Cada vez que Argentina juega contra Inglaterra, la misma opinión surge en segundos: "esto es por Malvinas". La frase es comprensible. La emoción que la produce es legítima. El problema es cuando esa emoción se convierte en análisis y concluye que una victoria en el campo de juego es también una victoria en el campo diplomático. No lo es.

Aclaro lo personal para evitar malos entendidos: apoyo el reclamo soberano argentino sobre las Islas Malvinas de manera completa e irrestricta. Y apoyo, con convicción, que la Selección le gane a Inglaterra cada vez que se encuentren. Por eso vale la pena separar esas dos convicciones del instrumento conceptual que suele invocarse para vincularlas: el soft power, o poder blando.

El término fue acuñado por Joseph Nye en 1990 para describir la capacidad de un Estado de conseguir lo que quiere por vía de la atracción antes que de la coerción o el pago. Nye identificó tres fuentes: la cultura —cuando resulta atractiva para otros—, los valores políticos —cuando se los practica con coherencia— y la política exterior —cuando los demás la perciben como legítima—. Lo que define al soft power no es el instrumento sino el mecanismo: seduce, no presiona. Atrae, no extorsiona. Y, sobre todo, no se convierte en palanca de negociación de manera directa o automática.

Y aquí aparece el primer problema. El soft power no es fungible. No se puede traducir en beneficios diplomáticos concretos del modo en que funciona el poder duro. Una victoria deportiva genera atención, admiración, identidad compartida. Hace que el mundo mire hacia Argentina con simpatía. Pero esa simpatía no se transforma mecánicamente en presión sobre Londres para que abra una mesa de negociación sobre soberanía. El poder blando opera de manera difusa, acumulativa y de largo plazo. No tiene tipo de cambio con las concesiones territoriales.

El segundo problema es más estructural: la AFA y el Estado argentino son actores internacionales distintos. La Selección Nacional no es una agencia del Ministerio de Relaciones Exteriores. El técnico no recibe instrucciones de la Cancillería. Los jugadores no son diplomáticos de uniforme. Uno de los errores más frecuentes en el uso popular del soft power es confundir al Estado con los actores no estatales que, contingentemente, generan atracción hacia una nación.

Messi atrae miradas hacia la Argentina. Pero La Scaloneta no es Argentina en el sentido estatal del término, de la misma manera en que el Vaticano no es Italia y Hollywood no es el Departamento de Estado. La conducción de la política exterior y la conducción del seleccionado son procesos paralelos que operan con lógicas, temporalidades y actores distintos. La primera se mide en décadas y en tratados. La segunda, en noventa minutos y en posiciones de tabla. Que ambas afecten la imagen internacional del país no implica que sean el mismo instrumento ni que estén bajo el mismo mando.

El reclamo soberano sobre Malvinas es un asunto de derecho internacional, de resoluciones de la ONU —la 2065 y sus sucesoras— y de negociación bilateral entre Estados. El soft power puede acompañar este reclamo: genera simpatía internacional, mantiene el tema en agenda, hace más costoso para Londres ignorarlo en los foros multilaterales. Pero no puede reemplazar la estrategia diplomática ni producir resultados por sí solo.

¿Qué produce, entonces, una victoria sobre Inglaterra, más allá de la alegría que merece? Produce exactamente lo que el soft power promete cuando se lo entiende bien: visibilidad, narrativa, atención global. Y eso sí tiene valor estratégico —pero solo si existe una cancillería que lo convierte en presión real sobre instancias concretas.

El verdadero campo de juego es otro. Margaret Thatcher logró inscribir la guerra de 1982 como un enfrentamiento entre democracia y dictadura, cuando toda la normativa internacional indicaba que era una cuestión colonial. Eso sí es soft power: la capacidad de imponer el marco narrativo de un conflicto. Argentina perdió en 1982 también en ese terreno. La victoria deportiva no repara esa derrota.

Lo que sí puede hacerlo es una estrategia deliberada de reencuadre: juridicizar el reclamo en instancias donde el argumento descolonizador opera con fuerza propia, separar el derecho de autodeterminación de los isleños —legítimo como preferencia cultural, inválido como argumento de soberanía en situaciones coloniales— de la disputa territorial, y vincular las islas a los recursos que estructuran la geopolítica del siglo XXI: seguridad energética (los hidrocarburos del Mar Argentino) y geopolítica (acceso a la Antártida).

Ese partido no se disputa en el estadio. Pero tampoco se pierde ahí. Se juega en los foros multilaterales, en la prensa internacional y en los corredores de las cancillerías. Y exige la misma precisión con que se construye un gol: saber qué herramienta sirve para qué, y no pedirle al fútbol lo que solo puede dar la diplomacia.