Hay personas que parecen tener amigos en todas partes. Saludan a alguien en cada restaurante, conocen compañeros de trabajos anteriores, conservan cientos de contactos y pueden entrar en una habitación desconocida y comenzar una conversación sin dificultad. Sin embargo, si atraviesan una crisis, quizá no sepan a quién llamar.
Esa combinación resulta desconcertante porque solemos tratar la sociabilidad y la intimidad como si fueran la misma habilidad. No lo son. Una persona puede ser muy competente para iniciar y mantener interacciones sociales sin sentirse cómoda cuando el vínculo exige revelar vulnerabilidades, depender de alguien o permitir que otra persona conozca aspectos de sí misma que resultan más difíciles de controlar.
La teoría del apego ayuda a entender esa diferencia. A partir de las relaciones significativas, las personas van construyendo expectativas sobre qué ocurre cuando buscan cercanía, consuelo o apoyo.
Cuando la respuesta suele ser accesible y consistente, resulta más fácil desarrollar seguridad interpersonal. Cuando las experiencias enseñan que depender de alguien implica rechazo, decepción o pérdida de autonomía, una posible estrategia es mantener mayor distancia emocional.
Se puede aprender a conectar sin aprender a confiar
Un trabajo sobre apego y experiencias sociales, realizado por investigadores de Universitat Autònoma de Barcelona y University of North Carolina at Greensboro, siguió la vida cotidiana de 206 adultos jóvenes mediante ocho evaluaciones aleatorias por día durante una semana.
Se puede aprender a conectar sin aprender a confiar. Foto: Freepik.
Quienes presentaban un estilo de apego evitativo no estaban necesariamente aislados socialmente. La diferencia aparecía en cómo experimentaban la cercanía: reportaban menos deseo de estar con otras personas cuando estaban solos, mayor preferencia por estar solos incluso cuando se encontraban acompañados y una sensación menor de ser cuidados por los demás.
Esto permite imaginar cómo alguien puede tener decenas de vínculos relativamente funcionales y, a la vez, levantar una barrera cuando cualquiera de ellos amenaza con volverse demasiado íntimo.
Conversar sobre películas, trabajo, deportes o viajes implica poco riesgo. Decir “tengo miedo”, pedir ayuda o admitir cuánto importa otra persona cambia las condiciones del vínculo. Para alguien acostumbrado a proteger su autosuficiencia, ese segundo territorio puede ser mucho más difícil.
Sin embargo, hay que evitar convertir esta descripción en una historia universal. No todas las personas sin amigos íntimos tienen apego evitativo ni fueron lastimadas por alguien en el pasado. La falta de intimidad también puede surgir de mudanzas frecuentes, jornadas laborales largas, dificultades sociales, pérdidas, circunstancias culturales o simplemente una etapa particular de la vida.
Tampoco alguien con apego evitativo está condenado a permanecer distante. Los estilos de apego pueden cambiar y las experiencias relacionales posteriores también influyen.
La idea central es otra: tener facilidad para relacionarse no garantiza sentirse seguro siendo conocido en profundidad.
Tener facilidad para relacionarse no garantiza sentirse seguro siendo conocido en profundidad. Foto: FreePik
Por eso, una persona amable con todos y profundamente cercana a nadie quizá no sea superficial. Puede haber dominado una forma de conexión que le permite disfrutar de los demás manteniendo siempre disponible una salida emocional.
Desde afuera parece tener muchísima gente. Desde adentro, la diferencia puede depender de una pregunta bastante más íntima: ¿cuántas de esas personas saben realmente qué ocurre cuando deja de decir que está bien?
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