados a medida que atravesó generaciones y geografías. Ningún país la hizo tan propia como Portugal.

Viví varios años en ese país y, en el encuentro cotidiano con su gente y su cultura, entendí que el mar forma parte de su identidad profunda. No es simplemente una cuestión geográfica. Es una manera de entender el mundo y convivir con la incertidumbre.

En las conversaciones, la literatura, la música y la memoria colectiva reaparece la relación con el horizonte, la partida y el descubrimiento. El mar forma parte de la historia de Portugal y de su manera de encarar el futuro.

Durante siglos, los portugueses hicieron de la navegación una forma de conocimiento y una búsqueda permanente de nuevos caminos.

Esa tradición alcanzó una expresión singular en Fernando Pessoa. El gran poeta portugués retomó la antigua sentencia y le otorgó una profundidad nueva: “Navegar é preciso; viver não é preciso.”

La riqueza de la frase radica en una particularidad del idioma portugués. La palabra “preciso” significa tanto “necesario” como “exacto”. Pessoa juega deliberadamente con esa ambigüedad. Navegar requiere precisión y dirección. La vida, en cambio, transcurre entre incertidumbres y desvíos. Quizás por eso la frase vuelve a resonar con tanta fuerza en nuestro tiempo.

Vivimos una transición histórica de alcance global. El orden internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial atraviesa un proceso de transformación profunda. Las instituciones creadas en 1945 muestran crecientes dificultades para responder a los desafíos contemporáneos, las alianzas tradicionales se reconfiguran, nuevos actores reclaman espacios de influencia y la competencia tecnológica modifica las relaciones de poder. Las certezas estratégicas que guiaron a generaciones enteras son cada vez más escasas.

Frente a ese escenario, existe una tentación recurrente: la estrategia de “esperar y ver”. Esperar que regresen las condiciones conocidas. Esperar que reaparezcan las reglas que organizaron el sistema internacional durante décadas. Esperar que la incertidumbre se disipe antes de actuar.

Sin embargo, la historia enseña que los períodos de transición rara vez conceden ese privilegio. En tiempos de cambio, la amenaza principal no es el error. Es la parálisis.

Es aferrarse a mapas que trazan un mundo que ya no existe y seguir amarrados a puertos que han dejado de ofrecer abrigo.

La alternativa tampoco consiste en amarrarse a la nave más grande con la esperanza de que otro conozca el camino.

En distintos momentos de la historia reciente, y también en el presente, existen países de desarrollo medio que responden a la incertidumbre global buscando protección en alianzas estrechas con las grandes potencias. La lógica parece sencilla: si el mundo se vuelve incierto, resulta más seguro navegar bajo la guía de quien posee más recursos, más influencia y mayor capacidad de proyectar poder.

Sin embargo, el problema de nuestro tiempo es que incluso las grandes potencias navegan en aguas desconocidas. También revisan estrategias, redefinen prioridades y debaten cuál debe ser su lugar en el mundo. La incertidumbre no distingue entre grandes y pequeños.

Por eso, delegar el propio rumbo en las decisiones de otros puede ser tan riesgoso como permanecer inmóvil. La cooperación y las alianzas siguen siendo necesarias, pero no reemplazan la necesidad de contar con una mirada propia sobre el mundo que emerge.

Si bien la autonomía no elimina los riesgos, sí permite afrontarlos con criterio propio. Porque ejercerla no consiste en alejarse de todos, sino en conservar la capacidad de decidir en función del propio interés nacional.

El desafío consiste en descifrar el mundo que emerge en lugar de aferrarse al que desaparece.

Ninguna sociedad, organización o país puede permitirse esperar definiciones absolutas cuando el entorno mismo está en movimiento.

Tal vez esa sea la enseñanza más actual de aquella antigua frase romana y de su posterior reinterpretación portuguesa.

La historia rara vez recompensa a quienes esperan inmóviles a que la niebla se disipe. Los grandes cambios exigen aprender mientras se navega y corregir el rumbo cuando sea necesario. Porque, al final, en tiempos de incertidumbre, el mayor riesgo no es equivocarse Es confundir prudencia con inmovilidad.