La obra de un escritor es pública a través de sus publicaciones pero también incluye una producción que transcurre en secreto. Los documentos, los apuntes, los borradores y los papeles que se elaboran y acumulan en la intimidad conforman archivos personales, un trabajo de creación que suele ser desconocido como tal. Amigos, el libro de Sylvia Molloy con edición de Adriana Amante, emerge como la puesta en obra de un archivo conformado a lo largo de una vida dedicada a la enseñanza y a la escritura.
Sylvia Molloy. Archivo Clarín.
Sylvia Molloy (Buenos Aires, 1938 – Nueva York, 2022) dejó abierto el proyecto de Amigos, al punto de consignar trece índices posibles. Según explica Adriana Amante, “se hizo necesario detectar cuál de todas esas versiones podía ser la última, cuál de las correcciones de los impresos podrían ser considerados los definitivos”. El trabajo previo fue la organización y el inventario del archivo, donde la correspondencia con otros escritores tenía un lugar central.
El libro publicado por Eterna Cadencia establece entonces una versión integrada por artículos sobre José Bianco, Manuel Puig, Enrique Pezzoni, Silvina y Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges, a lo que se agrega una sección de 68 cartas intercambiadas con corresponsales íntimos entre 1966 y 1979.
Esta segunda parte proviene del trabajo de Amante con los papeles de Molloy y de una “pesquisa intelectual” que comprendió los archivos de otros escritores del grupo Sur depositados en la Universidad de Princeton y también contribuciones de otros críticos sobre aspectos puntuales, incorporadas al extraordinario conjunto de notas que sostiene la edición. No se trata solo de lo que dejó Molloy, entonces, sino también del trabajo de Amante con ese legado.
“Se ofrece información que se relacione de manera directa y específica sobre la vida de Sylvia o con la de sus corresponsales”, dice Amante. Pero las ediciones convencionales de correspondencia entre escritores suelen reducirse a explicitar sobreentendidos y reponer referencias de tiempo y lugar. Amigos, en cambio, hace de la nota al pie una forma del ensayo y de la investigación biográfica al cruzar las cartas con la correspondencia y los diarios de otros escritores, con sus proyecciones en la obra de ficción de Molloy y con un deslumbrante aparato crítico.
La exhaustividad puede apreciarse en un tipo de nota que se reitera para cada carta: Amante especifica el archivo del que proviene la carta y el papel en que está redactada; transcribe la dirección y lo escrito en los sobres; discrimina las partes mecanografiadas, las manuscritas y los agregados en márgenes y en forma vertical, de manera que el lector puede representarse visualmente la carta.
Al mismo tiempo la edición respeta las erratas, las tachaduras y los continuos pasajes entre el español, el francés y el inglés que atraviesan los originales; y también consigna con puntos suspensivos pasajes de cartas de Silvina Ocampo omitidos por pedido de sus herederos.
Oblicua y coral
Las cartas que se publican fueron seleccionadas en función de los textos de Amigos. Amante observa el conjunto como una “novela coral” con Molloy como protagonista y a la vez como una “autobiografía oblicua”. En ese plano “lo real es sospechoso de ficción”, porque su relato está mediado por la literatura propia y ajena. Una fórmula de Enrique Pezzoni puede condensar ese deslizamiento: “El crítico compone la biografía de la literatura, que es su autobiografía”.
La “novela” se extiende sobre la trayectoria académica de Molloy, base de su actividad: becada en París y doctorada en La Sorbona, profesora en la Universidad de Nueva York en Buffalo, después en la de Vassar y finalmente en Princeton. Las cartas iluminan la producción académica y también su distancia de las modas, como el auge de la literatura comparada, y su fastidio ante los exabruptos de estudiantes en los papers.
La intimidad no está sin embargo expuesta en estas cartas, a pesar de la insistente curiosidad de Pezzoni al respecto: “No me hagás resúmenes rápidos de tus amores. Quiero saberlo todo con detalle”, exige el autor de El texto y sus voces. La muerte del padre y de una tía en un accidente de tránsito, una tragedia que la golpeó, es aludida entrelíneas y desplegada en extensas notas de la editora: si no está en la correspondencia, “la obra de Molloy ha representado ese duelo en varios textos”.
También la madre “ocupa un lugar preponderante” en la literatura de Molloy y ambos contribuyen a su modo con el archivo: “Mi padre, cada vez que se publicaba algo de o sobre Borges, solía mandarme los recortes, sin comentario ni explicación. (…) mi madre había continuado, durante un tiempo, con esa costumbre”.
Los amigos están convocados por el afecto y por la admiración intelectual. Molloy resalta una afinidad especial con José Bianco, en cuya obra encuentra “la dimensión reflexiva, crítica, que estimula mi propia escritura”. En una carta que le escribe en octubre de 1978, expresa abiertamente su aprecio ante un artículo de Bianco sobre Sarmiento publicado en el diario La Prensa: “Me conmovió muchísimo, como ejemplo –lejano para mí– de una crítica viva, que es la única que vale la pena”.
Si bien Molloy considera a Borges un maestro, dice también que el desafío consiste en “distraernos de él, inventar su deslectura”. Además se desentiende de Las letras de Borges (1979), el libro que la consagró en la crítica y cuya génesis puede seguirse en la correspondencia. Y si elogia a Victoria Ocampo, parece más fuerte la impresión de autoridad que la directora de Sur le provocó cuando la vio por primera vez en la Biblioteca Nacional, en una lectura en la que hizo callar a alguien del público, y en la redacción de la revista, en un áspero entredicho con Bianco.
Sylvia Molloy. Foto: Marcelo Genlote / Archivo Clarín.
En Pezzoni los aspectos valorados son el humor y la ironía como instrumentos del crítico, y también su presencia física; en Silvina Ocampo, “la libertad intelectual”. Manuel Puig usa el pronombre femenino para referirse a otros escritores, lo que “desplazaba saludablemente la supuesta importancia del autor, lo volvía relativo”, destaca Molloy.
No obstante, en sus cartas el autor de Boquitas pintadas se muestra demasiado susceptible ante supuestas injusticias del periodismo y un plagio que le atribuye a Juan José Hernández.
Más allá de las diferencias, Molloy aprecia un rasgo común en las obras de sus amigos: el culto de la oralidad y de una entonación singular en la escritura. Bianco, “maestro de la causerie”, es ejemplo de esa oralidad “trabajada como representación con sus tics y manías”; Manuel Puig “captó como nadie un habla argentina”; cuando murió Borges, tuvo la sensación “de una voz que se perdía”; Alejandra Pizarnik y Silvina Ocampo coinciden en “una rarísima entonación”.
En esa escucha Molloy pareció encontrar un programa, según escribió tanto en textos de ficción como de ensayo: “para rendir testimonio de una oralidad inolvidable (…), es preciso anotar esa oralidad, transformarla en escritura”.
Amante describe un “principio constructivo” común a los textos de Amigos, por el que la reflexión surge de la experiencia y el vínculo personal. Ella misma parece rehacer ese camino a través de las notas, al reconstruir minuciosamente las proyecciones de la biografía de Molloy –la casa donde pasó la infancia, entre otras– en las ficciones posteriores.
Intrigas secretas
“Molloy también veía en las cartas un material privilegiadamente noble para urdir una intriga”, escribe Amante. Esa cualidad se aprecia particularmente en las cartas que intercambia con Edgardo Cozarinsky y Enrique Pezzoni, ambos muy atentos al detrás de escena de los escritores y el ambiente académico. La amistad trama en este caso una complicidad especial, fundada a expensas de conocidos y de asuntos que son comentados con bromas, juegos de palabras y confidencias que mantienen en secreto.
En esas cartas no se trata simplemente de ponerse al tanto de las novedades. “Tengo cantidad de chismes que contarte”, escribe Cozarinsky en octubre de 1967. Los chismes que se requieren mutuamente con Molloy tienen un plus de goce del que carecen las meras noticias. La demora en responder las cartas, el riesgo de que la comunicación se interrumpa y la distancia acentúan la demanda de esas referencias que descolocan a personajes conocidos y abrevan en comentarios que circulan en voz baja.
Sylvia Molloy. Foto: Marcelo Genlote / Archivo Clarín.
Los entretelones del “casorio” de Borges con Elsa Astete Millán (1967) dan mucha tela para cortar en la correspondencia. También personajes que resultan antipáticos, como Guillermo de Torre: el ensayista español representa la línea adocenada y conservadora de Sur y recibe bromas y comentarios impiadosos. Molloy y Cozarinsky se divierten además con el escándalo que rodea a la revista Mundo Nuevo cuando se revela el financiamiento oculto de la CIA y con los tropiezos de su director, Emir Rodríguez Monegal. “Contame todo lo contable (…) todo lo que contribuya a una lectura correcta (eficaz) de ese texto que es Buenos Aires”, pide la escritora.
Las cartas y las notas que las acompañan también recuperan figuras del espacio argentino menos conocidas, como Héctor Abrales (detenido y desaparecido en el centro clandestino de La Perla), Lía Schwartz y Hugo Cowes; personajes periféricos del grupo Sur, como Vera Makarov, autora de la primera traducción de Vladimir Nabokov en la Argentina; y aportan referencias de primera mano para comprender las tensiones de Victoria Ocampo con Borges y observar en detalle “la pulsión editorial” de Pezzoni como asesor en Sudamericana.
La mención de un film no identificado sobre Borges introduce una nota que triplica a la carta en extensión, y el procedimiento es común en el libro: Amante comenta en este caso los datos de la película, cita los diarios de Adolfo Bioy Casares, despliega una carta de Victoria Ocampo a María Luisa Bastos, secretaría de redacción en Sur.
Una carta enviada por Pezzoni en 1972 se amplifica a su vez con referencias al suicidio de Alejandra Pizarnik aludido en el texto, un fragmento extenso de Ivonne Bordelois, datos sobre la situación de Editorial Sudamericana y las traducciones de Pezzoni en la época, bibliografía sobre José Bianco y la identificación de Miguel Vélez, pareja de Puig.
El cruce de archivos, textos e investigaciones articula en Amigos un trabajo de edición completamente inusual, a la altura de la obra cuyo legado reactiva.
Amigos, de Sylvia Molloy con edición de Adriana Amante (Eterna Cadencia).
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