Entre los fascinantes y profundísimas mutaciones que vive el mundo se encuentra el cambio en la valoración relativa de las instituciones. Las instituciones tradicionales están debilitándose (mal que nos pese a los que las valoramos) mientras otras están adquiriendo importancias crecientes. Y para bien.
Un fenómeno especial en ese movimiento innovativo es la irrupción de los “espacios públicos no gubernamentales”.
Por décadas se asoció a lo público con lo estatal. Pero hoy lo estatal (en muchos ámbitos, aunque obviamente no en todos) está siendo superado por la creciente relevancia de entidades privadas.
Los “bienes públicos” (provistos eminentemente por el Estado, aunque no exclusivamente) se han definido históricamente como aquellos que generan “no rivalidad” (su consumo no reduce la disponibilidad para otros) y “no exclusión” (el consumo de ellos es efectuado por muchos que no pagan directamente por él).
Se encuentran entre ellos desde el alumbrado público, pasando por las carreteras o la defensa nacional, hasta el sistema de alertas meteorológicas. Pero en las últimas décadas, la creciente importancia de las empresas y el avance tecnológico han permitido el crecimiento del nuevo fenómeno de los “espacios públicos no gubernamentales”.
Ámbitos en las que las empresas superan su rol tradicional de ofrecer productos a cambio de un precio y comienzan a desarrollar auténticas comunidades con sus propias reglas.
Ya el Premio Nobel de Economía (1986) James Buchanan advirtió a fines del siglo pasado sobre los “bienes de club” (en su artículo “An Economic Theory of Clubs”). Buchanan llenaba un vacío: la economía tradicional solo dividía las cosas en bienes puramente privados o bienes puramente públicos (aunque existe una enorme categoría intermedia).
Los bienes de club mantienen el principio de “no rivalidad” pero adquieren el de “exclusión práctica” (hay que ser parte “del club”). Los barrios cerrados han sido el ejemplo tradicional, pero en los últimos años se han desarrollado machismos otros, como las plataformas de streaming o las redes sociales.
Pues la revolución tecnológica ha expandido el concepto de James Buchanan a niveles que él nunca imaginó. El fenómeno ha logrado una dimensión tal que hizo que las grandes empresas tecnológicas descubrieran cómo transformar bienes públicos (información, comunicación, servicios, mapas, calles) en bienes de club gigantescos.
Se ha llegado a la paradoja de que estos espacios se sienten y operan como espacios públicos por su masividad; pero su propiedad, soberanía y derecho de admisión son estrictamente privados. Google Maps o Waze, X, Youtube, Uber, las comunidades de suscripción en automóviles (como Tesla), Mercado Libre o Amazon y hasta la satelización privada son ejemplos de ello.
Así como los procesos en los que la tecnología facilita la instalación de 'peajes digitales' invisibles, emergen los chats de inteligencia artificial avanzada o los servicios de almacenamiento en la nube y aparecen los servidores exclusivos de mensajería -como las comunidades avanzadas de Discord-.
Se trata de un cambio sustancial que aún no se ha explicado adecuadamente: hemos vivido por años en un capitalismo de consumo, (capitalismo de producto) en el que las corporaciones competían por fabricar el mejor objeto (un auto, un televisor, un jean) o vender el mejor servicio individual, y en el que el mercado era el “punto de encuentro” y el Estado ponía las reglas y la infraestructura (rutas, leyes, plazas, circunscripciones autorizadas, monedas).
Pero ahora aparece en simultáneo y crecientemente el “capitalismo de infraestructura” en el que las empresas más valiosas del mundo ya no compiten dentro del mercado, sino que su negocio es ser dueñas del mercado mismo y de las reglas que lo rigen.
En el “capitalismo de infraestructura” ya no somos dueños de algo, sino que adquirimos el derecho de acceso a un ecosistema (Spotify, iCloud, Uber, Gemini). Y hasta los usuarios o clientes somos proveedores de esa red (en un doble rol, que cambia sustancialmente las cadenas de valor, en las que el cliente ya no está exclusivamente “al final”).
Espacios privados, más o menos selectivos -según el caso- y muchas veces (contradiciendo la idea original del capitalismo) “gratuitos” -en realidad, de pago no directo-. Asistimos a una nueva “inclusión privatizada”.
Estos espacios han ganado participación en lo “público” y le han quitado al estado tradicional roles y funciones (porque los propios usuarios así lo decidimos). Las redes de seguridad en grandes distritos tecnológicos, el acceso al saber descentralizado en plataformas de internet, las billeteras virtuales, las certificaciones en blockchain, los sistemas de seguridad o penalidad de las plataformas de compra y venta, las criptomonedas, y muchos más ejemplos exhiben un inquietante proceso evolutivo de obsolescencia operativa del estado tradicional y creciente importancia de los nuevos espacios.
Este replanteo de la soberanía nos sitúa ante una globalización de segunda generación: una red mucho más profunda, invisible y conectada: ya no son las fronteras geográficas ni los tratados aduaneros tradicionales los que delimitan el mapa del desarrollo, sino la capilaridad de estas infraestructuras digitales que ignoran los pasaportes y unifican los estándares de vida a nivel planetario. Y este nuevo tiempo es intrínsecamente global y no retrocede, se acelera.
Y la viabilidad de este capitalismo de infraestructura radica en su escala: su arquitectura está diseñada para alcanzar una masividad global.
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