A los 97 años murió Humberto Carlos Alonso en su refugio de Unquillo, Córdoba. No solo dejó un acervo pictórico inconmensurable, también un rastro humano signado por una ética muy nítida e imborrable. Pintor, dibujante, grabador e ilustrador deslumbrante, Alonso fue el cronista visual de las pasiones, la belleza y las tragedias más profundas de la Argentina.

Aalonso posa frente a sus obras que ilustran el infierno de la Divina Comedia de Dante Alighieri, el 18 de mayo de 2004. Foto: EFE / Cèzaro de Luca

En su trazo expresionista que combinaba la gracia técnica del Renacimiento con la crudeza del siglo XX, su obra se erige como una trinchera contra el olvido. Desde sus célebres ilustraciones de los clásicos de la literatura universal hasta el desgarrador testimonio de la dictadura militar que se cobró la vida de su propia hija, Alonso convirtió el lienzo en un territorio donde el dolor humano adquiere la dignidad de la gran memoria colectiva.

De Tunuyán a los maestros del Norte

21.03.2011 Museo de Bellas Artes Carlos Alonso. Foto: Pepe Mateos.

Nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, provincia de Mendoza, Carlos Alonso manifestó desde muy temprana edad una inclinación pasiona por el dibujo. Su formación académica comenzó en la Universidad Nacional de Cuyo, bajo la guía de grandes figuras como Lino Enea Spilimbergo, Sergio Sergi y Lorenzo Domínguez. Fue Spilimbergo quien ejerció sobre él una influencia descollante, transmitiéndole no solo la rigurosidad geométrica y el respeto por el dibujo como columna vertebral de la pintura, sino también un compromiso social irrenunciable hacia la realidad política del país.

A comienzos de la década de 1950, tras ganar el Primer Premio del Salón de Pintura de San Rafael, Alonso se trasladó al Norte argentino y posteriormente a Tucumán, siguiendo los pasos de Spilimbergo. En ese paisaje convulso e imponente, su trazo comenzó a distorsionarse hacia un expresionismo cargado de crítica social, alejado del mero paisajismo para indagar en la explotación del trabajador rural, la pobreza y la fragilidad del ser humano.

En 1957, tras radicarse en Buenos Aires, Alonso obtuvo el emblemático concurso convocado por la editorial Emecé para ilustrar la segunda parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. El encargo lo llevó a instalarse en Londres para trabajar en los dibujos. Su interpretación del Quijote no solo lo proyectó internacionalmente, sino que redefinió el estándar de la ilustración literaria: sus imágenes no eran meras descripciones visuales del texto, sino un contrapunto gráfico donde el idealismo y la locura cervantina dialogaban directamente con las angustias contemporáneas.

Carlos Alonso en su casa de Tunuyán. Foto: Daniel Cáceres.

Literatura y alegoría social

Si hay un rasgo que define la producción de Carlos Alonso entre los años 50 y 70, es su extraordinaria capacidad para transpolar la literatura clásica al lienzo político argentino. Tras el éxito de Don Quijote, Alonso abordó la ilustración de El Matadero de Esteban Echeverría. En esa serie, la violencia germinal del matadero decimonónico se proyectó como una profecía brutal sobre los cuerpos martirizados de la sociedad argentina moderna.

Dante x Alonso Más de 45 trabajos del artista Carlos Alonso, inspirados en la obra de Dante Alighieri, a 700 años de su fallecimiento.

A El Matadero le siguieron trabajos monumentales sobre La Divina Comedia de Dante Alighieri, Martín Fierro de José Hernández y relatos de Franz Kafka. En las visiones del Infierno dantesco o las pesadillas kafkianas, Alonso encontró metáforas perfectas para denunciar el cinismo del poder, la burocracia aplastante y la crueldad institucionalizada.

Guillermo Roux lo definía de este modo: "Pintar con Alonso es dialogar con una potencia de la naturaleza. Posee una lucidez deslumbrante en el trazo. Trabajar junto a él no fue un acto de competencia, sino un ejercicio de juventud y libertad absoluta. Carlos tiene la capacidad única de transformar el dolor de una época en una forma de dignidad indestructible."

Carlos Alonso en el MNBA. La carnicería como inspiración.

Durante la década de 1960, el artista consolidó su serie sobre la Carnicería, donde la carne expuesta en los ganchos no era únicamente materia prima gastronómica, sino una metáfora explícita sobre la mercantilización de la vida, la masacre social y el descarnado consumo del hombre por el hombre. "El dibujo nunca fue para mí un adorno ni un mero ejercicio estético: fue la única herramienta que encontré para no volverme loco ante la violencia del mundo", solía decir.

"La lección de anatomía", la tragedia personal y el exilio

Hacia fines de los años 60 y principios de los 70, la obra de Alonso alcanzó una tensión dramática insoportable en su icónica serie La lección de anatomía, basada en el cuadro homónimo de Rembrandt. En esta reelaboración, Alonso superpuso la lección del pintor holandés con las imágenes del cadáver del Che Guevara capturadas en Vallegrande. La lección de anatomía dejaba de ser una indagación científica para convertirse en una autopsia política sobre el cuerpo del militante y en una reflexión sobre la mirada voyeurista de la sociedad frente a la barbarie.

Carlos Alonso con una obra de su admirado Spilimbergo.

La llegada del Terrorismo de Estado golpeó de lleno la vida del pintor. En 1976, tras el golpe militar y la censura explícita de sus obras, Alonso tuvo que exiliarse junto a su familia en Roma. Un año más tarde, en junio de 1977, su hija Paloma fue secuestrada y desaparecida en Buenos Aires por la dictadura militar.

Ese desgarro irreversible marcó un antes y un después en su poética. Lejos de abandonar la producción, Alonso sublimó la tragedia a través de la serie "Manos Anónimas" (1981). En estas obras de un dramatismo desgarrador —realizadas en pastel, acrílico e instalación—, aparecen fuerzas invisibles, botas opresoras, figuras amortajadas y rostros silenciados que documentan el horror de los campos de concentración y la ausencia de los desaparecidos. "Manos Anónimas" se transformó en un referente icónico de la memoria e identidad del arte latinoamericano.

Retorno y retiro en Unquillo

Con el regreso de la democracia en 1981, Alonso volvió a la Argentina y decidió instalarse de manera definitiva en Unquillo, Córdoba. Allí fundó su hogar-taller, rodeado por las sierras, un espacio de calma desde el cual continuó pintando con una disciplina inquebrantable.

En esta última etapa, si bien el dolor por la ausencia de su hija Paloma permaneció como un latido constante, su obra se abrió a una serenidad lírica e introspectiva. Elaboró admirables retratos de sus maestros y referentes artísticos y literarios: van Gogh, Spilimbergo, Auguste Renoir, Lino Enea Spilimbergo y Cézanne. A través de estas obras, Alonso se situó a sí mismo dentro de un linaje de creadores que vieron en el arte una forma de resistencia espiritual.

En sus últimos años, continuó exponiendo y participando activamente del debate cultural. Su taller cordobés se convirtió en un faro para jóvenes pintores, intelectuales y críticos de todo el continente.

Jacobo Fiterman y Carlos Alonso, 60 años de arte y amistad.

Para Luis Felipe Noé : "Carlos Alonso es el dibujo hecho carne. Ningún artista argentino de nuestra generación ha sabido retratar con tal contundencia y destreza técnica las vísceras y la conciencia social de nuestra patria. Su dibujo no ilustra la realidad: la desnuda."

Carlos Alonso se despide a los 97 años dejando una obra de trazos intensos, la carne desgarrada en sus telas, la mirada trágica del Quijote y el recuerdo imborrable de su hija Paloma contenida en el gesto de "Manos Anónimas" quedan grabados para siempre en la historia de la pintura universal. Así lo veía Mercedes Sosa: "Alonso pinta como se canta un poema de protesta en medio de la noche: con la voz rasgada pero sin aflojar jamás. Sus cuadros son la voz de los que no están y el abrazo que nos consuela a todos."