Se sabe: arranca el Mundial y todo se pone en pausa. Están, claro, los escándalos diarios de Manuel Adorni, la irresponsabilidad de Florencia Peña y su fake news sobre el padre de Messi, y los fajos y más fajos de dólares en el vestidor de Insaurralde filmados por su ex mujer, Jesica Cirio, para mantener cierta alerta extra futbolística.

Pero hay otros temas, menos puntuales, que se vienen produciendo desde hace un tiempo, que requieren atención urgente con señales de alarma y que, una vez más, nadie parece estar atendiendo.

La sífilis, una enfermedad de transmisión sexual que estuvo cerca de ser considerada controlada, o eliminada, y que estaba en sus niveles mínimos a principios de los 2000, ha resurgido con una furia inusitada. Según datos del Ministerio de Salud de la Nación publicados en el Boletín Epidemiológico Nacional, en 2025 Argentina reportó 46.799 casos de sífilis, “un aumento sostenido” desde hace 15 años, que se acelera desde 2022.

La tasa nacional alcanzó así los 117, 2 casos cada 100.000 habitantes, marcando el mayor registro histórico. Uno más de esos tristes récords nacionales.

Otro de los datos es particularmente preocupante: el 76% de los casos detectados el año pasado se dio en personas de 15 a 39 años, con un pico en el segmento de 20 a 24 años. El predominio es mayor en las mujeres jóvenes: entre los 20 y los 24 años superan a los varones.

No es la única enfermedad de transmisión sexual, o ETS que crece. En los últimos años se detectó la misma tendencia con la gonorrea y la clamidia.

En lo que hace al VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana) el año pasado hubo 6.900 nuevos casos respecto al período 2023-2024. Se calcula que al menos 140.000 personas viven hoy en Argentina con VIH, que el 17% de las personas infectadas lo ignoran, y que el 98% de los contagios se produce por relaciones sexuales sin protección.

Este último es un punto crucial, sobre todo cuando se entrecruza con el resultado de un trabajo realizado por la Aids Healthcare Foundation Argentina (AHF), organización global sin fines de lucro que trabaja en la prevención y detección del VIH. De su relevamiento surge, como informó Clarín semanas atrás, que apenas el 15% usa preservativo. Según los especialistas hace 14 años, cuando la fundación arrancó con los testeos en el país, esa proporción llegaba al 40% .

Quienes trabajan en el tema de las enfermedades de transmisión sexual no tienen dudas acerca de que la baja en el uso de esta protección a la hora del sexo es la principal causa del aumento de las ETS. La coincidencia también está en la falta de noción que suelen tener especialmente adolescentes y jóvenes en general acerca de estos contagios. La preocupación básica suele ser el embarazo, y para prevenirlo recurren, las chicas, a otros métodos. Enfermarse no es algo que aparezca en el horizonte a la edad en la que suele primar la sensación de ser inmortales.

En opinión de expertos, la proliferación de apps de citas, que favorecen el encuentro sexual ocasional, sumado a la pérdida del miedo al VIH que de enfermedad mortal pasó a crónica, y, como se dijo, una mezcla de omnipotencia e inconsciencia propias de la edad, están disparando los contagios de males que, si bien tratables, tampoco son inocuos.

Expresiones como “a pelo”, “a peluche”, “sin pasamontañas” forman parte del lenguaje entre ese grupo etario y refieren al sexo sin protección. Muchos apelan al vértigo del riesgo que les provoca ; otros a que así “se siente más”; otros más a la “confianza” que les da el tener relaciones con una única pareja.

Más allá de estas razones o sinrazones, lo concreto es que el tema de la prevención desapareció de la conversación pública. Las ETS crecen, el miedo al VIH baja y del mismo modo lo hace el cuidado. No hay campañas públicas; según especialistas el acceso a preservativos cayó mientras creció el acceso a la pornografía, una pésima escuela en materia de educación sexual. Un combo explosivo que nadie parece decidido a desactivar.