"Los bebés se ríen tres mil veces al día. Los adultos, veinte, si tenemos suerte", comentó una vez Diane Keaton. La estrella que con su estilo característico inmortalizó a personajes como Annie Hall o Kay Adams Corleone, dejó esta reflexión para la vida.

Hay algo muy curioso en la comparación que propone Keaton: un bebé puede reír miles de veces mientras un adulto puede pasar buena parte del día sin hacerlo. Pero justamente en esa exageración está el sentido de la frase. No habla solamente de la cantidad de veces que nos reímos, sino de todo aquello que vamos dejando atrás a medida que crecemos.

La risa de un bebé aparece ante estímulos mínimos: una cara, un sonido, un juego, una situación inesperada. No necesita una razón importante para divertirse. El adulto, en cambio, suele estar pendiente de obligaciones, problemas, horarios, dinero, trabajo y preocupaciones.

Keaton incluyó esta reflexión en su libro de memorias Let's Just Say It Wasn't Pretty, publicado en 2014. La frase funciona allí como una observación sobre algo que ocurre mientras crecemos: dejamos atrás parte de la espontaneidad de la infancia y empezamos a estar más pendientes de las obligaciones y preocupaciones de la vida adulta.

El libro de memorias de Diane Keaton, "Let's Just Say It Wasn't Pretty", publicado en 2014 por Penguin Random House. Gentileza: Penguin Random House

Su vigencia tiene que ver precisamente con el ritmo de la vida adulta. En una época marcada por la productividad, las pantallas y la sensación permanente de estar ocupados, recuperar cierta espontaneidad puede convertirse en una forma de bienestar. Reír no resuelve los problemas, pero puede interrumpir por un momento la preocupación y devolvernos a algo más parecido a la presencia.

La frase tampoco propone comportarse como un niño ni negar las dificultades de la vida. Su idea es más sencilla: crecer no debería significar perder completamente la capacidad de jugar o sorprenderse. Quizás esos “veinte” momentos de risa sean, justamente, un recordatorio de que todavía existe una parte de nosotros capaz de disfrutar sin necesitar una gran explicación.

Quién fue Diane Keaton

Diane Keaton nació como Diane Hall el 5 de enero de 1946 en Los Ángeles. Estudió interpretación y se trasladó a Nueva York, donde comenzó su carrera teatral. En 1968 participó en el musical Hair en Broadway y poco después adoptó como nombre artístico el apellido de soltera de su madre.

Estrella de Hollywood con impronta propia.

Su salto al cine llegó con El padrino, de Francis Ford Coppola, en 1972. Pero fue su colaboración con Woody Allen la que terminó de convertirla en una de las actrices más singulares de su generación. En 1977 protagonizó Annie Hall, personaje que le permitió ganar el Oscar a la mejor actriz y que también convirtió su particular manera de vestir en una referencia cultural.

Combinó drama y comedia en películas como Rojos, La habitación de Marvin, El club de las primeras esposas, El padre de la novia y Cuando menos te lo esperas. También trabajó como directora, productora y escritora. Su estilo, tanto frente a cámara como fuera de ella, se caracterizó por una personalidad muy alejada de los modelos tradicionales de estrella de Hollywood.

Keaton nunca se casó y adoptó a dos hijos, Dexter y Duke. Además de la actuación, desarrolló intereses en la fotografía, la arquitectura y la escritura, y publicó varios libros de memorias. Murió el 11 de octubre de 2025, a los 79 años, dejando una trayectoria de más de cinco décadas y una imagen pública asociada a la independencia, el humor y una manera muy personal de entender la vida.

Como Annie Hall, su primer gran éxito.

Los números de la frase pueden parecer un tanto exagerados, pero la idea que dejan es sencilla: a veces, recuperar una pequeña dosis de esa espontaneidad tal vez sea suficiente para recordar que no todo tiene que tomarse tan en serio.