Marina Vilalta, la pastora en activo más longeva de Catalunya, murió la madrugada del lunes a los 99 años. Había nacido en “la casa más pequeña de Ogassa”, en el Ripollès, como ella misma explicaba. Con 22 años se fue a vivir en Cal Sibi, en el núcleo de Bruguera, en Ribes de Freser. Allí vivió con su marido Sebastià, que murió en 1993. Y allí siguió ejerciendo un oficio al que dedicó toda su vida.
Hija de una familia de doce hermanos, Vilalta fue la única que decidió dedicarse al pastoreo. Empezó a acompañar a su padre con apenas cinco años y nunca abandonó las montañas, salvo un breve paréntesis de unos pocos meses en los que trabajó en una fábrica textil, que acabó por dejar. Ella, precisaba, “quería ver las estrellas”.
En un mundo eminentemente masculino, Vilalta hizo del pastoreo su modo de vida. Llegó a hacerse cargo de rebaños de centenares de ovejas y convirtió el conocimiento acumulado en una forma de sabiduría práctica sobre los animales, el tiempo y la montaña. También conoció su dureza. En sus últimos años reconocía que el rebaño ya no le daba beneficios. No por eso dejó de salir a pasturar.
Continuó haciéndolo por una fidelidad al oficio que difícilmente podía explicarse en términos económicos, pero sí porque se sabía importante en su papel de mantenimiento de las comunidades rurales y, de buen seguro, por el amor a una tierra que le vio crecer.
Sabia como pocas a pesar de no saber leer ni escribir
Su relación con el oficio no se limitaba a conducir el rebaño. Vilalta conservaba canciones, refranes y conocimientos transmitidos oralmente durante generaciones. Si vols ovelles has d’anar amb elles, Fadrins i fadrinetes o A la voreta de mar eran algunas de las canciones populares que sabía cantar de principio a fin. No aprendió nunca a leer ni a escribir; a cambio, desarrolló una memoria prodigiosa que conservó con extraordinaria capacidad.
En el 2022 recibió la Creu de Sant Jordi. No quiso bajar a Barcelona para recogerla. Alegó, además, que nadie podía quedarse a pastorear sus rebaño. Así las cosas, el entonces presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, y la consellera de Cultura, Natàlia Garriga, subieron a Bruguera para entregársela.
Marina Vilalta pastoreó hasta el último día de su vida (Marta Lluvich / ACN).
En la recepción, Vilalta los tuteó a ambos, una anécdota que la familia a menudo recuerda medio divertida medio escandalizada. Al cabo de un año, el periodista Abraham Orriols plasmó su vida en el libro Una vida a les muntanyes, donde Vilalta aparece como un exponente excepcional de la sabiduría popular y como testimonio de la relación entre el mundo rural y la naturaleza. Orriols la evocaba este lunes como una mujer “alegre, cantarina, fuerte y generosa”.
El pasado martes salió a pasturar, como cada día. No se encontró bien y una ambulancia la trasladó. Pasturar fue lo último que hizo antes de morir.
Con el fallecimiento de Marina Vilalta también desaparece, con toda seguridad, el último eslabón de una estirpe de pastores de la comarca. Fin de raza.
La Vanguardia.
GML
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