Durante los primeros años de vida de un hijo, la estructura resulta bastante clara. El padre decide a qué hora se duerme, qué puede hacer, dónde puede ir y cuándo necesita ayuda. Tiene la responsabilidad de enseñar, advertir, proteger y corregir. Treinta o cuarenta años después, esa lógica ya no funciona de la misma manera.

El hijo tiene trabajo, pareja, hijos propios, opiniones y decisiones sobre las que sus padres no pueden ejercer autoridad. Sin embargo, la relación no se reinicia de manera mágica. Ambos llegan a esa etapa cargando décadas de hábitos.

Por eso, un padre mayor puede seguir formulando consejos cuando el hijo quería simplemente ser escuchado. O preguntar demasiado sobre dinero, salud o pareja porque durante muchos años supervisar esas áreas formaba parte de su rol.

La investigación sobre relaciones intergeneracionales muestra que estas tensiones son normales. Un estudio de la Universidad de Michigan y la Universidad estatal de Pensilvania, publicado en Psychology Aging analizó el comportamiento de 158 familias, con 474 padres e hijos adultos.

Encontraron que las tensiones en estas relaciones continuaban mucho después de que los hijos crecieran y que los desacuerdos sobre la propia relación estaban asociados con menor cercanía afectiva y mayor ambivalencia.

La relación cambia cuando un hijo deja de necesitar ser dirigido. Foto: Shutterstock.

De dirigir una vida a acompañarla

Uno de los problemas que se presentan en estos vínculos es que las dos generaciones pueden encontrarse en momentos psicológicos diferentes.

Los hijos adultos buscan autonomía y esperan ser tratados como iguales. Los padres pueden seguir sintiendo una responsabilidad especial hacia alguien a quien acompañaron desde el nacimiento. Ninguna de las dos posiciones desaparece simplemente porque el hijo cumple 30, 40 o 50 años.

Otro estudio de varias instituciones de los Estados Unidos exploró cómo esos mismos padres e hijos afrontaban las tensiones. La mayoría utilizaba estrategias constructivas con mayor frecuencia que respuestas destructivas o evitativas. Sin embargo, evitar determinados temas también era una estrategia habitual para proteger la relación.

Eso ayuda a entender por qué algunas conversaciones entre padres mayores e hijos adultos parecen superficiales. Un padre puede querer saber más, pero temer parecer invasivo. El hijo puede querer hablar, pero anticipar un consejo que no pidió. Ambos terminan comentando el clima cuando existe mucho más que les gustaría decir.

La relación entre padre e hijo no se convierte literalmente en una amistad y conserva una historia que ninguna amistad posee. Lo que sí necesita es una transformación: pasar de una relación basada en autoridad y cuidado vertical a otra donde existen adultos con autonomía propia.

Padres e hijos deben renegociar durante décadas una relación que comenzó siendo desigual. Foto: Shutterstock.

Esto puede resultar difícil para padres cuya identidad estuvo durante décadas muy ligada a cuidar, resolver y aconsejar. Un comentario como “yo a tu edad haría esto” puede nacer del cariño y ser recibido como una intromisión. Un hijo que decide no contar ciertos problemas puede estar protegiendo su independencia y ser percibido como distante.

Nada de esto convierte a los padres en malos padres ni a los hijos en desagradecidos. A veces, la dificultad está en que ambos conocen perfectamente la relación que tuvieron, pero todavía están aprendiendo cuál debería reemplazarla.