Nadie puede decir que fue sorprendido por la primera reacción internacional al discurso sobre Malvinas de Javier Milei. El Reino Unido recordó que está dispuesto a usar su poder militar para quedarse en las islas y el gobierno chileno advirtió, en la voz de su canciller, que no hará nada por impedir el desarrollo de una ruta marítima entre Punta Arenas y Puerto Argentino, que servirá para abastecer y reducir significativamente los costos del proyecto petrolero que promovió la administración de las Malvinas. Fueron dos decisiones que avisaron que los anuncios argentinos tendrán en el corto plazo efectos nulos o moderados y que para que algo cambie en el Atlántico Sur habrá que esperar a saber si Donald Trump se decide a castigar a los británicos, aliados históricos de Washington. No será fácil encontrar en el mundo a alguien que apueste dinero por una ruptura verdadera de esa dupla, que trascienda las declaraciones siempre variables de un dirigente como Trump.
En la política argentina, en contraste, sí hubo un cambio: buena parte del peronismo celebró el giro nacionalista del Presidente.
El estreno de la vocación malvinera del Presidente es uno más de los capítulos de su saga del regreso a la escena pública, luego de un agosto que pasó casi en su totalidad sin visitar la Casa Rosada y con muy poca actividad visible para los ciudadanos. Durante esas semanas, Karina Milei quedó obligada a encabezar las reuniones políticas del Gobierno y a aparecer en las fotos oficiales más de lo que hubiese querido. Milei había bajado su exposición a fines de julio, luego de la cadena nacional que hizo para presentar un proyecto de reforma de la carta orgánica del Banco Central.
Su retiro coincidió además con el fracaso de los proyectos legislativos para permitir más participación de empresas extranjeras en la compra de tierras y con otras derrotas simbólicas, como el plan para desregular parte de la actividad portuaria.
Javier Milei, presidente de la Nación.
Cuando el oscuro agosto se disolvía, el Presidente volvió arropado por un clima político diferente, que le permitió una victoria en Diputados el 26, y por estudios de opinión pública que mostraron que la aprobación de la figura de Milei había dejado de caer, luego de varios meses de derrumbe.
Es muy probable que Karina -que, a diferencia de su hermano, tiene mala imagen en todas las encuestas conocidas- siga con perfil bajo mientras el Presidente mantenga sus ganas de seguir apareciendo en público.
Ayer, en Misiones, Milei hizo algunas breves alusiones a su discurso de la cadena nacional y luego retomó su tema preferido. “No voy a aprovechar este momento para cambiar las cosas”, dijo el presidente ante un grupo de expertos en temas financieros, en referencia al reclamo para que afloje el apretón monetario para darle más aire a la economía.
En pocos días, el INDEC le dará un argumento para sostener esa idea, cuando difunda los datos de inflación de agosto que, según la mayoría de los economistas, mostrarán una desaceleración en el ritmo de crecimiento de los precios, sobre todo en los alimentos.
La baja de la inflación, y sobre todo en las canastas de consumo de los pobres, sigue siendo el gran activo político de Milei, sobre todo porque la oposición no consiguió hasta hoy formular un discurso que prometa mantener ese beneficio en el futuro y agregarle a la vez otros incentivos que seduzcan a porciones mayoritarias del electorado.
El repliegue de la inflación es la gran noticia que tiene para mostrar Milei, pero el Gobierno puede quedar afectado por ese mismo éxito, porque el riesgo es que, con los precios más tranquilos, los votantes empiecen a darle más importancia a las otras consecuencias del ajuste fiscal, como el estancamiento de la actividad económica, la desaparición de empresas y los problemas del empleo formal.
En ese punto, la pregunta que siempre reaparece es si este programa económico -que se concentra en la macroeconomía y se desentiende de las consecuencias que generan esos cambios en las empresas y las familias- es sostenible desde el punto de vista político. En otros términos: ¿Le sirve a Milei para ser reelecto? Y otra pregunta que se hacen en algunos despachos del oficialismo: ¿Es suficiente para construir poder en un segundo mandato de La Libertad Avanza?
Ayer, en su disertación en Misiones, Milei volvió a contestar que sí, que cree que el modelo alcanza así como está y que no está dispuesto a tocarlo. Algunas medidas de las últimas semanas, y sobre todo los discursos de los miembros del equipo económico que, con cuentagotas, comienzan a admitir que el sufrimiento no se terminará rápido, dejaron en evidencia que esa inflexibilidad del Presidente era más declarativa que verdadera, porque había empezado a permitir enmiendas al plan. Pero ahora ya se sabe que no habrá nuevas correcciones en el corto plazo.
Hoy, una respuesta posible a esos interrogantes sobre la viabilidad política del plan económico es que, incluso tomando en cuenta la pérdida de apoyo social al Presidente en los últimos meses, para que Milei pierda tiene que aparecer alguien que le gane.
El peronismo, la única fuerza que puede desafiar al Gobierno desde la oposición llana, no logra salir de la pelea que enfrenta a los dos dirigentes principales del kirchnerismo: Cristina Kirchner y Axel Kicillof. A pesar de que es prácticamente imposible separar sus discursos, la interna entre la ex presidenta y su discípulo más aventajado encuentra a cada minuto alimento para crecer y, forzosamente, hace parecer al Gobierno como una fuerza más ordenada.
Es cierto que, si logran competir dentro de una misma elección interna, podrán lograr algo parecido a un liderazgo indiscutido, pero la propia condena que pesa sobre Cristina podría convertir esa disputa en algo eterno. Como Cristina tiene prohibido competir, siempre podrá decir que Kicillof, o quien sea el ganador de esa hipotética primaria, nunca la derrotó. Es una jugada de patas cortas, pero eso no quiere decir que no esté dispuesta a usarla.
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