Para muchos chicos, contar era una forma de ordenar el mundo mientras esperaban. Podían ser las baldosas de una vereda, los escalones de una casa, las líneas del piso, los postes de una cuadra o las luces que aparecían una detrás de otra durante un viaje.

No hacía falta que alguien lo enseñara. Aparecía como un juego propio, casi automático, para pasar un rato aburrido o hacer más corto un recorrido. Hoy, ese hábito simple empieza a mirarse desde otro lugar: no solo como una distracción infantil, sino como una posible forma de ejercitar la concentración.

La clave está en que el conteo obliga a sostener una regla. Hay que elegir un objeto, seguir una secuencia y evitar perder el hilo. Esa combinación, aunque parezca mínima, pone en marcha procesos vinculados con la atención y el control de las distracciones.

Por qué un juego tan simple puede activar la atención

Contar elementos repetidos exige mantener el foco durante algunos segundos o minutos. Si la mente se va hacia otro estímulo, la secuencia se corta. Por eso, el chico que cuenta baldosas, escalones o faroles no solo se entretiene: también practica, sin proponérselo, una forma básica de atención sostenida.

Especialistas en desarrollo cognitivo relacionan este tipo de ejercicios cotidianos con funciones ejecutivas, un conjunto de habilidades que ayudan a organizar la conducta, controlar impulsos y mantener información activa mientras se realiza una tarea.

También puede intervenir la memoria de trabajo, porque la persona necesita recordar por dónde venía y continuar la serie sin perder el orden.

El parecido con las prácticas de atención plena

Aunque nació como un juego espontáneo, este hábito tiene puntos en común con algunas técnicas de atención plena. En ambos casos, la persona elige un estímulo y vuelve a él cada vez que aparecen distracciones.

Un niño camina por la vereda mientras cuenta baldosas, un juego simple que puede ayudar a sostener la concentración.

En las prácticas de mindfulness, ese estímulo suele ser la respiración, una sensación corporal o un sonido. En la infancia, muchas veces podía ser algo mucho más simple: una baldosa, un escalón, una línea pintada en el piso o una luz que se repetía en el camino.

La diferencia está en la intención. Los chicos no buscaban meditar ni entrenar el cerebro. Solo querían que el tiempo pasara más rápido. Pero el mecanismo mental podía ser parecido: fijar la atención en una secuencia y sostenerla.

Qué dice el estudio mencionado

Un trabajo publicado en Frontiers in Psychology analizó tareas de conteo utilizadas para observar la estabilidad de la atención. Este tipo de pruebas permite estudiar cómo una persona mantiene el foco, cómo sigue una secuencia y cómo responde cuando aparecen distracciones.

Los autores vinculan estas tareas simples con mecanismos de control ejecutivo y con la capacidad de reducir la dispersión mental.

Eso no significa que contar baldosas o escalones vuelva más inteligente a alguien ni que garantice mejores resultados en la escuela o en la vida adulta. La lectura más prudente es otra: esos pequeños juegos repetitivos pueden funcionar como ejercicios naturales de concentración.

Una costumbre común que ahora se mira distinto

El interés de este tipo de hábitos está en que no dependen de una pantalla, una consigna adulta ni una actividad organizada. Surgen en momentos muertos: una espera, una caminata, una fila o un trayecto cotidiano.

Por eso, lo que antes parecía apenas una manía infantil puede leerse hoy como una práctica sencilla de foco mental. Contar para no aburrirse también podía ser, sin saberlo, una manera de aprender a sostener la atención.