Primero es necesario hacer una precisión. Aunque en el lenguaje cotidiano “celos” y “envidia” a veces se mezclan, la evidencia científica detrás de esta idea estudia principalmente la envidia: la emoción que aparece cuando otra persona posee una ventaja, logro o cualidad que uno desea. No se refiere específicamente a los celos románticos.

La comparación social es profundamente humana. De manera constante evaluamos nuestro desempeño, atractivo, conocimientos o posición en relación con otros.

La investigación en neurociencia social incluso señala que las jerarquías de estatus no son exclusivas de nuestra especie: también existen en otros primates. Por eso, describir este mecanismo como “más antiguo que el lenguaje” puede servir como metáfora evolutiva, aunque la ciencia no pueda fechar de manera literal cuándo apareció.

Cuando mirar hacia arriba funciona como combustible

Está sólidamente documentado que no toda envidia produce la misma respuesta. En un estudio publicado en Personality and Social Psychology Bulletin, Niels van de Ven, Marcel Zeelenberg y Rik Pieters, investigadores de los Países Bajos, concluyeron que la “envidia maliciosa” empuja a querer reducir la ventaja de la otra persona, mientras que la envidia benigna mueve en la dirección contraria: intenta elevar la propia posición.

Los investigadores realizaron cuatro experimentos y encontraron que la envidia benigna aumentaba la motivación para estudiar y también podía mejorar el desempeño real en tareas cognitivas. El efecto aparecía especialmente cuando los participantes consideraban que alcanzar la posición de la persona con la que se comparaban era posible.

Compararnos con alguien que tiene más éxito puede producir una emoción incómoda que solemos intentar esconder. Foto: Freepik.

Si esa mejora parecía inalcanzable, la reacción tendía a transformarse más fácilmente en admiración sin el mismo impulso de superación.

Otra investigación realizada por Jens Lange y Jan Crusius, de University of Cologne, reforzó la distinción. En cuatro estudios con 1.094 participantes, comprobaron que la envidia benigna estaba vinculada con esperanza de éxito y metas más ambiciosas.

Incluso entre corredores de maratón, una mayor envidia benigna se asoció con objetivos más altos y con un mejor rendimiento. La envidia maliciosa, por el contrario, se vinculaba con abandonar objetivos.

Esto no convierte de manera automática a la envidia en algo bueno. Compararse continuamente con otros puede aumentar frustración, insatisfacción e incluso deteriorar el bienestar, especialmente cuando la comparación parece injusta o imposible de superar.

La diferencia está en la dirección que toma la emoción. “Quiero tener lo que esa persona tiene y voy a esforzarme para conseguirlo” es psicológicamente muy distinto de “quiero que esa persona deje de tenerlo”.

Las redes sociales pueden ser un foco de envidia. Foto: Freepik

Por eso, sentir una punzada de envidia no necesariamente revela mezquindad ni algo de lo que avergonzarse. Puede ser información: alguien posee algo que valoramos y nuestra mente acaba de señalarlo.

Lo importante ocurre después. Una versión de esa emoción mira hacia arriba para intentar subir. La otra mira hacia arriba y desea que quien está allí caiga. Y, según años de investigación, esa diferencia modifica por completo lo que hacemos con la comparación.