Qué maravilla, ¿no? Qué alegría. De esas que nos vamos a acordar mucho tiempo. Porque estábamos liquidados. Un pie y medio afuera, digamos la verdad. Iban 33 del segundo tiempo y dos a cero abajo. Difícil, muy difícil. Pero en esas magias que tiene el fútbol, en 13 minutos nos quedamos todos afónicos gritando tres goles. Y encima de todo, él: en este Mundial de héroes, lleno de Mbappés, Haalands y Kanes, nosotros tenemos al superhéroe. A Messi, claro.
¿Vamos a seguir discutiendo quién es el GOAT?
La crónica dirá que este martes, frente a Egipto, en Atlanta, por los octavos de final del Mundial 2026, primero Messi erró un penal -el segundo que fallaba en el torneo- que hubiera empatado el match. No jugaba su mejor partido. Pero sabido es -desde hace rato- que a este muchacho de 39 años si algo no le falta es perseverancia.
Así que, para empezar a compensar, tiró el centro para que Romero hiciera el primer gol argentino.
Y 4 minutos después agarró un rebote en el área y lo metió directamente él. Su octavo en el torneo, para romper la igualdad en la tabla de goleadores con el francés Mbappé y el noruego Haaland. Su 21 en Mundiales, récord histórico. Su noveno partido seguido en Copas del Mundo firmando un gol, otra plusmarca. ¿Qué más?
Sí, algo más: que cuando terminó el partido, después de 11 larguísimos minutos de descuento, el tipo no pudo evitar las lágrimas.
A ver: es el sexto Mundial de Messi. En cinco de ellos superó los octavos de final como ahora. Era su partido 31 en Mundiales, otro récord. El 1.161 de su extensa carrera profesional, que lleva 22 años, a lo largo de la cual hizo 919 goles y ganó 47 títulos. Pero al tipo se le cayeron las lágrimas igual.
Para aquellos que no hace tanto, hasta el título en Qatar, lo acusaban de pecho frío, de no jugar bien con la Selección, de que no le importaba. Para los que lo miran por tevé, como canta la hinchada.
Después, sus compañeros lo levantaron en andas. No era para menos.
Por supuesto que vendrán análisis y más análisis sobre cómo jugó el equipo, qué cambios hay que hacer, cómo evitar sofocones como los vividos en Atlanta y muchas otras cuestiones más que dilucidarán los especialistas en fútbol.
No es el tema de esta columna: se trata de que, sencillamente, resulta siempre conmovedor apreciar a un deportista -del deporte que sea- en toda su dimensión profesional y que a la vez muestre un costado tan humano.
Ese que hace que algunos íconos vueltos estatua recuperen por un momento su estatus de seres de carne y hueso, de humanos corrientes capaces de sufrir, de sentir. Más allá de su fama y de sus tantos millones.
Y de nuevo, qué maravilla esto que genera el deporte, que uno viva un rato de auténtica felicidad porque un compatriota -con lo mucho o lo poco que puede implicar eso- resulte el mejor en lo suyo.
Y disculpas a aquellos lectores más tradicionalistas, porque este espacio normalmente no está dedicado al deporte ni suele ser tan halagador para nadie (probablemente, al contrario). Pero hoy no se puede hablar de otra cosa. Incluso aunque todos digamos lo mismo.
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