Para muchas personas que crecieron durante las décadas de 1960, 1970 y parte de los años 80, caminar solas hasta la escuela, cruzar avenidas, jugar en la plaza o volver a casa cuando anochecía formaba parte de la rutina. No recuerdan esas experiencias como abandono, sino como una forma cotidiana de aprender a desenvolverse en el mundo.
Con el tiempo, sin embargo, esa libertad se volvió mucho menos frecuente. Hoy muchos padres sienten que permitir ese mismo grado de autonomía sería una irresponsabilidad, incluso en barrios donde los riesgos objetivos no son necesariamente mayores que hace varias décadas.
La psicología del desarrollo sostiene que esa diferencia no depende solo del peligro real, sino también de la forma en que las familias perciben el riesgo. A medida que aumentó la supervisión adulta, también disminuyeron las oportunidades para que los niños resolvieran por sí mismos pequeños desafíos cotidianos.
Uno de los estudios clásicos sobre este tema fue One False Move: A Study of Children's Independent Mobility, publicado en 1990 por investigadores del Policy Studies Institute del Reino Unido.
Los autores documentaron una fuerte reducción de la movilidad independiente infantil. Foto: Shutterstock
Al comparar datos recogidos entre 1971 y 1990, los autores documentaron una fuerte reducción de la movilidad independiente infantil: entre los niños ingleses de 7 y 8 años, el porcentaje autorizado por sus padres a ir solos a la escuela pasó del 80 % al 9 %. El trabajo también registró caídas similares en otras formas de autonomía, como cruzar calles, andar en bicicleta o utilizar el transporte público sin la compañía de un adulto.
La autonomía también se aprende
La disminución de la movilidad independiente infantil llamó la atención de numerosos investigadores. Un artículo realizado por los psicólogos Peter Gray, David F. Lancy y David F. Bjorklund, publicada en 2023 en The Journal of Pediatrics, concluyó que la reducción sostenida de las actividades independientes merece ser considerada como uno de los factores que pueden influir en el bienestar, la autonomía y el desarrollo de niños y adolescentes.
La psicología del desarrollo sostiene que la autonomía no aparece de un día para otro. Se construye a través de experiencias graduales en las que los niños toman pequeñas decisiones, resuelven problemas cotidianos y aprenden a evaluar riesgos acordes a su edad.
Algunas de esas experiencias incluyen:
- Desplazarse por lugares conocidos sin ayuda permanente. Esto favorece la orientación, la planificación y la confianza en las propias capacidades.
- Resolver pequeños conflictos sin intervención de un adulto. Aprender a negociar forma parte del desarrollo social.
- Tomar decisiones cotidianas. Elegir un camino, administrar el tiempo o enfrentar imprevistos fortalece la sensación de competencia.
Desplazarse por lugares conocidos sin ayuda permanente favorece la orientación y la confianza en las propias capacidades. Foto: Shutterstock.
- Aprender a evaluar riesgos. La autonomía no implica ausencia de límites, sino adquirir criterios para reconocer situaciones seguras y actuar con prudencia.
Los especialistas aclaran que esto no significa que toda forma de supervisión sea perjudicial ni que las condiciones actuales sean iguales a las de hace cincuenta años. Factores como el tránsito, el diseño urbano, las normas sociales y la organización de las ciudades modificaron la manera en que las familias viven la infancia.
Por eso, la discusión no suele plantearse entre libertad absoluta o sobreprotección. Más bien gira en torno a cómo ofrecer oportunidades progresivas para que los niños desarrollen independencia sin descuidar su seguridad.
En ese sentido, muchos adultos recuerdan aquellas caminatas solitarias no porque hayan sido peligrosas, sino porque representaron una de las primeras ocasiones en las que alguien confió en que podían arreglárselas por sí mismos.
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