En los años 50 del siglo pasado un presidente visionario como Juscelino Kubitschek, un arquitecto considerado el Picasso en ese arte como Oscar Niemeyer, y un urbanista como Lucio Costa, coincidieron en imaginar para el desarrollo de Brasil una ciudad desde la nada y en medio de una zona que estremecía en su aridez. Pusieron manos a la obra desde 1955 y en 1960 se inauguró Brasilia, en el que fue un verdadero acontecimiento para el mundo: la primera ciudad del siglo XX. La Unesco la reconoció en 1987 y la declaró Patrimonio de la Humanidad.
Un primer paso fue idear la ciudad alrededor del lago al que le dieron caudal desde los ríos. Lo bautizaron Lago de Paranoá y la ciudad se desplegó en la planicie del Planalto como un avión con sus alas en el sentido de los cuatro puntos cardinales. El lago ayudó a cambiar el clima, hay más lluvias y más verde al que aportó una intensa forestación.
Recorrer sus palacios, que son un monumento al modernismo y que hoy en pleno auge de la Inteligencia Artificial parecen hechos a la medida de estos nuevos tiempos, es ir de asombro en asombro. Decididamente hay una nueva valoración de Brasilia en momentos en que los turistas buscan experiencias. Y se las ofrecen desde el Planalto, sede del Poder Ejecutivo, a la Catedral con sus vitraux extraordinarios. Brasilia se ha convertido es el tercer destino más elegido de Brasil, después de Río y San Pablo.
Una vista del palacio del Planalto
Colabora su moderno aeropuerto, que construyó y opera la argentina Corporación América de Eduardo Eurnekian. Hay vuelos directos desde Buenos Aires.
Diseñada por zonas,el área política tiene un eje central en la unión del palacio del Planalto donde trabaja el Ejecutivo, el ministerio de Justicia con sus cascadas y el legislativo con sus dos torres por cuya abertura se puede ver el atardecer con esa luz única que regala Brasilia.
La rampa del museo Nacional de Brasilia
Pero especialmente por los dos platos gigantescos sobre la explanada. Uno abierto que simboliza a la cámara de Diputados que recibe las iniciativas y el otro, la cúpula cerrada, que representa al Senado que finalmente decide sobre esos proyectos.
Un capítulo aparte es la Casa de Chá, o casa de té, pensada por Niemeyer como una unión entre esos tres edificios y para ser centro de la vida política y turística de Brasilia. Es el alto obligado para compartir y debatir opiniones junto a las exquisiteces de todas las regiones de Brasil, junto a sus jugos y su tradicional cafe colado, elaborado por refinados baristas.
Casa de Chá
Foto: Amanda Vallejo
Ubicada precisamente en la Plaza de los Tres Poderes, la Casa de Cha estuvo cerrada durante varias décadas y acaba de ser restaurada. Se reinauguró en 2024, está dirigida por Larissa Catilli, tiene en su entrada una escultura de bronce que personifica a Oscar Niemeyer, que solía ir a tomar el café y en los últimos tiempos lo frecuentaba junto a su nieto. Niemeyer murió en 2017 a los 105 años.
Una vista del Congreso brasileño
El palacio de Itamaraty, sede de la cancillería, merece una visita especial, como el teatro nacional que se inspiró en las pirámides mayas con sus paredes con distintas texturas y una sala central que recuerda a la Martín Coronado del porteño y contemporáneo Teatro San Martín.
La Catedral pensada con varias líneas que se unen en un remate con sus coloridos vitraux, el bautisterio y sus paredes de mármol que invitan a escuchar los diferentes ecos, es el destino más visitado en Brasilia. El segundo es la Casa de Cha, con 240.000 personas que pasan por mes: el 60% son extranjeros. Otro indicador acerca de que Brasilia está desarrollando una política para hacer del turismo una fuente importante de ingresos son las capacitaciones.
El Senac, la red privada de instituciones brasileñas de educación profesional, creada en 1946, se enfoca en los sectores de comercio de bienes, servicios y turismo. Posee 19 escuelas con 30 polos para las prácticas. Muchos de ellos son quienes atienden en Casa de Cha, también considerada un café escuela. Bruna Marquis es la responsable de la educación profesional.
Por cierto, los museos abundan en Brasilia, son gratuitos y allí se encuentran verdaderas joyas. El Museo Nacional, casi pegado a la Catedral albergado en una cúpula con sus rampas que recuerdan al Guggenheim de Nueva York, no puede dejar de recorrerse.
Otro es el museo de Arte Moderno muy cerca del Brazilian Palace, el primer hotel construido en la ciudad, con sus líneas minimalistas, sus salones con murales y su parque con pavos reales, que representa otro emblema arquitectónico.
Oscar Niemeyer
El viajero no se debe privar del recorrido en metro, que llama la atención desde los ojos de Buenos Aires, por una limpieza inmaculada, algo que comparten todos sus espacios públicos. El metro permite acercarse a las ciudades satélites, muchas como Aguas Claras crecen en altura. Allí están los shoppings y los comercios. Otra estación para detenerse es Feira con su mercado popular. Y es muy recomendable el barrio de las embajadas que alberga a 130 representaciones diplomáticas con chalets que compiten en jardines con vista al lago.
Brasilia posee varios centros gastronómicos con restaurantes de todas la nacionalidades. Definitivamente es una ciudad cosmopolita. Uno de esos polos se ubica sobre el lago con vista a su famoso puente de amplias curvas.
Pese a que sus habitantes no utilizan la bici como medio de transporte por distancias largas, aunque la pueden llevar en el metro, la ciudad tiene bicisendas por todos lados. Y los fines de semana, cuando el tránsito se reduce a una mínima expresión, los ciclistas dominan las calles, Brasilia es también una ciudad de maratones. Y su temperatura es estable durante el año, con picos de 32 grados que retroceden a 18 por las mañanas y las noches.
Hasta el momento, Brasilia recibe más turistas argentinos que desde otros destinos. Siguen estadounidenses, portugueses, peruanos y colombianos.
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