Las flores de este país son recatadas, casi tímidas. Para no desmerecer el sol, según dicen, como si el sol fuera a percatarse de esas flores en el campo. Pero es cierto, nuestras flores son de colores suaves, pequeñas, de poco perfume y, todo hay que decirlo, frágiles y efímeras como lágrimas tempranas.
Será cuestión de la tierra, de la llanura o los vientos. No lo sé bien, y me incomoda hacer una pregunta así a los botánicos, como si uno las desmereciera. Y no es así. Tienen una belleza entre silvestre y temblona que a mí me cae bien. Casi mejor que esas otras flores de invernadero y genética, de formas caprichosas y chillonas.
Los que se las ven un poco mal con estas flores son los poetas. Yo los he visto transpirar la camiseta de las metáforas y los símiles, tratando de equiparar en versos nuestras flores con sus amadas.
Es que en lo alto de la pasión amorosa las virtudes del recato y la humildad cotizan bajo. Y si acaso la agraciada nota que con ellas la comparan, no sé si habrá de sentirse muy gratificada. Es como regalar un ramito de nomeolvides en la primera cita. Uno corre el riesgo de provocar la huida de una reticente enamorada, si acaso la exigencia le pareciera desmesurada. Nomeolvides puede hasta sonar como amenaza, llegado el caso o la mano que entregue el ramo.
El caso es que uno sale al campo, a los potreros y a las banquinas, y encuentra florcitas amarillas temblando, como implorando clemencia a los vientos y al sol. Hay cardos violetas, es cierto, y hasta girasoles huidos de sus regimientos, que se arraigan en tierra de nadie como afirmando el derecho a florecer. Está muy bien. Pero en el malhumor de los cardos pinchones, en el orgullo de los girasoles solitarios hay algo fuera de regla. Como si la norma fueran esas florecitas de un día, que se ven a ras del suelo, sin deseo alguno de imponerse a la vista.
Diente de león.
Hay algo en ellas que les va bien con el entorno. La llanura pampeana es tan desmesurada que alguno la ha llamado metafísica, e incluso que remeda o preanuncia el infinito. Eso puede ser cuando uno mira desde el auto, o un poco a las apuradas. Si detiene la vista ve otra cosa. Los pastos bajos, los árboles retacones, los arroyos de escasa agua y, valga la redundancia, el suelo llano. Para buscar animales autóctonos hay que bajar la vista al suelo, y ahí los encuentra mimetizados casi todos de un color amarronado. Hasta las aves más grandes, los ñandúes, tienen esos colores discretos.
Por eso creo que las florcitas están bien así, a mí me gustan. No sé si alguien alguna vez las ha reunido en ramo, las ha ofrecido, supongo que sí. Las margaritas, los dientes de león, incluso las efímeras y huidizas flores de la verdolaga, dan para comenzar una conversación amable, íntima y susurrada. No está mal. Después vienen el mate, el ombú y el rancho, pero eso es otra historia.
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