En un bellísimo ensayo titulado “De la enfermedad”, Virginia Woolf escribía que, cuando estamos enfermos, “el panorama de la vida es tan remoto y bello como la costa vista desde un barco en alta mar”. Un enfermo es, ante todo, alguien que observa. Un escritor es –parecería decirnos Woolf– alguien que observa como cuando se está enfermo. María Rosa Oliver fue escritora y no estuvo siempre enferma, pero posiblemente la enfermedad que la atacó en su infancia –la poliomielitis, que la dejó paralítica a sus diez años–, selló una relación con el mundo que le permitió desarrollar una capacidad de observación fuera de lo habitual. No se conformó, sin embargo, con observar.

Si bien la posición social que le venía de cuna permitió los primeros viajes a Europa en familia para intentar remediar las secuelas de la entonces novedosa dolencia, en cuanto tuvo la posibilidad se dedicó a hacer –como reza justamente el título del primer tomo de sus memorias– del mundo su casa. En sus viajes –como lo señala Adriana Petra en el prólogo a esta compilación de textos y artículos publicados por Fondo de Cultura bajo el título No soy turista– tuvo mucho que ver su ingreso en la militancia antifascista, coincidentemente con el inicio de la guerra civil española en 1936.

Pero antes de convertirse en viajera empedernida, María Rosa Oliver ya era escritora. En 1931 participaría de la fundación de la revista Sur junto a Waldo Frank y Victoria Ocampo, de quien sería siempre amiga a pesar de su progresivo posicionamiento hacia la izquierda, que culminaría con su militancia en el comunismo pacifista en 1949, cuando firmó la solicitada de apoyo al Primer Congreso Mundial de Partidarios de la Paz.

Siempre acompañada por su asistente, Josefa Freire, María Rosa Oliver viajó profusamente por Latinoamérica, y en todos lados amó la diversidad de costumbres y a su gente. Fue amiga de Vinicius de Moraes, de Cantinflas, de Gabriela Mistral, de Alfonso Reyes, de Pedro Henríquez Ureña. Anheló una unidad latinoamericana de la que gran parte de los argentinos no se hacía eco.

En estas páginas abundan las comparaciones. Sobre los chilenos, dice: “No aparentan ser lo que no son, ni tener lo que no tienen, y esta ausencia de vanidad imparte al trato una llaneza a la que nuestro almidonamiento nos ha desacostumbrado”. Sobre el brasileño Mário de Andrade, quien le cuenta que ha rechazado invitaciones a EE.UU. por ser mulato, escribe: “Oigo a ese hombre y me pregunto si un argentino de su nivel intelectual y con una distinción física como la suya lo confesaría con tanta naturalidad, si no soslayaría el hecho tratando de que a los otros les pasara inadvertido. Admito que dudo”.

En México, en el Museo de Artesanía de Pátzcuaro, reflexiona: “Me pregunto si nuestros terratenientes, de haber tenido a su alcance una artesanía popular, habrían sabido aprovecharla como lo hicieron sus congéneres, los hacendados porfirianos. Ponchos de vicuña, mates de plata labrada, pasan obsesivos por mi memoria, pero no me sacan de la duda”. Cuando vuelve a Buenos Aires después de uno de sus viajes, en una amarga carta al escritor norteamericano Lincoln Kirstein, se lamenta: “Lo que en este momento nos disgusta, ya sabes a qué me refiero, es la reacción ante el creciente universalismo del pueblo argentino. Si vieras los libros que se están publicando y las exposiciones de arte. No me doy cuenta de que estoy en América Latina”.

Oliver adoptó para su vida una posición descentrada de su origen: se desmarcó de una Argentina oligarca, ignorante de la pobreza, a la que no quería pertenecer (“el placer de una buena mesa”, escribirá al término de su viaje a Rusia, “es más agradable si uno lo goza sabiendo que nadie, cerca, pasa hambre”); se desmarcó del rol que la sociedad le habría asignado, como mujer y como discapacitada (Adriana Petra señala en su prólogo que “María Rosa no politizó su discapacidad y su diferencia corporal, algo que solo recientemente ocurre, tanto en el activismo como en la academia, pero se valió de ello para promover un tipo particular de autonomía, con y no en contra de su cuerpo estigmatizado”).

Finalmente, se desmarcó también, como el Che Guevara, de su clase social. Su artículo sobre la entrevista que le hizo en 1964 para Casa de las Américas recoge el siguiente diálogo:

“[…] Hay que liberarse del complejo de origen… Yo ya lo he logrado.

–¿Del origen o de la clase? De la clase para la cual usted es un traidor.

–Como usted”.

De chica, como cuenta en Mundo, mi casa, Oliver imaginaba para ella vidas posibles, en las que mezclaba lo real y lo inventado. A diferencia de Bob, del cuento de Onetti, María Rosa no terminó sus días “moviéndose entre los cadáveres pavorosos de antiguas ambiciones”. Proyectó una vida, y la vivió hasta las últimas consecuencias.

No soy turista, María Rosa Oliver. Selección y prólogo: Adriana Petra. Fondo de Cultura Económica, 433 págs.