Santiago Caputo, el joven asesor en comunicaciones del gobierno libertario, parece haber acertado esta vez con su diagnóstico. Javier Milei había dejado abandonado, hace meses, su vínculo emocional con el sector social que lo apoya aún en los momentos críticos que atraviesa la coyuntura económico-social. El rescate de la causa de la soberanía de las islas Malvinas habría recompuesto ese puente. Con un adicional: la maniobra encontró plafón además en un segmento colectivo más amplio. Habrá que observar cómo el oficialismo lo administra. También descubrir que paciencia tendrán los nuevos entusiastas si el contexto del bolsillo y el consumo no mejoran.
La maniobra que, a partir del enojo que Donald Trump mantiene con el Reino Unido por su distanciamiento de la guerra con Irán, imaginó Caputo Juniors, el hombre que fiscaliza sin cargo la Secretaria de Inteligencia del Estado (SIDE), podría mostrar dos aciertos en la percepción previa. Según un trabajo de la consultora Trespuntozero, de Shila Vilker, el 83.5% parece haber calibrado bien el gesto malvinero porque se autodefine muy o bastante nacionalistas.
Esa correspondencia podría encontrarse en una medición de la consultora Managment & Fit. De acuerdo con los consultados sobre el tema Malvinas casi el 18% admitió que mejora la imagen presidencial. El 44% opina que se mantendría igual. El 36.5% que podría empeorar. Hace mucho, por lo menos desde que ganó las legislativas en octubre, que alguna medida de Milei no empuja tanto hacia arriba su ponderación.
Caputo juniors con su idea y Milei con la coreografía consiguieron en la coyuntura otra cosa. Desde el jueves pasado, cuando ocurrió la cadena nacional, la agenda pública ha quedado ocupada por los diferentes frentes que implican el resurgimiento de la causa Malvinas. El debate sobre la morosidad de ninguna manera resultó saldado. Tampoco aquel que envuelve a la caída del consumo, los bajos ingresos y la crisis en el comercio, la industria y la construcción. De hecho, en julio, las últimas dos registraron un descenso promedio del 4.5%. Pero el Gobierno bate el parche con los proyectos que piensa enviar al Congreso para echarle combustible a su gesta por el archipiélago. Quizás se trate solamente de una victoria de minutos. Resuello, de todos modos, para un Gobierno que venía sofocado.
La mesa política del Gobierno, con Karina Milei a la cabeza, estuvo considerando de base dos proyectos. La Ley de Defensa de la Soberanía Nacional, que ya existe, y la construcción de la Base Naval Integrada en Tierra del Fuego. Las presencias en el encuentro de Pablo Quirno, el canciller, y Carlos Presti, el ministro de Defensa, respondieron a la confección de esa agenda.
La reunión de la Mesa Política en Casa Rosada.
La sanción para las empresas que operen en la zona que reclama la Argentina por Malvinas está prevista desde el 2011 a partir de una ley que promovió el ex diputado, ya fallecido, Pino Solanas. Su instrumentación fue siempre muy compleja. Los resultados también. Entre 2019 y 2021, cuando Felipe Solá ofició de canciller, se iniciaron los procesos administrativos que derivaron en la sanción a la empresa israelí Navitas Petroleum. En 2022 se le impuso una inhabilitación para operar por 20 años. Milei ha dicho que impulsará ahora una denuncia penal.
Navitas no solo nunca suspendió sus tareas. En esos años fortaleció el poder económico concentrando el 65% de las acciones dentro del conglomerado exploratorio que comparte con la británica Rockhopper Exploration en el proyecto conocido como Sea Lion. Tanto pasaron de largo aquellas amenazas que la decisión final de inversión hidrocarburífera se concretó en diciembre del 2025.
La persistencia de Navitas plantea, por varios motivos, un incordio para Milei. Se trata de una empresa israelí. Cuenta en su directorio con dos altos ejecutivos que, en algún momento, formaron parte de la administran de Benjamin Netanhayu. Se trata de uno de los dos aliados imperdibles -el otro es Trump- en torno de los cuales el gobierno libertario resolvió diseñar su política exterior. Difícil que esa contradicción no aflore en los debates cuando el Congreso abra sus puertas a las Malvinas.
La administración israelí posee, a propósito, una explicación que se asemeja a la que esboza el mandatario chileno, José Kast, cuando debe abordar el proyecto de una ruta de abastecimiento al archipiélago desde Punta Arenas. Aducen que se tratarían de emprendimientos privados en los cuales el Estado no estaría en condiciones de entrometerse.
La permeabilidad del argumento indujo a dos ministros de Netanhayu a plantear un estado de incipiente rebelión. Los titulares de Finanzas y Seguridad reclamaron al premier que exija que las Malvinas sean devueltas a la Argentina. Influye sobre todo en aquellos la conducta del Reino Unido en la guerra con Irán. La consideran una nación “conquistada por el islam radical”.
Otra cuestión central de la ofensiva malvinera de Milei es la construcción de la Base Naval Integrada en Tierra del Fuego. Más allá de las suspicacias que puede despertar la supuesta presencia allí de Washington, la oposición no dejará pasar con certeza algunas realidades.
Hasta que llegó Milei al poder en noviembre del 2023 la obra había tenido un progreso de ejecución, en dos años, del 9.13%. Desde entonces no registro ninguna evolución. El Gobierno decidió cortar el envío de fondos, como en otros emprendimientos, para disminuir gastos y preservar el equilibrio fiscal.
Habrá que observar ahora cómo se las compone Luis Caputo, el ministro de Economía, para mantener cuentas en orden que podrían ser zamarreadas por las demandas militares y de seguridad por la causa Malvinas. A su sobrino, Santiago, parece importarle poco. Con un tuit de tono patriotero explicó que “defender nuestra soberanía y recuperar nuestras islas requiere ser una nación políticamente relevante, económicamente influyente y militarmente respetable. No hay otro camino”. Está en su momento de éxtasis.
Nadie atina a adivinar cuanto podrá extenderse esta etapa malvinera de Milei. No sólo por las limitaciones internas objetivas. Además, por el comportamiento que pueda mostrar Trump. Acostumbrado a tener en vilo al planeta cada vez que hace o dice algo. O lo contrario. Su enojo con el Reino Unido permanece intacto porque la guerra con Irán, y sus derivaciones, se ha convertido en un laberinto para el líder republicano que en noviembre afronta las elecciones de medio término.
Dos días después de haber sugerido que podría revisar la histórica posición de neutralidad estadounidense sobre Malvinas subió a la cuenta oficial de la Casa Blanca una fotografía suya junto al Rey Carlos. En las últimas horas mantuvo una conversación telefónica, breve, con el premier inglés, Andy Burnham. Downing Street informó que se había evaluado la situación en Medio Oriente y la guerra de Rusia contra Ucrania. De Malvinas, nada. Washington prefirió guardar silencio.
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