El estrés y la falta de cansancio pueden darse por motivos particulares, o sencillamente por múltiples razones que afectan nuestro día a día. Ahora, la historia de una mujer de 41 años hace foco en cómo las situaciones cotidianas en el hogar hacen que el agotamiento exceda las presiones laborales.

La confesión, recopilada en el sitio The Bolde, asegura que a esa edad se dio cuenta de que la razón de su agotamiento no es el trabajo, sino que es la única de la casa que se ocupa de ciertas

Confesó que es la única que sabe cuándo le toca vacunar al perro, cuándo se va a acabar la leche y qué niño tiene cita con el dentista; y nadie le asignó esa tarea, simplemente dejó de esperar a que alguien más se diera cuenta de que había que hacerlo.

"Dejé de esperar que alguien más se diera cuenta": la confesión de una mujer sobre su cotidianidad

Desde que somos chicos, la sociedad tiende a "asignar" espacios y lugares según el género y la predisposición de cada persona. Así, es común ver patrones que se repiten en ciertos modelos familiares y sociales que, muchas veces, son cuestionados. Pero muchas veces no y, por el contrario, todos continúan con el mismo accionar por tradición o por historia.

En esta fina línea donde algunas cosas están señaladas como exclusivas para "las mujeres" o "los varones", estar a cargo de las tareas que tienen que ver con los integrantes de la casa, puede que esté más ligado a las mujeres de la familia. En contrario, lo material (arreglos caseros, construcciones, etc.) se lo suele pegar más a los hombres.

La confesión de la mujer indica que se siente cansada por más que duerma muchísimo, y que no tiene que ver con su trabajo que, por cierto, lo describe exigente. No es ese cansancio que se soluciona con una siesta, sino lo que halló detrás del mismo.

Qué es el agotamiento emocional y por qué pensar en todo, todo el tiempo, hace mal. Foto Shutterstock.

Asegura que lo que la cansa reside en su cuerpo, en algún lugar profundo y que nunca se apaga del todo. Contó que su trabajo es de esos que la persiguen hasta casa, con mensajes después de cenar y fechas límites en su cabeza, pero ella pensaba que eso es algo común. Sin embargo, aseguró que lo que cambió todo fue cuando se tomó una semana libre en familia, pero volvió igual de cansada.

Cayó en la cuenta de que fue ella quien reservó los vuelos, preparó su maleta (y a escondidas -casi- toda la de los demás) y bregó para que a nadie le falte nada, ni se olviden del cepillo de dientes. Entre otras cosas, organizó la niñera para el perro, suspendió la entrega semanal del supermercado y escribió una nota para la vecina.

Sí, durante el viaje una parte de su mente se desconectó, pero otra se quedó en la casa, repasando la lista de cosas pendientes y lo que le esperaría el día que volvieran. Es decir que se dio cuenta de que pasó toda la semana trabajando de otra manera: dijo que es ella quien guarda toda la casa en su cabeza.

Una reflexión respecto de la sobrecarga emocional en el hogar. Foto: ilustración Shutterstock.

Este es el trabajo para el que nadie la contrató: estar pendiente de todo, todo el tiempo, y la carga mental que eso conlleva. Indica que estar pendiente de todas las tareas, por más que muchas lleven solamente dos minutos de resolución, agotan.

Por último, concluye en que se puede asignar tareas a alguien, pero no podés asignarle la tarea de darse cuentas de que esta exista. ¿Qué solución encontró? Una parcial: simplemente dejar de hacer algunas cosas y, lo que más le sirvió, dejar de ver su agotamiento como un defecto.